LA REAPERTURA DE ILUNBE REVIVE AQUELLA TRUCULENCIA DE 1904
Las críticas al reinicio de las corridas han tenido gran impacto en las redes sociales, donde corrió ayer mucho la poco conocida historia de la batalla entre un toro y un tigre en el Txofre, con los miqueletes, estos días también de moda, como tercer protagonista.

Ahora en Ilunbe «solo» pelean a vida o muerte un hombre, en ocasiones como ayer Hermoso de Mendoza montado a caballo, y un toro. Pero hace poco más de un siglo en la plaza de Donostia, el Txofre, se organizaban «fiestas» aún más brutales y que dejaron un suceso para la historia en 1904. Al hilo de las protestas en redes sociales por el reinicio de las corridas, aquel combate trágico está corriendo como la pólvora, convertido en símbolo de anacronismo y señal de que lo que hoy pasa en Ilunbe también acabará algún día.
Ocurrió el 24 de julio de 1904, en aquel verano donostiarra que ya atraía a la nobleza española. La poco brillante idea consistió en enfrentar a un poderoso toro cinqueño llamado Hurón y a un tigre de Bengala bautizado como César. Las fotos existentes, pese a su pobre calidad, reflejan los tendidos repletos para presenciar la bestialidad. Los animales habían sido expuestos antes para quien quisiera admirarlos, y probablemente también apostar.
El Txofre parecía un circo romano cuando los dos animales fueron metidos en la jaula de barrotes que, según la prensa de la época, habían construido dos afamados ingenieros. La crónica es tan dantesca como cabría imaginar: «Ambos animales fueron excitados con disparos y coletazos antes de abrir las compuertas (...) En cuanto Hurón le echó la vista encima, le acometió, resuelto a destriparle. Logró alcanzarle, y empuntándole, lo zarandeó terriblemente, arrojándolo luego a la arena y pateándolo a su placer. El pobre César, quejándose, procuraba defenderse a zarpadas y mordiscos, y Hurón fue herido en el hocico y las patas. Luego el tigre, acobardado, se pegó a los barrotes de la jaula y comenzó a dar vueltas, buscando ansioso la salida (...) Pero como el público había ido a ver la muerte de uno de los dos animales, exigió que nuevamente se les excitara para obligarles a combatir. Lo exigieron lo mismo los franceses que los españoles».
Aquí se desató la tragedia, primero en la jaula y luego en los tendidos. Cuentan las gacetas que el morlaco, incitado por los empleados de la plaza, volvió a cornear al tigre y este, «en un arranque supremo de ferocidad, saltó al cuello del toro, marcando todo a dentellas y zarpazos. El cornudo, dando una sacudida tremenda, arrojó al felino contra una de las puertas de la jaula, y acometiéndole allí con ímpetu terrible, destrozó la puerta, saliendo ambas fieras a la plaza».
No es difícil imaginar el pánico producido inmediatamente, porque el tigre, aunque ya muy malherido, podía fácilmente saltar a las gradas. Y aquí entran en acción los miqueletes, 111 años después en boca de todos otra vez por la reciente decisión de la Diputación de Gipuzkoa de resucitar el cuerpo con los únicos tres agentes existentes.
Aquella tarde al menos, su actuación no fue muy brillante. Agitados por el pánico, los agentes dispararon durante largos minutos, con sus pistolas y fusiles Maüsser, al tigre, al toro... y a todo lo que se movía. César, el felino, murió en el mismo ruedo; Hurón, la res, en los corrales. Y un hombre llamado Juan Pedro Lizarriturry, en las tribunas. Allí se contaron muchos heridos más, incluidas autoridades guipuzcoanas como Julio Urquijo, diputado por Tolosa, herido en una muñeca; el marqués de Pidal, con un tiro en el rostro; Mr. Jean Pierre, con un balazo en el costado... Un poema.
Décadas después hasta Ernest Hemingway refirió aquel episodio del Txofre que quedó en la retina de varias generaciones. Sobra decir que la animalada no se repitió.
Segunda corrida, también sin lleno
Ha pasado un siglo y algo más. Y en Donostia vuelve a haber corridas de toros desde anteayer, con la bendición real en la grada. El alcalde, Eneko Goia, se quejó ayer amargamente en Radio Euskadi de que el asunto está teniendo una repercusión que considera excesiva. Censuró que no se haya hablado tanto de las ferias de este año de Iruñea, Azpeitia o Gasteiz, obviando que la noticia está en Donostia precisamente porque esta actividad se ha retomado tras haber sido interrumpida en la legislatura de Bildu, entre otras cosas por su escaso tirón popular.
Ayer se celebró la segunda corrida de las cuatro previstas, con una entrada muy similar a la del primer día. Pese a que la familia Chopera insistía ayer mismo en asegurar que espera reunir a 35.000 espectadores en total, a este ritmo ya es matemáticamente imposible. Y eso que los medios más partidarios de esta actividad elevaron la cifa del primer día a 8.000 personas; ETB habló de 7.000; y GARA y ‘‘El País’’ contamos 6.000.
Ante la visible incomodidad de Goia, es el teniente de alcalde, Ernesto Gasco, quien más está reivindicando este retorno, así como la presencia de Juan Carlos de Borbón. «Vuelva cuando quiera», le despidió ayer.

Un ertzaina fue jefe de Seguridad de Osakidetza con documentación falsa

Aerosorgailu bat zure esne kaxan

Elogio de las puertas giratorias entre el trabajo privado y el político

«Basoez hitz egiten dute, baina basoa suntsitzen dute landaketa sartzeko»
