El Thyssen dedicará una gran retrospectiva al arquitecto navarro Rafael Moneo
Ciento veintiún dibujos, 19 maquetas y 152 fotografías componen la primera gran retrospectiva dedicada al arquitecto Rafael Moneo, que se puede ver en el Museo Thyssen-Bornemisza hasta el 11 de junio.
El mejor de los múltiples halagos que se le han hecho a Rafael Moneo (Tutera, 1937) es definirlo como un arquitecto sin estilo, que no ha impuesto una visión predeterminada en sus proyectos, sino que los ha hecho dialogar con su entorno.
Es difícil admirar a un arquitecto dentro de un museo y no a través de su obra ejecutada, por eso el comisario Francisco González de Canales se ha apoyado en los magníficos dibujos a mano alzada de Moneo, con el sustento de fotografías y maquetas, para organizar esta exposición que culmina en Madrid un periplo que comenzó en A Coruña y que ha continuado por Lisboa, Ciudad de México y Hong Kong.
Al respecto de la exposición Moneo comenta: «Siempre he sido reticente a las exposiciones de arquitectura», pero agradece a la Fundación Barrié que le diese el «empujón» para volcarse en levantar “Rafael Moneo. Una reflexión teórica desde la profesión. Materiales de archivo (1961-2016)”, que él mismo define como «necesaria».
Recorrerla supone trasladarse a 52 de sus proyectos más emblemáticos, construidos o no, distribuidos por orden cronológico en función de sus etapas creativas. También conocer a una persona cuya vida «está hecha desde la arquitectura. Me resultaría muy difícil explicarme a mí mismo quién soy sin explicarme como arquitecto y por mis obras».
Obras que en sus comienzos se inscriben en el organicismo de la Escuela de Madrid, como la Casa Gómez-Acebo, pero que pronto muestran su interés por articular sus proyectos en relación con el entorno, su sensibilidad por el contexto urbano, como en su propuesta para la Plaza del Obradoiro (1962) de Santiago de Compostela.
Tras diversos trabajos, en 1985 se traslada a Cambridge como director del Departamento de Arquitectura de Harvard y cambia su mirada sobre la escala con el Kursaal de Donostia como máximo exponente.
Un lustro después, ya en Madrid, su carrera experimenta un proceso de internacionalización, no solo por reconocimientos como el Pritzker, sino porque su obra empieza a construirse internacionalmente.
«A lo mejor estoy más en las paredes que sentado aquí en esta mesa», apunta Moneo como invitación a esta exposición.

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