Un siglo de mariachis en el corazón de la Ciudad de México
El Tenampa, la cantina consagrada al mariachi en el centro de la Ciudad de México, cumple cien años. Fue icono de los tiempos de Chavela Vargas y José Alfredo Fernández y ahora se ha convertido en el principal atractivo de la plaza Garibaldi, un espacio en el que la música regional mexicana y el tequila conviven como ejemplo de tradición y modernidad.

Hay una leyenda que persigue desde hace décadas al Tenampa, la histórica cantina consagrada al mariachi ubicada en la mítica plaza de Garibaldi, en el centro de la Ciudad de México. Se dice que aquí pasaban los fines de semana, atrincherados entre caballitos de tequila y excesos, José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas. El primero, compositor de clásicos como “El rey” (que sigue cantándose en Iruñea cada tarde sanferminera) o “Camino de Guanajuato”; la segunda, mito de la voz quebrada que desafió a las convenciones y terminó convertida en símbolo femenino en un mundo machista como las rancheras. La leyenda, que se repite insistentemente como si así fueran los dos a revivir, dice que cuando José Alfredo Jiménez supo que iba a morir de cirrosis después de castigar su hígado durante décadas, corrió para avisar a su amiga y pasaron tres días bebiendo hasta caer rendidos. Un mes después, en noviembre de 1973, el organismo del cantante dejó de funcionar y sus restos fueron enterrados en el panteón de Dolores, el mayor cementerio de América Latina y también ubicado en la capital mexicana.

No es casualidad que esta historia haya acompañado al Tenampa en las últimas décadas. La cantina es ahora el símbolo de la ranchera, el mariachi, las noches regadas de tequila y un lugar imprescindible para comprender la mexicanidad nocturna. Se trata de un lugar mixto, entre el atractivo turístico y el lugar de celebración solemne para el chilango (sobrenombre con el que se conoce a los habitantes de la capital mexicana). Ubicado a kilómetro y medio del majestuoso Zócalo y muy cerca de Tepito, el barrio popular con más historia del centro de la Ciudad de México, el Tenampa es un icono de este enclave. Y ahora está de aniversario. Se cumplen cien años desde que Juan Hernández, originario de Cocula, Jalisco, fundara este lugar junto al mariachi Concho Andrade, también paisano. Aquí está, en parte, la fundación del mariachi como música universal mexicana. Un siglo después, este templo de las rancheras, la cultura, la comida y la bebida, queda como eco del México que fue en el vibrante México que sigue siendo. Un castillo de dos pisos que simula una antigua vecindad, decorado con murales que recuerdan a las figuras más grandes de la música regional y donde en cada mesa uno puede beber hasta caer rendido, comer antojitos mexicanos y salsas que piquen y escuchar mariachis retumbar como cañones en la guerra. También, y esta es una curiosidad extraña, electrocutarse con los toques, una locura mexa en la que un grupo se agarra de la mano y un tipo cobra por darles una sacudida eléctrica, que se transmite en cadena por cada uno de los cuerpos.

Como cantaba Cornelio Reyna, histórico de la música norteña desde los años 70 del siglo pasado y cuyo rostro quedó inmortalizado en uno de los murales que adornan el Tenampa:
“Ah cuántas veces me han sacado del Tenampa;
Ya bien borracho y con un nudo en la garganta;
Voy por las calles, cantando mis canciones;
Y los mariachis van pisando mis talones;
Les pedí veinte, treinta o cinco mil canciones;
y me cantaron “me caí de la nube”;
Me revolqué, lloré, canté de sentimiento;
Me recordaron un amor que yo antes tuve;
En el Tenampa se recuerdan muchas cosas,
Y los mariachis son los amos y señores,
Te tomas cuatro, cinco, veinte o treinta copas;
y las canciones te recuerdan sus amores”.

La plaza Garibaldi es un lugar mítico. Desde los accesos a través del paso de la Reforma, la avenida que atraviesa por la mitad la Ciudad de México, se observan los grupos de mariachis, vestidos con sus trajes tradicionales y armados con sus guitarras y trompetas, que ofrecen sus servicios a los visitantes. Pero esto no siempre fue así. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? «Primero fue el Tenampa», dice Allison Cedillo, encargada de las relaciones públicas del histórico local. Cuenta la mujer, que es la encargada de acompañar a la prensa durante la visita guiada al local en uno de sus eventos por su centenario, que la amistad entre Juan Hernández y Concho Andrade dio inicio al Tenampa. Primero, cantando aquí, en el salón de abajo, convertido ahora en sala principal de la cantina. Después, como foco de atracción para mariachis llegados principalmente desde Jalisco, Nayarit y Michoacán.
Hay que recordar qué era una cantina hace un siglo en la Ciudad de México. Apenas había transcurrido poco más de una década de la revolución que terminó en 1917 con la dictadura de Porfirio Díaz. Eran los tiempos de la postguerra mexicana, una época en la que las cantinas estaban vetadas a las mujeres y los niños, donde no existían los baños, sino una canaleta en la que se orinaba de pie y no se servía ni un bocado, únicamente alcohol. Como los músicos no cabían en el Tenampa, comenzaron a salir a la plaza Garibaldi, donde eran perseguidos por la Policía, que no veía con buenos ojos la concentración de mariachis que desbordará la zona. «Así es como se empieza a hacer la plaza del mariachi, que es Garibaldi», dice Cedillo. El local fue abierto a finales de 1925, aunque sin una fecha concreta. Aquel año, bajo la presidencia de Plutarco Elías, fue clave para México, pasando de la lógica de la guerrilla a la consolidación de la institución revolucionaria que marcó los inicios del siglo XX. A ras de suelo, en Garibaldi, un puñado de mariachis se reunía para tocar.

