2020/02/02

Mi vida por la tuya

El anarquismo internacional golpeó en nuestro país llevándose por delante a Cánovas del Castillo, el presidente español que se cargó los Fueros. El magnicidio aceleró la decrepitud del imperio español. Su autor fue ejecutado a garrote vil; su cadáver, expuesto ante los bergararras para escarmentarlos. Esta es la historia de aquel joven italiano que tanto influyó en el devenir histórico de Euskal Herria.

La noticia corrió como la pólvora en aquella soleada tarde de agosto de 1897. Llegaba desde Arrasate. Michele Angiolillo Lombardi (Foggia, 1871), un joven anarquista italiano, acababa de matar a tiros en el balneario de Santa Ageda al presidente español, Antonio Cánovas del Castillo. La conmoción fue enorme, tuvo un gran impacto internacional y la incertidumbre sobre lo que podía venir después se apoderó de las conciencias vascas. Salvando los tiempos y las diferencias, lo más parecido a lo que se vivió entonces fue lo vivido tras la muerte de otro presidente español y mano derecha de Franco, Luis Carrero Blanco, en una acción de ETA en diciembre de 1973.

Canovas del Castillo era muy conocido y despreciado en Euskal Herria, no solo por su conocimiento de su realidad política, sino por su significada participación en la abolición de los Fueros. El gran juglar y bertsolari de Ereñotzu, Jose Manuel Lujanbio Retegi “Txirrita”, cantó estos versos al respecto: «Il da Canovas, fuera Canovas/ pikaro gaizki eziya/ galdu zituen gari-zelaiak/ gailendu zaio sasiya/ galdu zituen ipar garbiyak/ gallendu trumoi nasiya/ galdu zituen fueruak eta/ Jaungoikuaren graziya/ galdu zituen bizi-lekuak/ galdu du bere biziya».

¿Pero quién era aquel joven anarquista que hizo lo que no habían hecho los carlistas, ni los independentistas cubanos, ni socialistas ni republicanos? ¿Cuál fue la motivación del que tuvo que venir desde Italia para hacer lo que no habían hecho aquí? ¿De dónde sacó la fuerza para, despreciando su propia vida, precipitar el final del imperio español y sellar su destino decadente?

«Justicia con mis propias manos». Angiolillo fue hijo de una época donde se admitía y aplaudía todo acto de rebeldía, toda violación de leyes coercitivas, prohibitivas, todo golpe, directo o indirecto, leal o traidor, torpedo o amenaza, contra el orden social opresivo. Nada era más justo en aquel momento para muchos anarquistas que el robado y agredido hiciera con sus propias manos justicia gratuita, justicia de mártires, ya que la justicia legal no regía para ellos.

Fueron muchos los anarquistas, entre finales del siglo XIX y principios del XX, los que por convicciones íntimas empuñaron el puñal, el revólver o el cartucho de dinamita, movidos por un instinto estrictamente personal. Idearon una forma de enmendar el agravio y eligieron la opción de golpear a la cabeza visible, al responsable máximo, al culpable de la materia a reparar.

Aquella fue una época de hermandad anarquista global, marcada por una solidaridad internacional activa. Decenas de jóvenes anarquistas, particularmente italianos, optaron por cobrar o intentaron cobrarse piezas de gran calibre, de caza mayor: presidentes, emperatrices, reyes, zares, cardenales, primeros ministros, caciques o empresarios. Aquellos ácratas entendían a la sociedad capitalista como un lugar de violencia constante y creían que cada ley, cada iglesia, cada cheque estaba basado en la fuerza. Y que en ese mundo, no hacer nada, era en sí un acto de violencia. Para ellos el debate nunca fue si la violencia puede o no ser justificada, sino exactamente cuánta violencia era necesaria para que fuera efectiva al máximo.

Palabra de puñal, revólver y dinamita. La vida, obra y muerte de Michele Angiolillo no es diferente a la de Sante Geronimo Caserio, Gaetano Bresci, Luigi Lucheni o Leon Czolgosz, por nombrar solo a unos. Todos eran anarquistas, todos coetáneos, todos perpetraron magnicidios o regicidios, murieron en la guillotina, a garrote vil o en la silla eléctrica. Pero todos apostaron por la revuelta permanente, hablando con el puñal, el revólver o la dinamita, haciendo acciones que consideraban revolucionarias, el último esfuerzo de los vencidos en la lucha por la vida.

Los atentados anarquistas en la década de 1890 eran comunes y se alimentaban unos a otros. Así, mientras que Angiolillo mató al presidente español Cánovas del Castillo para «vengar a sus hermanos de Montjuic», el presidente francés Marie François Sadi Carnot fue apuñalado mortalmente por el italiano Sante Geronimo Caserio en venganza por la ejecución en la guillotina –que también sería su destino– de los anarquistas franceses Auguste Vaillant y Émile Henry.

