Janina PEREZ
CANNES
Elkarrizketa
PAOLO SORRENTINO
REALIZADOR DE CINE

«Yo no me invento nada»

Acaba de llegar a nuestras carteleras «La Juventud», protagonizada por Michael Caine y Harvey Keitel, donde el realizador italiano vuelve a exponer su muy particular manera de hacer cine. Su anterior trabajo, «La gran belleza» (Óscar a la Mejor Película Extranjera en 2013), está considerado como uno de los máximos representantes de la filmografía italiana actual.

No es de extrañar que Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) en sus años mozos haya querido ser estrella de rock. Y aunque en el transcurrir del tiempo, las encrucijadas se le presentasen más de una vez, haciéndole decidir muchas veces con la cabeza en detrimento de sus pasiones, sin duda se ha convertido en un verdadero rockero del séptimo arte.

Todo parece indicar que el triunfo de la historia del hedonista, escritor y periodista Jep Gambardella –interpretado por Toni Servillo– ayudó a Sorrentino a superar el hecho de que su primera película en inglés “Un lugar donde quedarse” (protagonizada por Sean Penn en 2011) pasara casi sin pena ni gloria.

Con “La Juventud”, de la cual también es guionista, su persistente alma de rockero volvió a aflorar para probar suerte una vez más en la lengua de Shakespeare, fichando un ensamble de intérpretes –en apariencia– a prueba de descensos forzosos: Michael Caine, Harvey Keitel, Paul Dano, Jane Fonda y Rachel Weisz, en los roles principales.

En un escenario bucólico de los Alpes suizos, donde se encuentra un exclusivísimo hotel-Spa, el músico y director de orquesta jubilado Fred Ballinger (Caine ) y Mick Boyle (Keitel), un realizador cinematográfico en pleno desarrollo de su última obra maestra, en cada conversación lanzan una que otra sabiduría a un universo con sordera selectiva. Pero esos dos hombres que peinan canas, con carnes colgantes y surcadas, cada día más cercanos a la inevitable muerte, no se dedican a invocar meras nostalgias, ni dilucidan sobre el tiempo quizás perdido.

Tras el estreno mundial de este filme en el Festival de Cannes, Paolo Sorrentino se apura en aclarar que “La Juventud” «va más bien sobre el futuro, que brinda la oportunidad de libertad; de manera que ver hacia el futuro, significa palpar esa libertad, lo cual es muy positivo».

Con los años, Paolo Sorrentino se ha dedicado a pulir lo que él mismo concibe como su particular «espectáculo cinematográfico», el cual se ha dedicado a depurar desde sus filmes tempranos como “L’uomo in più” (2001), “Las consecuencias del amor” (2004), “L’amico di familia” (2006), hasta atreverse aún más con el “Il Divo” (2008), inspirada en la vida del político italiano Giulio Andreotti. Ni hablar de su máximo homenaje a uno de sus nortes, Federico Fellini, con “La gran belleza”.

El recientemente galardonado en los Premios de Cine Europeo como el Mejor Director de este continente por “La Juventud” (también Mejor Película Europea y Caine Mejor actor), no piensa en descansos, y mientras promociona su séptimo filme, está a punto de lanzar la serie para la pantalla chica “Il giovane papa”.

En la Riviera francesa, con la crítica dividida ante su nuevo filme, Paolo Sorrentino parece resignado a lo que menos le gusta de su trabajo: las entrevistas. Muy al contrario de su fructífera carrera, no se caracteriza precisamente por explayarse en explicaciones. Con cada pregunta, se toma su tiempo, reflexiona como tratando de pescar cada una de sus palabras; pero no se hace esperar la desilusión del interlocutor ante quien ahorra mucho en discursos y gestos, poniend o cara de aquí-no-quiero-estar. Otra clara muestra de que en cierto modo Sorrentino sigue siendo un rockero.

La idea de «La Juventud» surgió en una cena con el fallecido realizador Francesco Rossi con amigos. ¿Qué fue lo que escuchó y vio como para pensar en el desarrollo del argumento de esta película?

Fueron los sentimientos de lo que esos viejos amigos habían vivido durante tantos años, eso me cautivó.

¿El pasado tiene un peso especial para la construcción de sus historias?

No tanto el pasado, pero sí el transcurrir del tiempo, de cómo se vive en su paso.

Tanto en La Gran Belleza como en «La Juventud» usted hace un análisis social muy incisivo. ¿Se considera un observador de la sociedad?

No. Me veo más bien como un pobre observador de la sociedad. Mi interés se centra más en el hombre y en la mujer como individuos, no como seres sociales. Siempre he pensado que el cine tiene que contar más sobre las personas, no del hombre social.

En cada unas de sus películas no muestra ninguna misericordia con sus personajes, dejando al descubierto todas sus miserias. ¿Cómo es para usted construir esos personajes y cuál ha sido la actitud de sus actores al asumirlos?

La actitud de los actores es positiva, al fin y al cabo tienen el mismo objetivo que los directores, que es la búsqueda de la verdad. Dejar al desnudo a los personajes es parte de esa búsqueda. En cuanto a la misericordia, pienso que sí la tengo en la medida en que muestro ternura, el afecto entre los personajes. Y esto lo hago a pesar de plasmar también cierta crueldad a través del deterioro, de la decadencia física, es que excluir este elemento no hubiera sido honesto por mi parte.

Sus actores dicen de usted que es uno de los directores más importantes del momento. ¿Qué le pasa por la cabeza cuando escucha esto?

No lo creo (se ríe).

¿Por qué no lo cree?

Porque conozco mis límites, secretamente sé que no es la verdad, pero me da placer escucharlo.

Dicen que usted sencillamente exagera, que sus retratos de la sociedad son esperpénticos. ¿Tienen razón o es que a la gente le aflige ver esa realidad?

Les duele ver la realidad(reflexiona). Yo no me invento nada. Todo lo he visto, todo es verdad. Si me dicen que exagero es que tal vez no han visto lo que yo.

Tiene muchos seguidores como detractores, ¿a usted le hacen daño las críticas negativas?

Ya no. He entendido que es mi destino, y contra el destino no se puede ir (se sonríe).