Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «The program (El ídolo)»

Retrato de Dorian Gray sobre una bicicleta

Coronado como uno de los grandes dioses del Olimpo deportivo, Lance Armostrong inspiró todo tipo de conjeturas a lo largo de una carrera profesional cargada de triunfos que nunca eludieron la sospecha que se cernía sobre quién abanderó, al más puro estadounidense, la figura del constante luchador que logró eludir la sombra del cáncer a lomos de la humilde bicicleta que lo catapultó a la fama. Ya se sabe que las historias de David enfrentado a lo imposible siempre inspiran leyendas, complicidades, envidias y ese factor de curiosidad que tiene como objetivo saber cómo es en realidad el aspecto del cuadro que Dorian Gray oculta en su desván. Llegados a la puerta de este misterioso desván sellado topamos con el periodista del “The Sunday Times” que no dudó en servirse de ganzúas para desentrañar el misterio de un habitáculo poblado de maillots de todos los colores, portadas de periódicos engalanadas con el hombre que retó al cáncer y triunfó asaltando los cielos sobre una bicicleta. Pero cuando el periodista quitó la sábana que cubría la fachada del ídolo de masas, topó con la trastienda de un hombre que acabó transformado en el logro de un colectivo; una empresa compuesta por mecánicos, médicos, científicos, representantes y demás miembros de una corte sin escrúpulos y unidos en un bien común, sacar el mayor rédito económico posible.

De esta manera, Stephen Frears apuesta por eludir el drama deportivo para servirnos una de esas historias de gángsters que tan bien conoce y construye una narración fluida y oportunamente distante a través de la cual el cineasta no pretende triturar sin misericordia al ídolo caído sino que se sirve de un discurso frío para no caer en la trampa del tópico. Dentro de este siniestro entramado merece una mención especial la esforzada labor que realiza Ben Foster a la hora de meterse en la piel del protagonista, todo un reto para la ética.