Aullidos y cócteles a la luz de la luna

El director de animación Genndy Tartakovsky siempre se ha caracterizado por un estilo en el que impera el ritmo frenético y el gag afilado que coquetea con lo gamberro. Asentado en la franquicia “Hotel Transilvania”, Tartakovsky ha sabido aglutinar en las enloquecidas peripecias de sus monstruos animados el vertiginoso caudal visual que siempre ha demostrado en sus anteriores propuestas, sobre todo en “Las Supernenas” y “El laboratorio de Dexter”, y en las que destacaba un dinamismo muy vibrante que lo emparentaba con los clásicos de “Looney Tunes”. Al igual que en las entregas anteriores, ese estilo vuelve a asomar y se transforma quizás en la principal baza de una película en la que el argumento está lastrado por una reiteración de los esquemas ya visionados con anterioridad. No obstante y agotado el recurso narrativo, lo que de verdad importa es disfrutar de las posibilidades que sigue ofertando una galería de personajes de gran encanto. El director sabe jugar sus cartas con gran acierto y orquesta en la pantalla un festival de movimientos y música enraizados en el clásico slapstick. De esta manera, los golpes y las situaciones surrealistas eclipsan en gran medida las carencias del filme.
Desde el endiablado vuelo propuesto por los gremlins hasta el embarque en un crucero sospechosamente similar al naufragado “Titanic”, en “Hotel Transilvania 3: Unas vacaciones monstruosas” seguimos encontrando guiños relativos a un universo fantástico que incluye entre sus novedades principales a una vengativa antepasada de aquel implacable cazador de vampiros llamado Abraham Van Helsing. Otro de los elementos a destacar es la readecuación de las situaciones habituales que padecen los humanos durante su periodo vacacional, a las imprevisibles conductas de las criaturas que un día habitaron nuestras pesadillas y que hoy en día son merecedoras de un baño a la luz de la luna.

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