2019/05/12

Los dominados y el arte de la resistencia
MIKEL SOTO
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Uno de los análisis más impresionantes que conozco sobre la relación dominador-dominado es el que realizó Walter C. Scott en su gran libro “Los dominados y el arte de la resistencia”. Según Scott, cuando el coste de desobedecer abiertamente es excesivamente alto, los subalternos adoptan otro tipo de estrategias, creando una cultura de resistencia disidente que está protegida, en la medida de lo posible, del control social y político del poder: «Esta no declarada guerra de guerrillas ideológica que tiene lugar en ese espacio político exige que nos introduzcamos en el mundo del rumor, el chisme, los disfraces, los juegos de palabras, las metáforas, los eufemismos, los cuentos populares, los gestos rituales, la anonimia». El desarrollo de esta «infrapolítica de los subordinados» tendría tanta o más importancia en la lucha por la hegemonía que la confrontación política abierta. En este enfrentamiento, el poder tiende a echarles en cara a los dominados «su talento para engañar». Scott cree que este talento «proviene en realidad de su posición vulnerable» y llama la atención sobre las múltiples y variadas estrategias que usan los grupos subordinados para introducir su resistencia en el discurso público, aunque sea bajo un disfraz.

Los nacidos en la década de los 70 recordamos la pinza nutricional creada por el recelo de nuestros padres y madres a cualquier cosa que proviniera del gran hermano imperialista norteamericano y por “Integral”, una publicación divulgativa y bienintencionada que, sin embargo, en mi recuerdo infantil está asociada a todo tipo de modas «saludables» que nos pusieron a mi hermano y a mí a subir escaleras en ayunas, a hacer gimnasia ocular o a comer a precio de oro unas galletas que parecían hechas de alpiste, sin olvidar la amenaza latente del muñeco con gorro de nadar del libelo “Estirándose”. Y, aunque en mi casa no estaba, recuerdo también que, al calor de este despotismo neohippie, los frigoríficos de mis compañeros de ikastola lucieron una lista de aditivos cancerígenos que nos iban a matar a todos: los famosos E.

La lista de Villejuif. Gracias a la catedrática de Nutrición Mari Carmen Vidal y al periodista Antonio Ortí, hoy sabemos que «la lista de Villejuif fue la forma de vengarse de unos trabajadores de la Schweppes que fueron despedidos (...), lo que les llevó a copiar la lista de aditivos que utilizaba su empresa y a difundirla para dañar su reputación». Efectivamente, esta lista que en algunas partes del Estado español se distribuyó como la “Lista del Hospital de Majadahonda” y que nos amargó la infancia, fue la imaginativa respuesta de un grupo de trabajadores represaliados de Schweppes; de ahí que entre los aditivos cancerígenos que incluía, el más peligroso fuera el E-330, que corresponde al ácido cítrico que se encuentra, por ejemplo, en la naranja y el limón.

Según Walter C. Scott: «La rapidez con que se propagan los rumores (...) se debe, en parte a la mera lógica matemática del fenómeno conocido como la ‘carta cadena’. Si cada uno de los que escucha un rumor lo repite dos veces, entonces, al cabo de diez repeticiones, más de mil personas lo habrán oído». Si miles de personas pegan ese rumor en la nevera, tal y como yo lo recuerdo, no como hoja de consulta, sino casi como talismán, el resultado es imparable… para mal de la salud, para bien de las posibilidades de resistencia de las y los dominados. Lo que realmente nos debería de preocupar es que, décadas después, cuando la ciencia nutricional y la seguridad alimentaria han evolucionado de una manera admirable, sigamos creyendo sin prueba alguna que muchos de esos productos son cancerígenos.