2017/04/30

135 metros de confianza
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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La propietaria de la Casa #20, Isabel, admite que al inicio sintió cierta desconfianza al ver el planteamiento que los navarros Raúl Montero y Emilio Pardo, cabezas de RUE Arquitectos, proponían para la reforma de la casa que su abuelo construyó hace más de cien años en Cintruénigo. «La clave para superar esos recelos es generar confianza en el cliente», admite Montero. Esa seguridad en los arquitectos permitió que, con un presupuesto mínimo, se diseñara una vivienda que ha sido premiada por el Colegio de Arquitectos Vasco Navarro.

De la antigua casa de los abuelos no podía salvarse nada, menos aún si, como querían los dueños, la luz debía de jugar un papel primordial en la creación de un nuevo hogar; los muros y fachadas de piedra, que sujetaban el anterior entramado de madera, no permitirían una construcción moderna y confortable, ofreciendo pocas garantías para soportar el peso de una estructura de hormigón. El solar también jugaba en contra de los diseñadores, siendo una parcela estrecha de perímetro irregular, con un soleamiento complicado. Para dificultar más las cosas, las necesidades de los dueños hacían necesario meter en los apenas 135 metros cuadrados de planta un garaje, una cocina, cuatro dormitorios, un txoko, un salón y una terraza.

Montero, desde su estudio de la Parte Vieja de Iruñea, reconoce que la disposición espacial –lugares comunes al patio, zonas de noche arriba, zonas de día abajo– vino de un modo natural. El arquitecto nos asegura que «los clientes vinieron sin ningún tipo de idea preconcebida, pero en el proceso de diseño hubo un toma y daca hasta encontrar la solución. Hicimos incluso una maqueta a gran escala para explicarles la solución y que lo entendieran mejor».

Analizando la vivienda, se puede comprender el porqué de la necesidad de una explicación. La casa se debe de entender no en plano, sino en volumen; los propios arquitectos reconocen que más que en metros cuadrados, pensaron en metros cúbicos. Para poder “salvar” la limitación de esos 135 metros cuadrados, pensaron en dar más altura, esto es, más metros cúbicos, a las estancias más importantes, como la cocina y el salón. De ese modo, el edificio se convierte en un juego muy interesante de plataformas que se superponen, haciendo que, por ejemplo, la cocina se conecte con el salón y la habitación principal, al tiempo que se acoplan entre sí mediante el patio de luces que divide el solar en dos.

En mitad de todo esto, nos encontramos con una preciosa escalera compensada de acero pintado en blanco, que se convierte, en algunos puntos de la casa, en una verdadera escultura, de aparente sencillez pero cuidada al detalle, que ata el arriba con el abajo. Aunque pudiera parecer un capricho, de este modo se consigue que la escalera acceda directamente a los espacios, sin distribuidores ni rellanos intermedios.

Vidrio traslúcido para la luz. Solucionado el problema del espacio, tocaba lidiar con la iluminación. Para ello, se decidió cerrar las fachadas con vidrio traslúcido, que consigue que la luz atraviese la casa de sur a norte, reflejando de paso el color de la bóveda celeste y minimizando la presencia del edificio en un entorno urbano más banal. Con el objetivo de que el propio inmueble no diera sombra sobre sí mismo a medida que la casa va subiendo, las plantas van retranqueándose, creando de ese modo pequeñas terrazas que sirven a las habitaciones. En la otra cara de la moneda, la construcción dispone de un sótano como salón de verano para los tórridos meses calurosos de la Ribera navarra.

«Una de las mayores satisfacciones que te llevas como arquitecto es cuando visitas la obra junto con los clientes y ellos te admiten que no habían entendido muy bien cómo era el espacio, y que hasta que no lo han visto no se han dado cuenta de lo especial que puede ser», concluye Montero. La vivienda confía en la arquitectura para configurar un espacio agradable; no hay más que mirar a los acabados de la misma, con el hormigón de la losa del piso, el suelo barnizado con mortero de microcemento, las baldosas cerámicas blancas y los ladrillos pintados, en ocasiones tapados con una cortina. No hay artificios, no hay materiales lujosos, la casa funciona y es bella porque los espacios lo son, porque se ha puesto el espacio a la medida de las personas. Eso es, precisamente, lo que la arquitectura hace, y es por eso, por ese método artesanal, que en nuestro parque inmobiliario esto no es frecuente. Lo verdaderamente curioso es cómo la confianza en unos diseñadores puede crear algo único, personal, económico y confortable.