Inspección ocular o inhibición
Hace unos días la octogenaria actriz Lola Herrera haciendo una representación de su legendaria obra “Cinco horas con Mario”, basada en el texto de Miguel Delibes, decidió suspender la función que estaba realizando debido a que sonó un teléfono en la sala durante unos segundos eternos. Cuentan las crónicas que la persona a la que le sonaba se levantó airada y salió de la sala, mientras la actriz rompió su concentración, atravesó esa imaginaria cuarta pared, se dirigió a ella y se retiró a su camerino. Aplaudo a la actriz. Deploro que sigan produciendo estas situaciones de manera rutinaria. Y ya no hay función, ni acto, en el que no se implore el cerrar las alarmas, se ponga en modo avión o directamente se apaguen los celulares. Todas las personas que acuden a los teatros y salas están advertidas. Hay una mayoría de estos públicos que tienen más de cincuenta años. Y los teléfonos celulares forman parte irrenunciable de nuestra cotidianeidad. Eso significa que se siente miedo a cerrarlo, a perderlo, a quedarse sin esa herramienta. Y ello crea sensaciones complejas. Y como voy casi cada día a teatros en diferentes lugares el planeta, es difícil asistir a una función sin ver luces, sentir zumbidos o que suenen alarmas. Y noto que a quien le suena, se pone en una situación de nerviosismo que le impide reaccionar con rapidez para apagarlo.
Dudo en una solución práctica más allá de una inspección ocular más exhaustiva o una inhibición técnica de la señal, que parece es ilegal y no entiendo la razón.

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