
Alrededor de 3.500 delegados de más de 170 países y 600 organizaciones se van a reunir este martes en la sede europea de la ONU en Ginebra para una crucial ronda de negociaciones que busca cerrar un tratado vinculante contra la contaminación plástica. Esta cita, que se prolongará hasta el 14 de agosto, es considerada por muchos como la última oportunidad para frenar la producción y el consumo desmedido de plásticos, responsables de grandes daños medioambientales y en la salud humana.
La negociación, enmarcada en «la segunda parte de la quinta ronda intergubernamental», intenta superar los estancamientos que han marcado procesos previos celebrados desde 2022 en Uruguay, Francia, Kenya, Canadá y Corea del Sur. El objetivo es acordar un instrumento legal que afecte todo el ciclo de vida del plástico: producción, uso y desecho.
El principal punto de discordia se centra en la regulación de la producción plástica. Un bloque llamado ‘los ambiciosos’, capitaneado por países como Francia, Noruega, Ruanda, Chile y Perú, demanda reducciones contundentes, prohibiciones de sustancias perjudiciales y fomentar una economía circular basada en el reciclaje. Enfrente están los ‘países afines’, que incluyen a potencias petroleras como Estados Unidos, Rusia, los países del Golfo, y algunos grandes productores emergentes, quienes prefieren focalizarse en una gestión de residuos más que en la limitación de la producción, dada la dependencia económica de estos materiales.
Además del debate sobre qué plásticos prohibir o limitar, la financiación de medidas y compensaciones a economías afectadas es otro terreno delicado. Mientras, científicos y organizaciones sociales presionan con fuerza, destacando riesgos para la salud relacionados con la presencia de microplásticos de órganos vitales y costos económicos de más de 1,5 billones de dólares anuales asociados a esta contaminación.
Consecuencias
De no alcanzarse un acuerdo en Ginebra, los expertos advierten que la producción mundial de plástico podría casi triplicarse para el 2060, lo que agravaría más la crisis ambiental y sanitaria. Por ello, esta cita internacional se observa como una oportunidad decisiva para proteger el planeta y la salud humana frente a la vorágine plástica.

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