Bond ante el espejo de los nuevos tiempos

Daniel Craig se despide a lo grande de su licencia doble cero en un vertiginoso circo de tres pistas que en todo momento gravita en los territorios del pasado y el presente.
En su conjunto, “Sin tiempo para morir” se revela como un filme de acción de corte clásico pero elaborado mediante un ímpetu que evita que el espectador caiga en los peligros que conlleva la nostalgia.
A través de un inicio evocador que apunta las pistas por las que transitará la cita, Cary Fukunaga ha orquestado una de las mejores entregas de la etapa Craig y, por extensión, de la ya dilatada filmografía protagonizada por el agente secreto imaginado por Ian Fleming.
En realidad, “Sin tiempo para morir” enlaza directamente con aquella muy temperamental tarjeta de presentación que fue “Casino Royale” y enriquece su legado mostrando las cicatrices del protagonista, su necesidad del reposo y que alguien asuma su licencia doble cero. Todo ello ofrece un perfil casi crespucular y una vertiente más vulnerable de la rocosa personalidad de James Bond.
A este cuidado diseño de su perfil se suma la marca más reconocible de la casa, el vertiginoso despliegue de secuencias de acción que, en este caso, se escenifican en Ischia y en la que vuelve a brillar la presencia no menos crepuscular del infalible Aston Martin asociado a Bond.
En cuestiones de villanos –otra marca típica de la casa–, topamos con el reencuentro con Blofeld que, encarnado nuevamente por Christoph Waltz, se asemeja al Hannibal Lecter de Anthony Hopkins. En su bando también topamos con un Rami Malek que vuelve a sacar partido de su aspecto más perturbador.
Entre lo más interesante del la película figura que en su intención no tiene la apariencia de una despedida con honores, sino un punto de inflexión que podría marcar las pautas futuras que dictarán la franquicia.

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