Una bandada de pájaros

La identidad propia es, a la vez, algo en movimiento y algo fijo. Por un lado, las personas nos identificamos con lo que permanece de nuestra experiencia de vida en el hoy, en forma de patrón, característica, o rasgo estable. Por otro lado, hay cualidades más volátiles que nunca se posaron; rasgos que ya no nos representan más, después de una época, o creencias que entran a formar parte de nuestra vida, que antes no lo hacían. Somos quienes somos, pero también somos un ir y venir de posibilidades: las que escogemos y las que no, las que cristalizan y se quedan y las que se evaporan del todo antes siquiera de tener nombre.
Cuando nos sentimos demasiado inconsistentes por dentro, demasiado volátiles, nos entra el temor de deshacernos; pero, cuando nos condensamos más de lo que teníamos previsto, empezamos a notar el anquilosamiento y puede que nos entre incluso la claustrofobia de ser quienes somos -y no otra persona-.
En los tiempos que corren, las convicciones y las posiciones duras parecen ser cada vez más valoradas, casi como si no tenerlas nos volviera débiles, o incluso nos dejara a merced de quienes sí las enarbolan. Y es que, tener ideas fijas es todo un “chollo” para algunas cosas: nos da estructura, un sentido de predicción, de completez y de que no hay que buscar más; de que tenemos razón. Y es tan conveniente, que lo que podemos “hacer” se convierte en lo que “somos”. Lo que somos nos identifica con un rasgo no variable, y entonces la búsqueda se detiene, y deshacer su resultado es difícil. No es nada fácil dejar de ser.
Sin embargo, defender nuestras ideas por encima de nuestra posibilidad de cambiarlas es hacernos trampas al solitario, acorralándonos en nuestra propia y única supervisión si dudamos de ellas. Quizá defendemos con vehemencia el contenido de la identidad, pero no tanto sus procesos, tanto como de creación como de destrucción o cambio. En algún momento dejamos de promover el autodescubrimiento, que es una prueba constante de ensayo y error, y que es posible para los niños o los adolescentes -un poco menos-; y empezamos a promover el inmovilismo de ese resultado.
Es todo un dilema saber cómo mantener nuestra libertad ante nosotros mismos, ante nosotras mismas, pero quizá pudiera servirnos la imagen de una bandada de pájaros, que se mueve al unísono pero que lo hace gracias a los espacios entre individuos. En nosotros, en nosotras, una bandada de rasgos, de creencias, puede coexistir sin chocar si nos miramos como un conjunto de posibilidades más que un bloque de convicciones. Permitirnos probar, despedirnos, encontrarnos, pensar en lo impensable o simplemente dudar y hacer dudar, defender esta incertidumbre de quienes somos, o no, debería ser un derecho fundamental, y no solo individual.





