2018/07/08

Jardín
IKER FIDALGO
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Sin riesgo a equivocarnos, podríamos asegurar que la naturaleza ha sido y es uno de los grandes temas del arte. Desde las representaciones paisajísticas más fotográficas hasta la intervención directa sobre espacios concretos, la triada formada entre observador, objeto de observación y marco de representación (cuadro, fotografía...) ha ido evolucionando a medida que cambia la creación contemporánea. En muchas ocasiones subyace una relación de superioridad aparentemente inherente a la condición humana, en la que la domesticación de lo natural no hace sino dar continuidad a las lógicas de la dominación que estructuran nuestra vida. En otros casos, la comprensión y respeto por todos los elementos que componen nuestro entorno resultan ser discursos elaborados desde la posición más alta de una pirámide que dispone ante nuestros pies una concepción del mundo como “recurso” para nuestro bienestar. Puede que el arte contemporáneo sea capaz de investigar y abrir pequeñas brechas en las que la producción desde lo poético proponga otras formas de habitar.

A finales del 2017, el Centro Internacional de Cultura Contemporánea Tabakalera de Donostia, junto con la Fundación Cristina Enea, anunciaron una residencia artística en colaboración cuyo resultado se transformaría en una propuesta expositiva. Alberto López (Sevilla, 1979) y Manuel Prados (Sevilla, 1981) fueron los seleccionados de aquella convocatoria con el proyecto titulado “El jardín invasor”. A modo de ensayo, pero enunciado desde la práctica artística, ambos creadores propusieron un espacio para la investigación en torno a las plantas invasoras del entorno local como testigos vivos de una memoria colectiva que, sin embargo, tendemos a condenar y a erradicar por su condición alóctona. La materialización ha resultado ser una subversión de los códigos expositivos que proponen el trabajo botánico y la jardinería como display, y al parque Viveros de Ulia como galería. El punto final a un camino de carácter procesual y colaborativo es, por tanto, un pequeño invernadero que recoge a modo de muestrario una gran cantidad de especies señaladas que, sin embargo, conviven en nuestra cotidianeidad. El jardín se presenta como un paisaje activo que, más allá de la mera contemplación, nos confronta con una reivindicación clara: la necesidad de un cambio de óptica para la renovación de nuestras miradas, una necesidad imperante para la concepción de maneras relacionales diferentes a las posiciones de poder y sometimiento del entorno. Además del jardín, la sala de exposiciones del Centro de Recursos Medio Ambientales de la Fundación Cristina Enea alberga hasta el 15 de julio una muestra de una selección de varios de los materiales de trabajo, como cierre a un programa cuya inauguración contó con una performance en los propios jardines y la proyección de dos películas en el centro donostiarra.

Sin movernos de sitio, el propio edificio de Tabakalera es el escenario para la instalación artística que el artista Jerónimo Hagerman (México D.F., 1967) inauguró en junio del 2017 y cuya presencia está programada hasta mediados del 2020. La balconada de la antigua fábrica de tabacos es la estructura sobre la que se entrelazan una serie de cuerdas, de las cuales cuelgan suspendidas 45 plantas popularmente conocidas como “malas madres”, puesto que expulsan a sus hijos de su propio nido. El descriptivo título “Malas madres/ Vidas suspendidas de una cuerda” nos evoca un imaginario de la fragilidad en la que la experiencia de la arquitectura, en convivencia con los seres vivos, reinterpreta la concepción del espacio y de nuestra relación con él. Cualquier visitante podrá observar el ritmo de crecimiento de cada uno de los tiestos. A fin de cuentas, son formas de vida que, aunque constreñidas en un espacio reducido, parecen confiar en su lenta expansión para revolverse ante la mano humana.