«NO UNIFORMADOS, NO NIÑOS, NO MUJERES»
Juan Hernández murió en la década de 1930 y el Tenampa pasó a manos de su esposa, Amanda Díaz. «Una mujer al mando de una cantina, muy conocida por el alcohol y donde apenas había puro hombre», explica Cedillo. La joven recuerda que, en aquel momento, había un lema que acompañaba el lugar y que explica el contexto del México de principios de siglo: ni uniformados (policías y cualquier otro tipo de elemento policíaco o castrense), ni mujeres, ni niños. Sin embargo, al frente se encontraba Amanda Díaz, «una mujer muy respetada por toda la gente, por todos los comensales que venían», dice Cedillo.
En aquella convulsa mitad del siglo XX, tras la llegada del exilio republicano del Estado español a México y después de la Segunda Guerra Mundial, el Tenampa comienza a configurarse tal y como lo conocemos hoy. José Hernández, más conocido como Tío Pepe, uno de los hijos de Amalia Díaz, fue el siguiente de la estirpe en hacerse cargo del local. Él formaba parte de la comunidad LGTBI, por lo que la cantina también pasó a convertirse en un lugar de inclusión. De esta época datan también los murales que han pervivido hasta la fecha. Se trata de una costumbre de inmortalizar a algunos de los artistas más célebres que han pasado por el local. Es el caso de Frida Kahlo, Chavela Vargas o Juan Gabriel. «Él tenía muchas amistades como Juan Gabriel, María Félix, o sea, toda esta gente de la crema y nata, por así llamarlo, del mundo artístico y cultural», dice Cedillo.


De esta época datan algunos de los murales más populares, que son firmados con el sobrenombre de Burgos. ¿Quién es el famoso Burgos que estampa su sello en muchos de los muros del Tenampa? No tenemos ni idea. Solo sabemos, por tradición oral, que se trata de un artista que, como Chavela Vargas o José Alfredo, era aficionado a beber hasta caer rendido entre las mesas de la cantina. Básicamente, que se pasaba la vida entre estas paredes. Así que, al parecer, ofreció un trueque: él bebería y se la pasaría entre mariachis, y la casa recibiría a cambio sus murales. Las pinturas siguen en los muros del Tenampa, pero hasta la fecha nadie sabe de quién se trataba este pintor amante del tequila.
En uno de los costados, entrando a la izquierda, se sitúa uno de los murales más conocidos. Por un lado, en primer plano, Chavela Vargas, uno de los mitos del Tenampa, junto a su expareja, María Cortina. También Frida Kahlo y, detrás, como observando, José Alfredo Jiménez, el director de cine Pedro Almodóvar, Joaquín Sabina y Miguel Bosé. La obra fue pintada por Felipe González Aguilera, “Ferguz”, y se develó en septiembre de 2012, apenas un mes después del fallecimiento de la cantante. Al otro lado puede verse la catedral de Jalisco y un retrato de Juan Gabriel. «Es el único que nos ha regresado el cuadro porque no le gustaba. No le gustó cómo quedaba su nariz», dice Cedillo.

LA PLAZA DEL MARIACHI
El Tenampa es un lugar ecléctico. Cada fin de semana se forman largas filas para acceder al mítico local, lo que ha sido aprovechado por otros establecimientos en los alrededores que ofrecen shows en vivo y lugares donde tomar una michelada (cerveza con salsas, sal y limón) o un mezcal. En el interior de la plaza pueden verse los diversos conjuntos regionales. Por un lado, los mariachis, con vestimenta tradicional, sus violines, trompetas y guitarrones y su gran sombrero charro. Por otro, los norteños, con batería, bajo eléctrico y acordeón y precursores de grupos como Los Tigres del Norte o Los Tucanes de Tijuana. En el interior, sin embargo, solo se permiten mariachis.