Gaetano Bresci mató al rey Humberto de Italia en Monza, Luigi Lucheni mató a puñaladas a la emperatriz austro-húngara Isabel, la famosa emperatriz Sisi, en Ginebra. Y el presidente de EEUU, William McKinley, fue tiroteado a cañón tocante por Leon Czolgosz en la Exposición Pan-Americana de Buffalo, Nueva York. Este anarquista de origen polaco sería después ejecutado en la silla eléctrica, su cerebro, examinado en busca de alguna anomalía que pudiera explicar sus actos y sus restos mortales, disueltos en ácido sulfúrico.

El ideal libertario. No obstante, conviene no caer en la tentación de identificar el ideal libertario solo con la dinamita y el revólver, dejando de lado las aspiraciones que siempre lo han acompañado. Como el de la igualdad para todos, porque «al nacer, todos somos anarquistas», iguales en derechos y deberes pero, a medida que transcurren las vidas en la sociedad burguesa, se les imponen las desigualdades que perturban y deforman el orden natural.

O el rechazo al liderazgo, a una política entendida como el convencionalismo de los partidos y un acto de delegación, una representación artificial de una comedia inútil e innecesaria, que viola el principio de igualdad existente en el orden natural y en la evolución científica. O su profundo antiautoritarismo, su oposición radical al mandato y la obediencia como sinónimos de falta de libertad.

Profundamente anticapitalista e internacionalista, la ideología libertaria abogaba por la solidaridad universal y siempre luchó contra cualquier imposición o implantación religiosa. Porque la fe en la ciencia y en la razón deberían reemplazar la fe revelada y metafísica de la religión, proporcionando así la base para las transformaciones sociales que llevarían a la humanidad a organizarse científicamente y eliminar la autoridad en el plano político y el poder de la Iglesia en el plano religioso.

«Propaganda por el Hecho». En el Movimiento Anarquista de Europa coexistieron dos visiones: una pacifista, contraria a toda violencia y la segunda, partidaria de la defensa con las armas en la mano. Aunque ambas convivieron sin demasiados conflictos. La resistencia de una huelga podía ser alimentada con el dinero del asalto a un banco y un anarquista pacifista podía perfectamente ayudar en un momento dado a un compañero que escapaba tras una acción.

Ese debate ha sido eterno y universal, no solo del anarquismo. Pero entre los ácratas que optaron por la acción violenta se elaboró y se dio corpus teórico a una estrategia que se conocería como “Propaganda por el Hecho”. A saber, la apuesta por realizar acciones políticas específicas que buscan ser ejemplares y servir de catalizador para una revolución. Los autores anarquistas que más defendieron la “Propaganda por el Hecho”, según Mikhail Bakunin «la más popular, la más poderosa y la más irresistible forma de propaganda», fueron italianos como Errico Malatesta, Carlo Cafiero y Luigi Galleani, aunque también destacó el alemán Gustav Landauer.

En nombre de esa estrategia se lanzaron bombas, se perpetraron regicidios y tiranicidios, desde el convencimiento de que nada bueno puede guardar un mundo lleno de cosas malas, de que el anarquismo solo se mantendría puro dentro de las fuerzas en lucha, que solo así su bandera jamás sería arriada. Sin embargo, no fue la visión mayoritaria y pensadores anarquistas como Peter Kropotkin la cuestionaron al defender que «una estructura basada en siglos de historia no puede ser destruida con varios kilos de dinamita». Pero como dijo Malatesta, uno de los mayores teóricos anarquistas clásicos, «lo importante es no confundir el hecho con las intenciones y, al condenar el hecho malo, no omitir el hacer justicia a las buenas intenciones».

Veraneo en aguas termales vascas. Antonio Cánovas del Castillo era una persona culta, con una gran oratoria, un intelectual ambicioso que llegó a ser investido seis veces como presidente del Consejo de Ministros. Persona autoritaria, partidaria de las políticas de puño de hierro, fue el principal artífice de la abolición de los Fueros, del fin de la Primera República, de la Restauración Borbónica, instauró el sistema político del turnismo y destacó por la represión, que a menudo ordenó y dirigió personalmente, contra los trabajadores y en particular contra el movimiento anarquista.

