Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «La maldición (The Grudge)»

Terrores domésticos

En su declaración de intenciones, “La maldición” se descubre como un pobre intento de reflotar la suculenta franquicia que fue iniciada en el año 2000 por Takashi Shimizu y su “The Grudge” y que daría lugar a una media docena de producciones japonesas y estadounidenses.

Ahora, con Shimizu desligado del proyecto y con Nicolas Pesce detrás de la cámara, todo se concreta en un encadenado de sobresaltos enraizados en los tópicos del cine de fantasmas. Más allá de su cuidado diseño, todo en “La maldición” es resuelto mediante mecanismos muy trillados dentro del subgénero y deja a las claras su intención de apostar por el terror por la vía fácil.

En esta oportunidad, la intérprete Andrea Riseborough se mete en la piel de una detective y madre soltera que a resultas de un traumático episodio familiar, optará por centrar todos sus esfuerzos en la investigación de una casa maldita cuyo punto de partida en su prólogo son las secuencias que captan el primer hogar japonés en el que cobró forma el primer horror fantasmagórico de Shimizu.

Los aficionados al género no encontrarán elementos novedosos o secuencias tan impactantes como las que asomaban en el primer “The Grudge” y se deben conformar con un producto efímero y eficaz aderezado por serie de saltos espacio-temporales constantes que fragmentan la narración y cumplen con su objetivo de guiar la historia, en apariencia un tanto inconexa, hacia un epílogo en el que las piezas encajan y cobran su sentido.

Temblores al doblar una esquina, susurros de ultratumba, el horror que nos devuelve el reflejo de un espejo y una venganza espectral son algunos de los engranajes que Pesce pulsa con cierto estilo y en el que destaca, sobre todo, el respeto que este joven cineasta demuestra hacia el original y hacia la cultura tradicional de los cuentos de fantasmas japoneses.