Hipotaxis
Vivimos dentro de paradigmas, esto es, de patrones siempre impuestos y si no nos los construimos nosotros; también cuando escribimos: obedecemos entonces a la patronal del lenguaje, que establece el estricto marco de la actividad.
Los escritores que propugnan la democracia directa, la desobediencia, el boicot o incluso la rebelión son condenados a la incomprensión del lector. Escribe el gran Javier Pérez Andujar: «Porque pertenezco a las clases subordinadas, en mi barrio siempre hemos hablado como Proust, tirando a tope de subordinadas».
Tirar de subordinadas se denomina “hipotaxis”: saltarle las costuras a la oración gramatical, desbordarla, desparramarse de lenguaje y de otras formas de percibir la realidad.
Estoy harto de ver la dificultad de comprender y de disfrutar con resplandecientes y bellísimos atentados contra la patronal del lenguaje; novelas de Rosa Chacel, Virginia Woolf, James Joyce, William Faulkner, Marcel Proust, Broch, Bohumil Hrabal, Samuel Beckett, Bernhard, Juan Goytisolo, Benet, Ferlosio… y tantos otros perpetradores de novelas-bomba que nos muestran que otras formas de acercarnos a la realidad son posibles, pero que para ello es condición necesaria asaltar y desgarrar el totalitario paradigma sintáctico.
He disfrutado estas últimas semanas con varias novelas gozosamente hipotácticas: “Glosa” y “Nadie Nada Nunca”, de Juan José Saer, y “Kaddish por el hijo no nacido” y “Fiasco”, de Imre Kertesz.
Las frases subordinadas levantando el puño para que dejemos de ser sujetos –y lectores– pacientes, y complacientes.

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