«Zarzas ardiendo», de Álvarez de Eulate, en la Basílica de Santa María
La Basílica de Santa María de Donostia acoge una exposición sobre la serie de obras «Zarzas ardiendo» elaborada por el pintor franciscano Xavier Álvarez de Eulate. Inspirada en un pasaje bíblico del Antiguo Testamento, estas pinturas muestran «el dramatismo de la presencia de Dios» en la vida de un artista prolífico que deja más de 600 obras como legado.

Dice la leyenda que la virgen de Arantzazu apareció entre una mata de espinos junto a un cencerro, y que fue hallado por un pastor llamado Rodrigo de Balzategi. La historia hace referencia, asimismo, a que Arantzazu hace referencia a la existencia de abundantes arbustos espinosos en el lugar donde se erige el santuario que lleva su mismo nombre. El espino, la zarza y la leyende cobran especial relevancia en ese emblemático lugar, ideas y relaciones que trasladó a través de la pintura el artista franciscano Xavier Álvarez de Eulate. Es precisamente la serie «Zarzas ardiendo» la que se muestra estos días en la Basílica de Santa María de Donostia, que el año pasado ya expuso la serie «Santas Faces», creada también por el mismo autor.
En esta ocasión, esta serie formada por once óleos de gran tamaño y otros diez de menor envergadura provienen de un pasaje bíblico del Antiguo Testamento. Según señalaba ayer el comisario de la exposición, Edorta Kortadi, la inspiración de esta serie proviene de la aparición de Dios ante Moisés, que lo hizo entre unas zarzas. «Moisés vio unas zarzas ardiendo que no se quemaban y, al acercarse, Dios le pidió que se descalzara, pues estaba en lugar santo», afirmó.
Kortadi señaló que Álvarez de Eulate conocía de primera mano las obras de Matt Rothko y Jackson Pollock, «dos importantes artistas de la escuela de Nueva York». Como lo hicieran ambos en sus respectivos trabajos, el pintor franciscano también empleó una visión cinematográfica para configurar las series de sus obras. Influenciado por varios artistas de vanguardia del siglo XX, fue con Jorge Oteiza con quien coincidió en gran parte de su carrera profesional, a quien consideró, además, su único profesor. Abandonó la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid en los años 50 y tomó el camino autodidacta, que la fomentó el propio Oteiza.
Por su parte, Iñaki Beristain, de la Fundación Arantzazu Gaur, que se encarga de divulgar y recopilar la obra de Álvarez de Eulate, indicó que estas obras que se exponen en la Basílica de Santa María son el fiel reflejo del espíritu del autor. «Álvarez de Eulate era una zarza ardiendo. Vivió el dramatismo de la presencia de Dios en su vida, pero no se quemó. Tuvo intentos de quemarse más de una vez, porque era muy fogoso, pero gracias a la sensación de Dios que vivía no se quemó», apuntó.
El pintor que fue reconocido por su labor junto a Oteiza, Chillida, Basterretxea, Muñoz y Egaña al participar en la decoración de la nueva Basílica de Arantzazu y las coloridas vidrieras que creó para el Santuario, deja un legado de más de 600 obras exparcidas entre Arantzazu, Bermeo y Olite, donde instaló su taller de creación. La Fundación Arantzazu Gaur y la asociación Arantzazuko Adiskideak han hallado nuevas pinturas sin catalogar y no descartan que la cifra se acerque hasta las 700 pinturas.

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