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Villa del Casale, el arte de las teselas

En la pugna por el Mediterráneo, Roma se impuso sobre etruscos, griegos y cartagineses haciendo de Sicilia pieza clave de su dominio. En la isla floreció una refinada y acaudalada ciudadanía que dio como fruto villas de gran sofisticación. Uno de sus ejemplos más preciados es la Villa del Casale.

El famoso mosaico “Stanza delle Palestriti”, conocido popularmente como “Las chicas en bikini”.

Si alguien piensa que el primer bikini lo lució Micheline Bernardini en 1946, se equivoca. Que se lo digan, si no, a las féminas romanas del s. IV, quienes enseñaban el ombligo y el resto de su anatomía sin ningún rubor cubriendo solo pechos y pubis, cuando se trataba, por ejemplo, de practicar deporte con comodidad. Como lo haría cualquier atleta moderna, en una Sicilia, además, cuyo clima no es precisamente frío. Aquellas mujeres fueron representadas en competiciones gimnásticas, sobre los suelos de la imponente domus romana Villa del Casale.

Como era menester entonces para cualquier residencia de alcurnia que se preciara, fueron virtuosos creadores musivarios los encargados de hacerlo. Maestros anónimos en el arte de las teselas que ora usaban el opus tessellatum donde el detalle se consideraba secundario y se buscaba un mayor impacto impresionista, ora el ya en declive opus vermiculatum, cuando querían alcanzar mayor finura, precisión y riqueza de matices en sus obras figurativas, ora el prestigioso opus sectile con incrustaciones de grandes piezas de mármol.

Con un primoroso dominio del oficio, los diversos talleres encargados del trabajo desplegaron su genio en un derroche de destreza y exquisitez, bebiendo de la tradición clásica y muy influenciados por las tendencias estilísticas norteafricanas. Figuras geométricas, seres humanos y deidades, animales y plantas, actividades mundanales y celestiales, se alternan con total espontaneidad para cubrir de mosaicos 3.500 m2 entre los pisos y las paredes de más de 50 estancias. Un extraordinario exponente de arte pixelado a la antigua que nos introduce en el universo, la cosmogonía y el estilo de vida de las clases acaudaladas del Bajo Imperio Romano.

Complejo del tardo-imperio

La Villa del Casale se encuentra en tierra interior siciliana, muy cerca de Piazza Armerina y su bello conjunto histórico monumental. Fue edificada en los albores del s. IV, un momento en el que la gran crisis imperial del s. III daba una tregua y la isla mediterránea más grande se resituaba como punto central en las rutas comerciales del Mare Nostrum. A esta época de cierta bonanza económica se sumaba el hecho de que las clases desertaban de las urbis volviendo al ager para ocuparse personal y efectivamente de sus haciendas. Fue así como surgioeron numerosas villas a cada cual más fastuosa.

En este contexto, estamos ante una residencia con funciones administrativas y representativas centro de un gran latifundio rural, un edificio de corte palaciego dotado de todo tipo de comodidades. Aunque se han barajado varias alternativas, se desconoce quién fue su propietario. El tamaño, la factura, la estructura y la decoración, delatan su pertenencia a una familia de alta alcurnia, aristocrática, quizás senatorial. Hay quien ha apuntado más alto, al mismísimo emperador Majencio, pero las hipótesis más aceptadas son que pudo pertenecer al gobernador Lucio Aradio Valerio Próculo Populonio, al praefectus urbis Cayo Cenonyo Rufio Volusiano o a su hijo, el cónsul Cayo Cenonyo Rufio Albino. Sea quien fuere, no escatimó medios para dejar clara su posición y mostrar su opulencia en un afán por impresionar a propios y extraños.

De planta irregular, la villa se compone de un conjunto de recintos adosados en torno a un gran patio central rectangular –abierto a modo de impluvium–, enmarcado por un peristilo y con un hermoso estanque ornamental rodeado de jardín. Se entra en él desde un curioso patio monumental en forma de herradura ribeteado por un atrio de columnas jónicas. Desde aquí se accede también a la zona termal atravesando una alargada palestra biabsidial. Las termas poseen los clásicos frigidarium, tepidarium y caldarium, con la peculiaridad de que este último cuenta con tinas de agua y un laconicum de aire caliente para los baños de sudor. Es interesante la buena conservación del hipocausto.

