Un lugar para mí

Una vez que hemos vivido una fase, una actividad, una relación el tiempo suficiente, llega algún momento en el que el balance se impone, la evaluación más o menos consciente de lo vivido y de su valor. Y digo “más o menos consciente” porque no siempre nos sentamos con la mirada perdida tras la ventana a reflexionar activamente y a hacernos preguntas al respecto, y tratar de buscar las respuestas, lo que sería una evaluación consciente; otras veces, en cambio, la evaluación se impone a base de sensaciones físicas, de emociones o de impulsos, entre otras manifestaciones espontáneas.
Al igual que no siempre nos paramos a pensar sobre si ya es hora de cambiar unos zapatos, sino que algo en el paso del tiempo los hace menos cómodos o menos impermeables (y lo notamos al salir a la calle), aquello con lo que “vestimos” nuestra mente y nuestro sentir, con el paso del tiempo también se modifica. También lo hacemos nosotros, nosotras, de modo que, lo que nos servía hasta ahora ya no lo hace, o no de la misma manera. Incluso aunque eso no haya cambiado, nosotros, nosotras puede que sí.
Cuando empezamos a sentir estas necesidades cambiantes, es propio que también sintamos insatisfacción temporal, incomodidad, sin todavía saber por qué. Nuestro marcador somático, es decir, nuestra propia reacción inconsciente ya nos está señalando algo que necesita ser revisado. Y también es habitual que, incluso cuando podemos nombrar qué es lo que ya no nos sirve, cuando tomemos consciencia de nuestro punto de giro -y quizá de no retorno-, demos un grito al cielo si no podemos cambiar nuestra sensación, si ya no podemos volver atrás, y le preguntemos a la vida o al mundo por qué no encontramos un lugar para nosotros, para nosotras, donde “finalmente” poder descansar, uno que realmente nos encaje.
Tampoco es extraño en esos momentos que pasemos un tiempo con irritación, y que, mientras buscamos qué hacer con esa sensación de “esto ya no me vale”, y la necesidad de aterrizarla en acciones concretas, coqueteemos con la conclusión de “nunca voy a encontrar el lugar (la relación, la actividad…) en el que encaje”, lo que puede ser bastante deprimente.
Y es que quizá esa sensación no solo nos informe de lo que ya no puede ser, sino también de lo que necesitamos que sea en adelante. Quizá no podamos detenernos ahí demasiado tiempo, y necesitemos dar un paso adelante y, en lugar de pedirle a la vida un lugar para vivir en plenitud, hacerle una propuesta, aportar a la realidad en la que vivimos una posibilidad afín con quienes estamos empezando a ser. Y es que, quizá, si en lugar de esperar, vamos, quizá la angustia se convierta en energía dirigida. Si llevamos mucho tiempo dándole vueltas a la necesidad de un cambio, lo más probable es que lo necesitemos desde el mismo momento en que se nos ocurrió.




