2018/02/04

Erreportajea
una práctica polémica
Gestación subrogada: el viaje a Ucrania

David, sentado en el sofá de su casa, observa cómo su hijo corretea por el salón empujando un cochecito de juguete. María José, su mujer, da de merendar un yogurt a su otro hijo. El hombre contempla la escena embelesado, casi extasiado y como si viviese un sueño. «Gracias a la gestación subrogada somos padres; a nosotros solo nos quedó esta opción», afirma.

Antonio Pampliega
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María José jamás olvidará el año 2013. Le diagnosticaron un cáncer de ovarios y, por prescripción médica, le tuvieron que quitar el útero para acabar con la enfermedad. Esta salmantina veía así cómo sus posibilidades de ser madre desaparecieron por completo. «Nos planteamos adoptar, pero a los enfermos con cáncer se nos obliga a esperar cinco años para comenzar los trámites de adopción. ¿Iba a arrancar el proceso casi con 50 años? Imposible», comenta esta mujer, quien siente como la sociedad la señala. «Yo no oculto que soy madre gracias a esta técnica, pero tampoco lo voy predicando», sentencia.

En el Estado español este tipo de gestación no está regulada ni es legal, pero los españoles la practican en los países donde sí lo está. Cada año, alrededor de 800 parejas del Estado contratan vientres de alquiler en diferentes países ya que la gestación subrogada no está permitida por la legislación española. En mayo del pasado año se creó la Red Estatal contra el Alquiler de Vientres de la que actualmente forman parte en torno a 150 organizaciones, la mayoría feministas y colectivos de LGBTI (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero e intersexuales) para impedir la legalización de lo que consideran una «explotación reproductiva». Por otro lado, el Comité de Bioética de España, dependiente del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, también se ha postulado en contra.

Ucrania, por motivos económicos, es el primer país de la lista al que acuden las familias desde la península. Con un desembolso medio de 35.000 a 50.000 euros, las clínicas ucranianas ofrecen un número ilimitado de implantaciones hasta conseguir que uno de los embriones fecunde a la gestante. «Nunca nos surgió ninguna duda moral cuando decidimos optar por esta técnica. Nosotros no hemos ido a comprar a ningún escaparate, no hay tráfico de niños. Mis hijos son deseados, no son niños comprados», afirma David de manera enérgica defendiéndose de las críticas que reciben los personas que han optado por esta vía para tener hijos. «La maternidad subrogada nos ha cambiado la vida y tener con nosotros a nuestros hijos es lo más bonito que nos ha pasado».

Para parte del centro-derecha político es un modelo «basado en la libre determinación del ser». Para la mayoría de la izquierda, una «vulneración de los derechos de las mujeres». Y para muchos de los que viven al margen del debate parlamentario, una posibilidad de lograr lo que más desean. La gestación subrogada o los vientres de alquiler es una técnica de reproducción asistida en la que una mujer lleva el embarazo del hijo de otra persona y, como la mayoría de debates sobre salud reproductiva, no logra poner de acuerdo al arco parlamentario.


¿Negocio o necesidad? «Al principio se ve todo como un negocio. Solo se hablan de cifras, de contratos y todo es un poco turbio; pero con el paso del tiempo la percepción cambia y el dinero deja de ser lo más importante. Nosotros hemos invertido ayudando a la gestante quien, a su vez, nos ayudará a nosotros», afirma Silvia, cuya gestante fue una chica ucraniana de 19 años, madre de otro hijo. «No es una explotación, porque ella se llevó una parte importante del dinero. Ella hace su negocio y nosotros el nuestro».

«La gestación subrogada no debe ser un gesto altruista. Es una utopía pensar que eso va a ser una realidad. Nadie ‘trabaja’ por nada. Las gestantes tienen un trabajo de riesgo. La gestante debe recibir una remuneración», afirma María José quien, desde hace años, decidió abrir una agencia «para ayudar a otras parejas a conseguir lo mismo que nosotros».

El Parlamento europeo censura que el cuerpo humano sea objeto de lucro. El Estado francés, Italia y Japón también prohíben los vientres de alquiler, mientras que países como Austria, Luxembugo o Finlandia la permiten pero no la regulan, como sucede en el Estado español con la prostitución. «Hay que luchar por la normalización de esta técnica, hay que concienciar a la sociedad dando visibilidad a la gestación subrogada. En España se acabará implantando pero costará muchos años de lucha», finaliza.