En el lado norte y sudeste del patio se distribuyen las dependencias administrativas, de alojamiento para visitantes, cocina y comedores. En el ala este nos vamos a encontrar primero con el área destinada a las recepciones, compuesta por un gran salón rectangular cerrado con un ábside semicircular, el espacio diáfano y solemne de la basílica, separada del patio por un largo corredor de 65 metros de longitud y 5 de anchura rematado con sendos ábsides. A derecha e izquierda de la basílica se encuentran las habitaciones privadas, los aposentos familiares y sus cámaras de servicio. Al sur se encuentra el último de los grupos inmuebles, compuesto por un amplio peristilo oval al aire libre circundado de vanos y pequeños cuartos, que sirve de patio a un triclinium cubierto, una trícora o sala con tres ábsides.

Puzle policromo

Pero lo más destacable de la villa son sus mosaicos, uno de los mejores exponentes de talento teselado romano que ha llegado a nuestros días. Ya en el s. XVIII se da cuenta de la existencia de la domus y a lo largo del XIX van apareciendo restos y mosaicos, realizándose varias exploraciones parciales. Pero no será hasta 1950 cuando el arqueólogo Gino Vinicio Gentili excavará el yacimiento de manera sistemática, saliendo a la luz la dimensión real del tesoro que había estado escondido desde que una avenida de barro en el s. XII lo ocultó… y preservo.

Porque si algo destaca de este conjunto de mosaicos es su excelente estado de conservación. Dicho esto, lo siguiente es destacar su cantidad, su calidad y su contenido. Casi todos los ambientes están tapizados por estos pequeños fragmentos de color formando un inmenso puzle. Un puzle policromo que nos sumerge entre fantasías euclidianas, motivos vegetales y figuras animales y humanas elaboradas con gran realismo. Caminar sobre él es un festín estético que nos lleva de la abstracción de rectas y curvas, de trenzados y nudos salomónicos, al naturalismo de lo sublime y de lo amable. Así, están presentes tanto el devenir mítico de las divinidades del panteón romano, como actividades cotidianas que van del juego al deporte, del erotismo a la caza, de la imaginación infantil a la danza…

El más famoso es, sin duda, el ya aludido mosaico conocido popularmente como “Las chicas en bikini”, aunque oficialmente su nombre sea “Stanza delle Palestriti”, o sea “Sala del Gimnasio”. Ambos nombres son obvios, el primero por ser una decena de mujeres y por su atuendo, el segundo porque no se trata de una escena playera, sino de deportistas femeninas. Pero la sucesión de composiciones sobresalientes es constante, y sorprenden por su nitidez, su expresividad e incluso su capacidad de transmitir emociones.

Destaca, sobre todo, la Gran Caza, situada en el corredor. Representa con todo lujo de detalles la captura y transporte de animales salvajes africanos y asiáticos, grandes, fieros, extraños a los ojos de aquella Roma que consumía con avidez los espectáculos de fieras en el circo. Quizás sea en esta obra donde mejor se aprecien las diferencias entre autores, con una parte sur de factura menos elaborada y sin volumen, y una parte norte donde las figuras ganan en detalle, cromatismo y profundidad, más cercanas a lo que será el desarrollo del mosaico bizantino.

Entre los motivos mitológicos nos detendremos en el triclinium donde se nos narran los doce trabajos de Hércules, aunque nos gusta especialmente el Fanciulli Cacciatori, el Cubículo de los Niños Cazadores, infantes compitiendo en carreras de carros tirados por pájaros y persecuciones con patos y liebres. Caballos, toros, aves, felinos, antílopes y Polifemo recibiendo el vino de manos de Ulises, matronas enjoyadas y hombres en adventus, cazadores con perros lanceando jabalíes y la escena tierna y erótica de dos jóvenes amantes. Quizás sean Cupido y Psique consumando su amor tras abandonar la oscuridad, liberada ella de su sueño estigio y hecha inmortal al libar la ambrosía del Olimpo por el favor de Júpiter. De su unión nació Voluptas, espíritu del placer que, sin ser necesariamente sexual, nos produce el deleite de disfrutar de la belleza, la belleza encerrada en la Villa del Casale.