Dispersión en directo
Cuando empiezo a escribir estas letras estoy esperando en el locutorio de una cárcel cualquiera situada a unos 900 km. de Euskal Herria. Ida y vuelta y recorridos necesarios por la zona, unos 2.000 km. de nada a recorrer en dos días. Una delicia. Sobredosis de las mieles de la dispersión: carretera, riesgo, viento, lluvia, gasto en combustible, comida, cena, dormir… Una sangría.
A la entrada, antes del papeleo nos encontramos con varios compatriotas. Si andas por la Piel de Toro siempre encontrarás gente euskaldun en el monte o en las cárceles.
Hay olores característicos, penetrantes, que no se olvidan: el de la incineración, el de los hospitales… y el de la cárcel, que no se sabe a qué es, pero si que es penetrante, bañado en lejía sucia, asqueroso. Lo estoy sintiendo ahora, como un perfume embriagador.
Luego el control del arco, los pitidos: quítese el reloj, el cinturón, ¿qué lleva en los bolsillos? Pues no, serán los zapatos, quítese los zapatos…
Tras el sucio cristal del locutorio aparece Patxi. Hace tiempo que no nos vemos. Empezamos a hablar de nuestras cosas. Sus procesos pendientes, como están las cosas en la calle, los amigos comunes y… la voz del funcionario, a través del altavoz anuncia el fin de la visita. Los 40 minutos han corrido implacablemente, el tiempo se nos ha ido en un suspiro, y ahora hay que reprimir las lágrimas al ver alejarse a Patxi. No puede vernos llorar.
Vuelta al coche. Hay que salir pitando, que nos quedan cientos de kilómetros y nos aguardan alarmas de todo tipo: por fuertes vientos, por lluvia, por nieve… En el camino luces azules intermitentes señalan un accidente grave. El silencio, que puede cortarse dentro del coche, evidencia que todos hemos pensado que el próximo puede ser el nuestro. La rutina hace que nos olvidemos, hasta que vemos uno y nos damos cuenta del riesgo que supone la carretera. Ahora no me extraña que Patxi esté siempre preocupado por nuestros viajes.
Y durante todo el viaje rumiando la misma idea: es injusto, inhumano, aberrante, un castigo artificialmente añadido a lo establecido y contrario al más elemental principio de legalidad. Hay que acabar con esto. Mañana sábado tenemos que llenar las calles de Baiona y Bilbao para exigir su repatriación como primer paso en el camino de la amnistía.

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