Mikel CHAMIZO
CLÁSICA

La prueba raveliana de los filarmónicos de San Petersburgo

Antes de embarcarse en su gran especialidad, la música rusa, con la gran cantata “Alexander Nevski” de Prokofiev que escuchamos anoche, la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo quiso mostrar el lunes que hay vida en sus atriles más allá del repertorio ruso. Para ello eligieron dos obras de Maurice Ravel, autor vasco cuyo sofisticado mundo sonoro no nos parecía, a priori, casar demasiado bien con la idea que tenemos del sonido orquestal ruso: una cuerda muy densa y siempre con rubato, vientos madera de una cualidad ligeramente tosca y metales brillantísimos. Pero Termikanov logró construir un sonido orquestal muy equilibrado en su versión de “Ma mère l’oye”, reconociblemente raveliana sin renunciar a las características rusas del conjunto. Pareció, sin embargo, que en ese esfuerzo por sonar idiomático al maestro se le olvidó que hay un Ravel vivo y pasional tras el relojero suizo. La interpretación de estas cinco piezas para niños, pequeños cuentos en sí mismas, pues tienen componentes literarios, fue definitivamente plana, de contrastes apagados y sin una clara intención narrativa.      

Llegó después otro Ravel muy diferente, el del “Concierto para piano en Sol”, en el que resuenan ecos del jazz y del folclore vasco. Es, probablemente, el concierto que más se ha interpretado en Donostia en los últimos tiempos y los aficionados lo conocen a la perfección. Javier Perianes, que ahora mismo es el pianista del Estado español con más proyección internacional, firmó una versión en la línea por la que es bien conocido: preciosismo tímbrico, fraseos de extraordinaria delicadeza y un trabajo camerístico con la orquesta de gran precisión, a la altura de lo que este concierto en particular requiere. Pero sí echamos en falta algo más de músculo y espontaneidad, una actitud jazzística que impregna este concierto a un nivel de carácter más que de armonías o ritmos. El “Presto”, en ese sentido, fue superado por Perianes con semejante facilidad y claridad técnica que perdió esa excitación de “ir al límite” que Ravel parece buscar en la alternancia de prestidigitaciones manuales de todo tipo. El bis que ofreció Perianes, la “Serenata nocturna” de Falla, fue, esta vez sí, extraordinario y de una riqueza de detalles insólita.     

En la segunda parte la Filarmónica de San Petersburgo regresó a un repertorio que le queda más cercano, no por proximidad geográfica, pero sí por la capacidad que ofrece a la orquesta de lucir sus mejores cualidades.

Hubo grandes momentos en su versión de las “Variaciones Enigma”, sobre todo cuando la cuerda se soltó definitivamente de las constricciones tímbricas del Ravel anterior y comenzó a regalarnos ese sonido densísimo, expansivo y a veces hasta explosivo, que esta orquesta ha cultivado durante más de cien años y que la hace inconfundible, aún hoy y en este mundo globalizado, del de cualquier otra formación orquestal del planeta.