Los demonios saltarines
El momento histórico se desdibuja y se recrea con influencias virtuales. No es de extrañar que el personal huya de X, apague su televisión cuando aparecen ciertos personajes reincidentes, que mire con desidia sus redes sociales más de proximidad y acabe jugando a todas las loterías porque no vislumbra que se dirijan los esfuerzos a conseguir un respiro ni local, ni estatal, ni europeo ni mundial. Al contrario, la campaña de verter mentiras como toneladas de guano sobre la ciudadanía busca el desistimiento, el abandono del interés por lo público. Una renuncia que confirme una tendencia y se vaya instaurando una sensación de ahogo vital y político.
Algunos mantenemos que vivimos desde hace décadas en una suerte de tercera guerra mundial con otro formato, pero que Joe Biden, en un acto delirante, autorice a Zelenski a utilizar el armamento donado para atacar a Rusia, nos puede colocar ante un conflicto de unas dimensiones incalculables. ¿Puede este anciano tomar estas decisiones cuando ya es alguien amortizado que solamente debe preocuparse por el traje que se pondrá el día que certifique su derrota total y entregue el botón nuclear a Trump?
Demasiados demonios que se han escapado de sus cómodas vitrinas donde estaban aletargados, y empiezan a mostrarse saltarines, como si estuvieran celebrando algo que todavía está cociéndose en las calderas de la internacional del odio, a punto de hacerse visible de manera estruendosa. Este ataque de pesimismo llega porque hay hechos que condicionan de manera insuperable el razonamiento crítico.

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