Con 28 novelas publicadas, un Goncourt y el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, entre otros, es uno de esos autores que siempre escribe el mismo libro. Él mismo lo confiesa: «Es el mismo libro pero escrito a trozos (...) No hay repetición, pero es la misma obra». Al abrir cualquiera de sus novelas, el lector encontrará elementos claros que las identifican: están ambientadas en el periodo de la ocupación alemana en Francia; París es su universo urbano; sus personajes intentan encontrar briznas de su pasado, y lo hacen con pesar, como si estuvieran convencidos de lo inútil de tal búsqueda. A diferencia de muchas tendencias literarias que buscan explicarlo todo, su literatura es de las que siembra dudas y no siempre las resuelve. Más aún, en ocasiones, ni siquiera nos permite conocer las razones por las que un personaje determinado ha emprendido esa búsqueda. «Mis novelas son siempre eso –la búsqueda de la identidad–, y no me doy cuenta más que cuando las he acabado», insiste.
Lo cierto es que, con todos esos elementos, y con su tono despojado y directo de frases cortas y una gran economía de recursos, Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) tiene una capacidad contundente para atrapar a sus lectores, para envolverlos en una nube de desasosiego. Cuando nos aventuramos en sus novelas ya sabemos lo que nos sucederá. Sin importar la trama, la ambientación o el personaje de turno, terminamos la lectura con la sensación de que somos nosotros quienes hemos perdido algo, algo irrecuperable que sigue rondándonos mucho después de que cerramos el libro.

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