Su figura siempre inspiró a franquistas de distintas épocas, con o sin Franco. Baste como ejemplo el hecho de que el exministro franquista y fundador del PP, Manuel Fraga Iribarne, creó en 1980 la Fundación Cánovas del Castillo, a la que han regado con millones y hoy es una escuela de cuadros de mando de la derecha extrema. También hay que recordar que Angiolillo no fue el primero en intentar matarlo. Cánovas había sobrevivido a atentados anteriores, como el que en 1893 intentó el tipógrafo anarquista Francisco Ruiz que, cuando se disponía a lanzarle un cartucho de dinamita, le explotó en las manos hiriéndolo mortalmente.

En aquel fatídico agosto de 1897, Cánovas veraneaba con su esposa, Joaquina Osma de Zabaleta, hija del marqués de la Puente y Sotomayor, en Arrasate, en el Balneario de Santa Ageda, famoso por sus aguas sulfurosas de poderes curativos. Eran tiempos de la revolución del turismo en Euskal Herria, destino de miembros de la realeza y otros poderosos muy aficionados al turismo de aguas termales que floreció en nuestro país, en Santa Ageda, Zestoa, Alzola, Urberuaga, Sobrón o Kanbo, por poner algunos ejemplos. Pero con revueltas independentistas en Filipinas, Puerto Rico y Cuba y una guerra contra EEUU llamando a la puerta, aquellas fueron unas vacaciones llenas de preocupaciones para Cánovas.

Tres tiros después de misa. Desde días antes a su muerte, ya estaba hospedado en el Balneario de Santa Ageda un cliente misterioso y silencioso. Decía ser periodista, un corresponsal del periódico italiano “Il Popolo” llamado Emilio Rinaldi. Era Michele Angiolillo preparándose para la acción. Había llegado en tren de Madrid a Zumarraga y desde ahí se dirigió en carruaje hasta Arrasate. Ni la seguridad del presidente ni ninguno de sus escoltas sospecharon nada, nunca lo investigaron, aunque sí hay constancia de un aviso de alerta de la Policía francesa a la española, vía telegrama, informando de que Angiolillo había cruzado el Pirineo.

Angiolillo esperó pacientemente su momento, que le llegó el mediodía del 8 de agosto. Pudo haber matado a Cánovas delante de su mujer, pero no quiso hacerlo. Quería cogerlo solo, sin sus nueve guardaespaldas. Y así lo hizo mientras su víctima leía el periódico “La Época”, tras haber ido a misa y haberse cambiado de ropa antes de ir al comedor. El día anterior había despachado con la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena que, junto a el rey niño Alfonso XIII, veraneaba en el Palacio de Miramar de Donostia.

Sentado Cánovas en un banco, Angiolillo le descerrajó tres tiros con su revólver –paradójicamente, los mismos que Cánovas reclamaba para Martí, Maceo y Gómez, los líderes de la revolución cubana–. El primero, directo a la cabeza, mortal de necesidad. Y, sin intentar huir ni oponer resistencia, se quedó quieto, esperando su detención, sellando así su destino. La ya viuda de Cánovas, Joaquina Osma de Zabaleta, al oír los disparos bajó al patio y, al encontrarse a su marido boca abajo en medio de un charco de sangre, llena de espanto e indignación, se abalanzó sobre Angiolillo para increparle al grito de «¡asesino! ¡asesino!». Este, sin alterarse, se dirigió a ella diciéndole: «Podría haberlo matado antes, delante de usted, pero no quise. A usted la respeto porque es una señora honrada, pero yo he cumplido con un deber y estoy tranquilo: he vengado a mis hermanos». La prensa estadounidense, siempre poco escrupulosa, calificó la acción de Angiolillo de «acto providencial» que resolvió «de golpe» una cuestión «tan larga y enojosa como la de Cuba».

De Montjuic a Bergara. Barcelona era para la Policía francesa el centro anarquista más importante de Europa, conocida como la “Ciudad de las Bombas”. En los medios anarquistas internacionales la denominaban “Rosa de Fuego”. La capital de Catalunya estaba plagada de anarquistas, muchos de ellos partidarios de la acción directa, que hicieron de la dinamita parte de la solución obrera ante sus problemas laborales.

Se multiplicaban los atentados anarquistas, ya sea contra el Capitán General, contra el Teatro del Liceu que era el centro emblemático de la burguesía catalana o como el que ocurrió en junio de 1896 contra la procesión religiosa del Corpus Christi, cuando un ataque con dinamita dejó un saldo de 12 muertos y 35 heridos.