José Luis Acevedo Mandujano, de 52 años, es uno de ellos. Lleva casi 35 años tocando los instrumentos, y su grupo, el Monumental Mariachi León de los Hermanos Acevedo, cumple ya su tercera generación. La familia viene de Tarimoro, en Guanajuato, un terreno industrial y golpeado por la violencia ubicado a cuatro horas en coche de la capital. Su abuelo inauguró el conjunto, su padre lo heredó y él ha seguido los pasos familiares. «El Tenampa es un lugar mágico. Aquí vienen muchas personas, llegan a enamorarse, a disipar sus penas, alegrías, festejos, tristezas. Es un lugar para reunión de todo tipo de emociones», afirma.

El mariachi nació a mediados del siglo XIX como una fusión entre tradiciones musicales indígenas, españolas y africanas. Aunque no fue hasta el siglo XX cuando se asentó como estilo popular, gracias en parte a lugares como el Tenampa. Acevedo Mandujano se siente parte de esta tradición. «Nosotros tenemos el compromiso y la obligación. Llega gente de todo el mundo a visitarnos y el mariachi no tiene fronteras. Hay que poner desde un corrido, banda, bolero», explica. Para el músico, uno de sus mayores recuerdos en el templo del mariachi fue haber tocado junto a Joaquín Sabina, un cantante a quien se venera en este lugar. «Es un privilegio estar aquí, y uno tiene que portar el traje de charro bien, como debe ser, con orgullo, no ser improvisado y tener preparación», afirma.

A partir de medianoche, el ambiente dentro del Tenampa es ensordecedor. En una mesa, un mariachi ameniza la celebración de un joven graduado. Son cien pesos por canción -unos 4,90 euros- y alguien puede dejarse media quincena en agasajar a la familia. Tres mesas más allá, turistas japoneses miran con cara de póker mientras se tapan los oídos ante el gran ruido. Y hay parroquianos de siempre y gente que llega a celebrar cualquier cosa, incluso a recordar a sus muertos. «Casi por lo regular aquí en los fines de semana tenemos hasta cuatro grupos. Buscamos cuatro grupos, ajá, y todos tocamos a la vez porque hay mucha demanda. Normalmente, todo el cliente que viene aquí por lo menos nos pide una canción si es para un cumpleaños, “Las mañanitas”, y otras dos o tres canciones más», dice el integrante de la banda.

Históricamente, los mariachis se intercambiaban de lugar. Algunos, en el exterior. Otros, dentro, como si fuesen los músicos oficiales del local. Afuera, en otros tiempos, era una extensión de la fiesta, con gente bebiendo hasta el kiosko ubicado en el centro de la plaza. Pero eso eran otros tiempos. Ahora la Ciudad de México no permite tomar alcohol en la vía pública y solo se puede recurrir a las terrazas de los locales aledaños, que crecieron a la sombra del Tenampa. Por cierto, que aquí también hay leyenda negra. En septiembre de 2018, un grupo de sicarios disfrazados de mariachis llegaron hasta un bar ubicado muy cerca del Tenampa y abrieron fuego contra los comensales, matando a tres personas. La investigación reveló que se trataba de integrantes de la Unión Tepito, el grupo criminal que controla la extorsión y el tráfico de drogas en el centro de la Ciudad de México y que se enfrenta contra otro grupo denominado la AntiUnión. Aunque se trató de un hecho aislado, dejó marcada la zona y actualmente el bar atacado permanece con la persiana bajada. No volvió a abrir desde entonces.
«Nosotros insistimos en que aquí al cliente se le arropa desde varios aspectos. Desde la comida, desde la música, la estancia, el ambiente, el lugar. Hay un sinnúmero de factores que lo hacen muy distinto a otros lugares. Sobre todo, la tradición. Si vienes a la Ciudad de México y no viniste al Tenampa, es que no lo visitó del todo», dice Guillermo Corona Juárez, mesero de 62 años que lleva dos décadas atendiendo a los clientes del Tenampa.

«Desde 1925 aquí se da la explosión del mariachi hacia toda la Ciudad de México. Y, como la Ciudad de México, para bien o para mal, es el corazón de la República, al final termina siendo la música del mariachi algo así como la música oficial de México», dice. Las anécdotas de Chavela Vargas y José Alfredo Fernández, aunque sean de otra época, son las favoritas. «José Alfredo le dio canciones a las grandes cantantes mexicanas, pero no le dio ninguna a Chavela. Porque no era su gran artista, era su amiga, era su hermana. De tal forma que, cuando José Alfredo muere en 1973, la persona que más le llora, a la que más le duele, es Chavela», explica.
Pero no todo son anécdotas de grandes estrellas, aunque canten a la derrota y el desamor. Este es el escenario de infinidad de hechos para miles de personas. «Nosotros tenemos el récord de que muchas personas han venido a pedir la mano de otra persona», dice Corona Juárez, que celebra que «ninguna pareja ha dicho que no». Posiblemente, cada persona que pisa la Ciudad de México haya encontrado su propia historia en el Tenampa. Y, si no, hay un lema que acompaña. «Para todo mal, mezcal. Para todo bien, también. Y, si no tiene remedio, litro y medio». Todavía no está pintado en ningún mural.





