Lugansky, virtuosismo en directo
Se respiraba la expectación por volver a escuchar a Nikolai Lugansky tras su último paso por Donostia, aquel extraordinario recital que ofreció en la Quincena Musical en verano de 2011. Esta vez llegaba con uno de los conciertos centrales del repertorio, el segundo de Chopin, y para abordarlo en mejores condiciones se trajo su propio piano de cola. Muy pocos pianistas se pueden permitir viajar con su propio instrumento, por los evidentes problemas logísticos y presupuestarios que ello implica, pero el detalle deja vislumbrar el afán de perfeccionismo del ruso. La versión fue enorme, no ya en cuanto a técnica -la de Lugansky es sobrehumana-, sino por la autoridad de un planteamiento que recordaba al de los grandes pianistas rusos del pasado. No es que el acercamiento de Lugansky tuviera mucho que ver con los de Richter o Horowitz -ambos ucranianos-, pero habló a través de Chopin con una naturalidad similar a la de aquellos, sin necesidad de impostar un romanticismo o un acercamiento premeditado a la música del polaco. La versión quizá fuera discutible en algunos detalles, como los graves algo atronadores del primer movimiento, la concisión lírica del Larguetto -al que nos hemos acostumbrado con un punto de languidez- o los tempi ligerísimos del tercero, que llevó su virtuosismo implícito al borde del fuego de artificio. Son detalles para un análisis posterior, quizá en una grabación, pero que carecieron de importancia en el marco de desbordante de autoridad de su directo. Emmanuel Krivine, al frente de una sólida Filarmónica de Luxemburgo, le acompañó con valentía, quizá mayor de la que mostró en sus ideas para la «Sinfonía nº5» de Shostakovich, simplemente correcta.

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