08/11/2014

Iñaki Egaña
Historialaria
Cançó a Catalunya

Vaya por adelantado que, como en las páginas web, esta, la mía, es una opinión en construcción. Me ayudo de soportes históricos, simbólicos, políticos, incluso emocionales, para sustentar una especie de razonamiento. Pero estas interpretaciones no son estáticas. Tampoco se trata de ciencia ficción. Me remito únicamente, a la apertura de un proceso, que mañana tiene un mojón importante, la consulta catalana, cuyo camino habrá que desbrozar. Y lo harán catalanes y catalanas, con su particular iniciativa.

Abro estas reflexiones con aquella «Cançó a Catalunya» que compuso Xabier Lete en 1978, cuando la Reforma y la Ruptura se enfrentaban a la salida del franquismo. Leizaola y Tarradellas, los viejos representantes de la élite republicana en el exilio, apostaron por la primera. Aquella fue una canción llena de ternura, como hace bien poco señaló Eñaut Elorrieta al afirmar que, al escucharla, tenía la impresión de que Lete se refería más a Euskal Herria que a Catalunya. Percepciones.

Recupero aquellas coplas de Lete a través de una frase que, hoy, parece tener vigencia, a tenor de lo que percibo a mi alrededor. Catalunya siembra envidia, sana o malsana, genera empatía entre quienes rechazamos la arquitectura española y, sobre todo, parece dar una lección de cómo abrir una brecha en la acumulación de fuerzas para hacer efectivo el bye, bye a España. Lete ya lo decía hace 35 años: «Eraman gaitzazu azkar askatasun berrira».

En la historia reciente, la iniciativa catalana ha generado una suerte de fotocopia, a posteriori, en diversos sectores vascos, atascados según épocas. Y viceversa, aunque en menor medida. El nacimiento de Liga Regionalista de Francesc Cambó arrastró a los carlistas vascos e incluso al PNV, escindido entonces, a optar por una vía inédita, el Estatuto de Autonomía, cuyo recorrido, de una u otra forma, ha llegado hasta nuestros días. Contaminó a todos, independentistas, republicanos, soberanistas. Los primeros, carlistas y regionalistas, fueron engullidos por el franquismo. La vía estatutaria, agotada ya, sigue sin embargo en el candelero. Apoyada hoy por el PP-PSOE y, con matices reformistas, por el PNV.

La eclosión de las luchas de liberación en el planeta, el nacimiento de Naciones Unidas como organismo, la polarización del mundo en dos bloques, las rupturas generacionales, trajeron la extensión de un concepto que, aunque previo, se asentó en el ideario rutpurista catalán y, en especial, en el nuestro, el vasco. El derecho de autodeterminación.

En diciembre de 1952, Naciones Unidas apuntalaba la autodeterminación con una interpretación que avaló el argumentario de las luchas de liberación, incluso el de organizaciones que como ETA entraban en el escenario. La Declaración de los Pueblos de Argel, de julio de 1976, profundizó aún más el contenido: derecho a la existencia (sujeto y autodeterminación).

Como es sabido, la Alternativa KAS, contemporánea a la Declaración de Argel, fue el eje del sector rupturista vasco hasta 1995. Paradójicamente, en su punto quinto, apostaba por un Estatuto de Autonomía en el que se recogiese el derecho de autodeterminación. Viejas y nuevas recetas de un contexto pre-democrático, trasladadas a otro presuntamente novedoso. La Constitución española, en cambio, acopió los códigos anclados en el siglo XIX: el Ejército como garante de la unidad de España.

Se produjo entonces un despliegue político paralelo, Euskal Herria y Catalunya, que María Coll ha definido, creo que con acierto, como convexo y cóncavo. Convexo para nosotros, porque Euskal Herria «asocia su identidad al sentimiento de resistencia». Cóncavo para Catalunya porque «pacta con los invasores, intenta empadronarlos».

Este pactismo catalán ha sido durante décadas seña de identidad. La gran burguesía catalana llegó hasta lo más hondo. La Caixa, en cuanto recibió el soplo del boicot (¿recuerdan aquella tregua de ETA en Catalunya?), pasó a financiar la Marca España y, de paso, la selección española de su mayor activo, el fútbol. No se anduvieron con matices. Su fundación bancaria, hoy el tema en el disparadero vasco, quedó en manos del multimillonario mexicano Carlos Slim, César Alierta (presidente de Telefónica) y Javier Solana (ex director general de la OTAN), entre otros.

