EDITORIALA
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El discurso de la libertad no es suficiente

El atentado de ayer en Bruselas vuelve a poner en la mesa el debate sobre el conflicto entre libertad y seguridad. Por un lado, el establishment aprovecha cada golpe del yihadismo en Occidente para apuntalar una agenda securócrata que nadie le exige que justifique con resultados –los propios atentados son la mayor evidencia de que los sistemas de seguridad atlánticos y europeos no funcionan como es debido, entre otras cosas por estar más enfocados al control social que a la inteligencia–. La izquierda y las fuerzas democráticas, por otro lado, solo son capaces de defender la supremacía del valor de la libertad y los derechos en términos clásicos, junto con la denuncia de ser uno de los principales objetivos de ese control social.

La relación entre conmoción –el shock– y la falsa promesa de seguridad –matizada siempre con alusiones a la fatalidad o a la imposibilidad de una seguridad total con el fin de dotarla de un fingido realismo político– provoca un marco en el que se catalizan los peores instintos humanos. Así se refuerza la cesión voluntaria y sumisa de los propios derechos por una gran parte de la ciudadanía. Los discursos liberales apelando a las mejores tradiciones clásicas, ilustradas o posmodernas no son antídoto suficiente contra ese marco. Tampoco aportan gran cosa las teorizaciones sobre sicología social –por veraces que sean– ni las sospechas conspirativas que todo lo explican –por delirantes y necias–.

Está de moda decir que la verdadera batalla entre izquierda y derecha, entre progresistas y retrógrados, se da en el terreno de los valores y las emociones, en el relato. Si bien esto es cierto en parte, también debe dotarse a ese relato de políticas, de agenda, de programa. Y no se puede renunciar a ninguno de los valores que, ni para el proyecto de la izquierda ni para la gente a la que quiere representar, son cruciales. El valor de la seguridad debe ser rescatado por la izquierda, con una agenda y políticas alternativas.