Risa
La risa es contagiosa. La risa es liberadora. La risa es terapéutica. La risa, la sonrisa. Sobre la sonrisa se ceban los dentífricos. Sobre la risa los tratadistas. No siempre hay una concatenación obligatoria entre humor y risa. Las cosquillas no tienen nada de gracioso. Las emociones fuertes que acaban en una explosión de risa tampoco. ¿De qué te ríes? Es una pregunta que parece delatar un estado contrariado del interpelante. Hemos vivido muchos años engañados con las risas televisivas enlatadas, esos ingredientes ortopédicos que generan involuntariamente otra risa propia para ayudar a tener una visión mucho más agradecida de alguna serie.
Bueno, pues toda esta inacabable introducción viene a cuento de un anuncio muy especial; es de un modelo de una marca de automóviles, pero la imagen principal es la de un niño que se parte de risa. Se ríe con una gracia inigualable. Un niño que tendrá entre dos o tres años que parece estar yendo de copiloto en un avión ligero, en uno de esos aparatos que vuelan con apenas sustento de motor, y se le ve que tiene una cara de inquietud y que el que conduce el aparato le dice alguna cosa avisándole de que van a dar un giro, una vuelta, y por las imágenes de la cámara fija comprobamos que sí, que está haciendo alguna cabriola pues se ve la tierra de repente y la reacción del niño es partirse el eje, reírse de manera desaforada, con ganas, logrando unos segundos televisivos preciosos.
Mi duda es si esto es lícito. Si para vender un coche se puede utilizar a un menor en estas condiciones de supuesto riesgo pues se le ve atado con arneses y casco. La risa del niño es fantástica, espontánea, engancha, contagia de manera instantánea, pero ponerla al servicio de un acto comercial de esta manera tan procaz y falta de sentido no hace mucha gracia. Parece un abuso.

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