Herencias marginales

Convencidos -en un ejercicio más de ilusionismo que realista- de habitar una gran aldea global interconectada por todos sus puntos geográficos, sin embargo siguen existiendo multitud de latitudes literarias, con sus códigos culturales particulares, absolutamente ocultas para el gran público. Procedente de esas brumas mediáticas, la firmante de esta obra, nacida en Guadalupe, una de las islas caribeñas posesión del Estado francés y fallecida en 2024, mantiene y representa una ligazón directa con su arraigo ancestral, convirtiendo su manifestación creativa en la extensión de esa batalla entre identidades encarnada por su propia biografía.
Si imposible resulta abstraer de su existencia los procesos -y las derivadas consecuencias- colonizadores, tampoco los personajes que protagonizan esta serie de relatos están exentos de aparecer conjugados en torno a los pulsos históricos de dominación geopolítica. Aspectos diseminados y diluidos en la configuración de dichos perfiles pero capaces de hablar a través de la incertidumbre y el desarraigo con el que aparecen delineados prácticamente todos ellos. No importa que sean maestras, doctores o hijas “bastardas”, cada cual ostenta su propia expresión de esa mancha depositada por un oneroso pasado; el terrateniente, el militar, la mujer defenestrada (por el rumor ajeno) o cualquier invitado a estas páginas busca, de un modo u otro, encontrar una línea recta para el futuro.
Propósitos que, dado el suelo inestable del que parten, terminan por reproducir un inabarcable número de frustraciones inmunes al intento de silenciar las relaciones asimétricas existentes entre razas, fronteras o géneros. Zozobra global envuelta en matrimonios donde la honra femenina claudica ante el anhelo de la estabilidad; disputas entre el fervor sensual y el dictado ético o ese inquisidor ojo público, aderezado de costumbres o dogmas religiosos, que sojuzga a quienes simplemente han heredado los renglones torcidos de la historia.
Maryse Condé no necesita amontonar en torno a su narrativa ofrendas florales. Su condición casi trovadoresca y el nomadismo -reflejo del suyo propio- al que están sujetas sus historias, logran un estilo colorista que, pese al errático paisaje descrito, se presenta de ágil asimilación. Todo lo contrario a lo padecido por unos personajes obligados a cargar con la firma de un pasado ajeno que dicta su más inminente presente. Involuntarios herederos de una “maldición” que, sin embargo, pesará en sus hombros hasta el punto de definir su trayectoria.