Último recurso para las parejas. «Esto no es un capricho, ni lo hemos hecho por gusto. Nos vimos obligados a recurrir a la maternidad subrogada para poder ser padres», afirma mientras acuna a su pequeña entre los brazos. Silvia (nombre ficticio, ya que prefiere guardar el anonimato) mira fijamente los ojos azules de su bebé. Roza su nariz contra la de la niña. Suspira. «Sufrí dos abortos, me sometí a ocho tratamientos de fertilidad pero no podía permitir seguir intentándolo ni física, ni mental, ni económicamente. Me hubiese encantado ser madre de manera natural y esa espinita siempre la tendré clavada», se sincera esta mujer de mediana edad que, después de un sinfín de avatares, ha visto cumplido su sueño de ser madre.

Esta mujer invirtió diez años de su vida tratando de quedarse embarazada, proceso por el cual tuvo que desembolsar una ingente cantidad de dinero que, al final, quedó en nada. «Lo más importante es que nuestra hija está aquí con nosotros y que nos hace muy felices».

Silvia se lamenta que en el Estado español solo se pueden adoptar en torno a 80 o 100 niños al año y hay más de 15.000 parejas en espera oficialmente inscritas en el registro de adopciones. «También intentamos la adopción internacional, pero en China el tiempo de espera suele ser de ocho años; la otra opción era adoptar un niño con problemas: Los trámites son mucho más rápidos pero hay que ser muy fuerte mentalmente para aceptar que vas a tener un hijo con problemas de salud», se justifica. «Yo recomiendo a todas las parejas que están pensando en tener un hijo y lo han intentado a través de inseminaciones artificiales y fecundaciones in vitro que opte por la maternidad subrogada», finaliza Silvia.

 


¿Clínicas o granjas? La clínica Mother and Child está ubicada en la periferia de Kiev, la capital de Ucrania. Instalaciones luminosas. Decoración sencilla y discreta. Un par de cuadros de familias felices acunando a sus retoños decoran las paredes de los infinitos pasillos, donde reina un silencio monacal. Personal amable y con una sonrisa siempre en los labios se mueve de acá para allá en una suerte de coreografía perfectamente orquestada. Este lugar se asemeja más a un hotel de cinco estrellas que a una clínica de maternidad subrogada. Es una de las clínicas más prestigiosas de Ucrania.

«Nosotros no acudimos a la calle a buscar mujeres que quieran prestarse a ser gestantes de parejas extranjeras. Ellas vienen a nosotros», se enorgullece Nataliia Dankovych, directora general de la clínica. En su despacho tiene una extensa colección de fotos de bebés que ha ayudado a gestar en la última década como prueba de la fiabilidad que ofrece su clínica. «Las mujeres que acuden a nosotros –todas menores de 35 años y con un hijo– son sometidas a exhaustivos controles psicológicos, toxicológicos y médicos para descartar cualquier tipo de enfermedad», enumera la doctora Dankovych.

Con clientes de Estados Unidos, China, Rusia, Israel o Estado español, la directora general de Mother and Child niega, categóricamente, que exista «tráfico de seres humanos» en la maternidad subrogada. «El tráfico de seres humanos está relacionado con compra-venta y con explotación. Un conductor de un autobús, un jefe de tren o un capitán de un avión no son traficantes. Las madres subrogadas no son nada más que nodrizas o niñeras que gestan a un bebé que genética y legalmente pertenece a otra familia. Y quienes reciben una compensacion digna por todos sus esfuerzos de los padres cuyo niño están gestando bajo su corazón. Nosotros solamente ayudamos a que esos niños puedan nacer sanos», afirma Konstantin N. Sytnev, letrado internacional especializado en el derecho reproductivo y quien representa a varias clínicas de maternidad subrogada en Ucrania y Rusia.

En la clínica Mother and Child las madres gestantes están sometidas a rigurosos controles médicos y a una férrea disciplina que, en ocasiones, roza la ilegalidad. «Lo más duro es no poder tener trato directo con mi hijo. Él vive en el sur del país y a mi no se me permite ir a verlo ni en vacaciones ni en Navidad mientras dura el proceso de gestación. Solo puedo hablar con él a través de Skype», denuncia María, una mujer ucraniana que lleva en su vientre el hijo de una pareja estadounidense. María decidió convertirse en una madre de alquiler por dinero. «Necesitaba comprar un apartamento para vivir con mi hijo y también para ahorrar el suficiente dinero para poder tener un segundo hijo biológico en el futuro», se sincera esta mujer de 38 años y quien asegura que no volverá a prestarse nuevamente a un proceso como este. «He tenido que ocultárselo a mis amigos y a parte de mi familia porque nunca entenderían lo que estoy haciendo».

Sin embargo, su caso parece que no es el mismo de otras gestantes que sí repiten el proceso y no lo viven como una discipilina férrea. Las que viven cerca de la capital están con sus hijos hasta el último momento, a no ser que ellas mismas voluntariamente prefieran pasar todo el tiempo cerca de la clínica que lleva el proceso.