Secretos de familia

La familia como núcleo central y paraíso de la neurosis. Cinco hermanos, adultos con perfiles bien determinados, convocados para dar el permiso para que al padre muerto se le reconozca como héroe en una campaña publicitaria de un refresco universal. Un encuentro en una casa al borde del mar, y lo que empieza como un asunto de intereses económicos, de nostalgia de pasar cuentas sobre las relaciones familiares, acaba descubriendo una tragedia, un secreto que había destruido la vida de varios de ellos, afectando a casi todos y que aparece con una crudeza imposible de soslayar y que condiciona el posicionamiento moral, ético o incluso político primario. El padre muerto era comunista y lo quiere homenajear una de las muestras más claras del capitalismo.
Teatro de texto y de personajes. David Desola tiene una capacidad deslumbrante para el diálogo, para crear situaciones reconocibles y que describen y sitúan a los espectadores a través de unas afiladas réplicas. En este caso la dirección de Roberto Cerdá ayuda a ese proyecto literal, propone una limpieza de movimientos, casi en mínimos imprescindibles, regula las tensiones, acompaña a los actores para que vayan acumulando datos, emociones, y construyendo sus personajes de manera eficaz, y la verdad que en este sentido es prodigioso el trabajo de todo el elenco. Cada personaje, bien definido, con relaciones bien claras, y con evolución ajustada dentro del esquema dramatúrgico.
Ayuda la escenografía de Ana Garay, evocativa pero significante, una iluminación a favor del tiempo escénico que propician una obra que valora el texto, los personajes, sin apenas acciones, las justas para no estorbar sobre lo fundamental. Al final el espectador se queda con la boca seca, con la amargura que producen esos secretos familiares que casi todos deben enterrar muy profundamente y que esta obra las trae a primer plano.

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