La respuesta represiva, ordenada y dirigida personalmente por Cánovas, fue brutal. Más de 400 detenidos, autoconfesiones por tortura y, tras el llamado “Proceso de Montjuic”, un juicio militar lleno de irregularidades, fueron condenados y ejecutados a muerte cinco anarquistas en el castillo maldito del mismo nombre. Decenas más fueron condenados a largas condenas. El “Proceso de Montjuic” –solo comparable en su crueldad y afán de ejemplaridad al “Proceso de la Mano Negra”, un montaje sangriento para descabezar a garrote al anarquismo andaluz– levantó una ola de protestas y de solidaridad sin precedentes en toda Europa, comparable por analogía a la que creó el Proceso de Burgos. Y, entre otros muchos, removió la conciencia de Angiolillo y reforzó su determinación de venganza.

Gregorio cogió su «guitarra». Maniatado, con los grillos en los pies, Angiolillo fue trasladado en carruaje de Arrasate a la cárcel de Bergara para que fuera juzgado a toda prisa, en un proceso judicial exprés, con un tribunal militar ad hoc. Permaneció en la celda número 13 hasta el 20 de agosto, cuando el verdugo más famoso del Estado español, Gregorio Mayoral Sendino, lo ejecutó a las 11 de la mañana a garrote vil. Despojado de la capucha negra, el cadáver de Angiolillo, con el cuello partido e inerte en la silla de la muerte, fue expuesto en el centro del pueblo, a pocos metros de la iglesia y del ayuntamiento, en frente de la burrería donde los baserritarras ataban sus burros cuando bajaban sus productos y subían sus provisiones. Buscaban el escarmiento, que se aprendiera la lección. Fueron muchos los chiquillos y mayores que vieron aquella brutal escena y, sin duda, dejó una honda huella en la memoria colectiva del pueblo.

Campechano, de origen humilde, Mayoral llegó desde Burgos a Bergara en tren de vapor, se paseaba escoltado por una pareja de guardias civiles, y prefirió dormir en la cárcel de Bergara, lejos de las miradas de los curiosos. Los bergararras guardaron en la memoria a aquel hombre siniestro, bajito y rechoncho, y transmitieron mediante el decir hablado que siempre iba con un maletín negro donde guardaba su mortal artilugio. Con la gorra calada hasta las cejas, tenía pinta más de pastor burgalés que de funcionario del Estado. Era verdugo de profesión, con sueldo de funcionario de Justicia. Mataba sin prejuicio, con método, sin perder nunca el sueño ni tener problemas de conciencia. En su estuche llevaba su máquina de muerte, con sistema de argolla y tornillo, su propio garrote que él mismo ideó para romper cuellos y matar de la manera más rápida, y al que llamaba su «guitarra».

Cuentan que tras haber fallado a la primera, en su primera ejecución, al no poder romper el cuello a la víctima, Gregorio Mayoral juró mejorar su máquina, afinar su «guitarra», para que matara «sin dejar pellizco ni rasguño», casi instantáneamente, «tres cuartos de vuelta y en dos segundos». Luis Berlanga y Rafael Azcona se inspiraron en su historia para rodar “El verdugo”, esa majestuosa película.

¡Germinal! Poco antes de morir, un cura se acercó al joven anarquista italiano para que hiciera las paces con Dios y muriera como debía hacerlo un cristiano. El joven italiano le pidió que le dejara en paz, que él ya haría sus propias paces con Dios. Cuentan los testigos que presenciaron la ejecución, como el antropólogo oscense Rafael Salillas, que la última palabra de Angiolillo fue “¡Germinal!” (que vendría a decir, como cantaba Mikel Laboa, “sortuko dira besteak”).

El “New York Times” tituló la crónica de su muerte con un llamativo “Angiolillo murió valientemente”. La celda número 13 de la cárcel de Bergara, hoy convertida en el Gaztetxe del pueblo y en un futuro en el centro cultural autogestionado Kartzela Zaharra, alberga la biblioteca que lleva como nombre el apellido del anarquista italiano. Angiolillo es rock and roll en Bergara, el grupo de hard-core Fly Shit le dedicó una canción tras traducir al euskara un poema que la poeta estadounidense Voltairine de Cleyre dedicó al joven italiano. El escritor Koldo Izagirre trabajó toda esta memoria y lanzó la flecha más lejos con su novela “Nik ere Germinal! egin gura nuen aldarri”; el bergararra Aittor Arantzabal escribió en la cárcel un libro editado en auzolan en el que nos cuenta su historia. Cada 20 de agosto, en el extramuro del cementerio del pueblo, aparecen unas rosas en su memoria. Michele Angiolillo está presente en las nuevas generaciones de bergararras que lo recuerdan con respeto.

“¡Germinal!” gritó Angiolillo antes de morir, mostrando así su convencimiento de que la lucha por la libertad seguiría, en todas sus formas; de que más personas se unirían a ese afán por conseguir un mundo sin explotadores ni explotados, sin hambre ni miseria, con seres humanos libres y justos.