La implicación desarrolló un espacio político nuevamente regionalista, con excepciones por supuesto. Con la complicidad de un sindicalismo catalán mayoritariamente amarillo e hispanizante (CCOO y UGT), al contrario que en nuestra tierra. Con la apoteosis del 92 (Olimpiadas en Barcelona) en el marco de la re-entrada de España en el mundo. ¿Recuerdan a Miquel Roca cuando intentó extender el modelo CiU al Estado español en compañía de Florentino Pérez, el rey del fútbol? La cresta de la ola.

El pactismo catalán suscitó celos en ese sector vasco atávico de la comodidad. Los cóncavos de Sabin Etxea. El Espíritu de Arriaga se desplegó como un paraguas. La vía Ardanza, apoyada por el PSOE, generó, como en Catalunya, la impresión de un estado inalterable hasta la eternidad. Mientras, Cassinello lanzaba aquella mítica arenga: «prefiero la guerra a la Alternativa KAS» (autodeterminación y ruptura).

Pero España, como el neoliberalismo capitalista, siempre pide más. Estado corrupto por naturaleza, mesiánico en su ilusión, gobernado por testaferros que con su nacionalismo aderezan la traza del dinero, creyó llegada la hora de la victoria final. En su batalla, por utilizar un término bélico adecuado, contra los cóncavos y contra los convexos. Y calculó mal las fuerzas, no tanto por el empaque de las suyas, sino por el desprecio de las del oponente. Porque desde el paso de un mundo bipolar a otro unipolar, el que nos encontramos, las guerras, siguiendo el lenguaje militar aunque me refiera estrictamente al campo civil, ya no son convencionales, sino asimétricas.

España no supo que habíamos entrado en el siglo XXI. Una percepción que nos contaminó a muchos de nosotros. Y, sin embargo, como en otros tiempos, cuando Catalunya fue vanguardia, política, con aciertos y desaciertos, of course, (Estatuto de Autonomía, milicias antifascistas, la República de Companys, movimiento asociativo...), se fue gestando una masa crítica capaz de remover el estado supuestamente inalterable de las cosas.

El derecho de autodeterminación, ultrajado, vilipendiado, relacionado en el inconsciente colectivo con la guerra de Cassinello, el conflicto de los Balcanes, la independencia de Kosovo, con la existencia de ETA y el encarcelamiento de toda la dirección de la izquierda abertzale, dejó paso a un concepto reinventado «el derecho a decidir». Si somos una nación ¿por qué no tenemos la oportunidad de elegir nuestro destino? No sólo como pueblo. ¿Por qué no el futuro medioambiental, el agroalimentario, el económico? Una idea transversal. Aunque si el sujeto era el pueblo, volvíamos al derecho de autodeterminación. El «derecho a decidir» concernía a cualquiera, incluidas las instituciones. Un problema en nuestra cercanía, despiezados en territorios y administraciones diversas.

Sin embargo, el derecho de decisión era un argumento de sentido común, de lógica en una sociedad posdemocrática como la que padecemos. Atrapados como estábamos los convexos en los rescoldos de la Alternativa Democrática y Lizarra-Garazi (el derecho del pueblo vasco a decidir su futuro), Catalunya puso en marcha una formidable tarea de microconsultas que fueron sazonando y abonando el jardín ulterior.

Madrid volvió a mofarse de las iniciativas. Radicales, etarras y antiespañoles estaban detrás de las mismas. Cuando se dio cuenta de la magnitud que iba tomando la bola del escarabajo catalán mandó a sus perros. Y, como es de sobra conocido, los perros de presa han servido, desde siempre, para fabricar a velocidad geométrica una masa de independentistas. Por una razón u otra, convencimiento o despecho, el peso hegemónico se ha desplazado.

La consulta de mañana no es un ejercicio de autodeterminación, sino un pulso por el derecho a decidir. Centenares de microconsultas elevadas por extensión, destinadas a confirmar un sujeto, el pueblo catalán. ¿O quizás sus instituciones? Aún lo desconozco, pero es una lección democrática en un entorno que no lo es. Una apuesta para el siglo XXI. Pasado mañana comenzará el partido y, como le sucedió a Eñaut Elorrieta al atender a la canción de Xabier Lete, nos quedaremos con la sensación de que, a pesar de tratarse de Catalunya, estamos hilvanando letras en nuestra tierra, Euskal Herria.