2019/10/06

El peso antes y después del embarazo
XANDRA ROMERO
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Por norma general, siempre parece que nos preocupa más la cifra total de nuestro peso que la realidad de nuestro interior; es decir, lejos de pensar a qué hace referencia esa cifra, luchamos a veces en contra de nuestra propia salud con tal de ver un número menor. Qué duda cabe de que es un dato relevante, por ejemplo durante el embarazo, pero incluso en esta situación, como en todas las demás, la importancia del peso radica básicamente en que es señal de la masa grasa total y del estado nutricional.

Por lo general, la inmensa mayoría piensa que buena parte del aumento de peso durante la gestación se debe a un incremento de los depósitos de tejido graso. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, ya que, si tomamos como referencia a una mujer que se queda embarazada partiendo de uno saludable (nivel de masa grasa), el incremento del tejido graso es de entre 2,5 y 4 kg, frente a los 16 kg que puede aumentar en total.

Sin embargo, este aumento total de peso, así como de los depósitos de grasa, varía en función del estado nutricional de la mujer previo al embarazo. Y no solo tiene que ver con la evolución durante la gestación, ya que la situación anterior de la mujer (bajo peso, normopeso o sobrepeso y obesidad) serán determinantes en el momento del parto, durante el desarrollo infantil y así como en la edad adulta de esos niños.

Eso mismo confirman numerosos estudios como, por ejemplo, el recientemente publicado y titulado “El efecto de la obesidad materna en los ácidos grasos de la leche y su asociación con el crecimiento y la cognición infantil”. Este estudio se basa en investigaciones previas que han observado que la obesidad materna influye en el estado nutricional del niño a través de diferentes mecanismos.

Uno de ellos, conocido y estudiado desde hace tiempo, consiste en que el peso de la madre previo al embarazo y durante el mismo tiene un efecto de “programación” sobre la salud de ese niño en la edad adulta. En este sentido, los cambios metabólicos que se dan en el útero a consecuencia del estado nutricional y la alimentación de la madre establecen patrones fisiológicos y estructurales a largo plazo que pueden “programar” la salud durante su vida adulta, favoreciendo la aparición de enfermedades como hipertensión arterial, enfermedad isquémica coronaria, síndrome metabólico y diabetes mellitus tipo 2.

La leche materna y otros factores. Además, sabemos que otro de los mecanismos que puede ser clave en dicha “programación de la salud” es la leche materna y su relación con el estado nutricional de la madre.

La leche materna contiene ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga, que son nutrientes cruciales, especialmente el docosahexaenoico (DHA) y el ácido araquidónico, involucrados en el crecimiento, el sistema inmunológico, la visión y el desarrollo cognitivo y motor. Estos nutrientes están asociados con la prevención de la obesidad y otras enfermedades infecciosas y crónicas en la vida futura. Sin embargo, dicho estudio ha observado que si la madre del niño tiene obesidad, el perfil de ácidos grasos en la leche materna puede ser diferente; por ejemplo, existe una mayor cantidad de ácidos grasos proinflamatorios de los que se consideran adecuados y esto tiene un impacto crítico en el desarrollo neurológico del bebé.

Asimismo, en el otro extremo puede ocurrir que estemos ante una mujer de bajo peso o incluso con un patrón de alimentación alterado, como es el caso de los trastornos de alimentación (anorexia y bulimia). Entonces estos también se asocian a embarazos, partos y resultados neonatales adversos, como un factor de mayor riesgo de parto por cesárea, sufrimiento fetal, reanimación e incluso muerte perinatal. Además, sabemos que también existe un efecto negativo para los recién nacidos, especialmente en los resultados relacionados con la nutrición y el crecimiento.

Lo miremos como lo miremos, y el caso del embarazo es un buenísimo ejemplo, el peso solo es importante si se toma como reflejo del estado nutricional de una persona que, a su vez, tiene relación directa con su alimentación. Y es esto lo que, en última instancia, determina de una forma u otra nuestra salud presente y futura, así como la de nuestra descendencia.