2016/02/06

KARLOS GARCÍA PRECIADO
EXPRESO Y EXILIADO

«Quiero ir para Andoain... ¡ya!». Karlos García Preciado, absuelto ahora de unos hechos registrados en agosto de 1997, está impaciente por volver al pueblo que dejó atrás para huir de una condena de 16 años de cárcel. Solo le falta el pasaporte.

«Tenía decidido entregarme; el arresto fue como una liberación»
Mikel JAUREGI|DONOSTIA
0206_p002_eg_karlos

SOY KARLOS


«Por muy duro que me hayan dado, por muchos momentos muy difíciles que haya vivido, sigo siendo Karlos. Desde ese punto de vista, he ganado yo»

EUSKAL HERRIA


«Por los medios me he hecho una idea de cómo están las cosas, de los cambios, pero me falta lo más importante: lo que piensa la gente»

La voz al otro lado del teléfono transmite, con marcado acento italiano, una indisimulada alegría ya desde el saludo: «¿Qué pasaaaaaa?». Cinco días después de abandonar la prisión de Rossano (Calabria), Karlos García Preciado sigue «flipando. No me lo esperaba. Estaba preparado para que me extraditaran a España y ahora me encuentro con que esta mañana [del pasado lunes] voy al Consulado a hacerme el pasaporte y me dicen que ni siquiera sabían que existía, como si no hubiera pasado nada». Pero ha pasado, y mucho.

Arrestado en agosto de 1997 bajo la acusación de haber participado en una acción de kale borroka en Andoain, siempre negó los hechos. Sin embargo, en diciembre de 2000 fue condenado por la Audiencia Nacional a 16 años de cárcel. Decidió huir. El exilio forzado concluyó con su detención en febrero de 2015 en Roma. Lo encarcelaron. La semana pasada fue absuelto de aquellos hechos de hace 18 años y medio. «Si hace 15 hubiera ido a prisión, aún me estaría comiendo la condena. Así de claro. Y ahora... ¡van y me absuelven por un cambio de doctrina del Supremo del pasado año!», exclama indignado.

Echa la mirada atrás y señala que todo aquel proceso «fue un absurdo: si lo que yo digo no es creíble, lo que dice mi compañero de piso no es creíble, la retractación [de la testigo] no es creíble, nada es creíble... ¿entonces qué clase de juicio es ese?».

Preguntado por si, a la par de la alegría y el alivio, le queda espacio para el rencor o la indignación, responde «claro que sí. Pero cuando dejé Andoain tenía 30 años, y en junio cumplo 45. Soy un poquito más maduro [ríe]. Debo mirar qué forma le doy a esta mala hostia que aún mantengo por lo que me hicieron». De hecho, deja caer que no le importaría ayudar a vascos y vascas que «se encuentran en una situación como la que yo he vivido, en procesos absurdos».

Expresa su esperanza de que esta absolución sea «una buena señal de cara al futuro, una declaración de intenciones por parte del Estado. Porque no es muy frecuente por su parte. Creo que es una buena noticia».

Para empezar, no le han puesto pegas en el Consulado: «Solo me han preguntado si mi caso está cerrado y aclarado, si la sentencia es firme, y ante mi respuesta afirmativa me han comentado que ‘ahora haremos la prueba del 9 con la tramitación del pasaporte’. Toca esperar».

Y toca esperar, sobre todo, porque a García Preciado lo condenaron en 2006 a una pena menor los tribunales franceses, a la que podría sumarse alguna causa en Italia «por documentación falsa. Pero son consecuencias de la otra, de la condena de la AN por algo que no hice. Quizás quieran seguir vacilándome con eso, pero lo único importante es que ha caído la gorda».

Viviendo día a día

De los 16 años a los que le condenaron, Karlos García solo ha estado uno entre rejas, «pero los otros 14 en ningún caso han sido de una situación de libertad. Son un montón de paranoias, de frustraciones, no puedes proyectar nada... No es una vida normal. ¿Que puedes amoldarla y darle una razón de ser? Más o menos. Pero nada de vacaciones por ahí, las cuestiones laborales de aquella manera... Y siempre mirando a muy corto plazo, viviendo día a día, teniendo presente que ese puede ser el último día y, al mismo tiempo, sin querer pensar en ello. Es muy difícil, pero tratas de buscar un equilibrio. Sabes que si te encuentras con un control policial, se acaba. Y mientras tanto, te nace un hijo... Es complicado».

Y con esposa e hijo al otro de los muros, ha vivido los últimos once meses: los ocho primeros, en la prisión romana de Rebbibia, en aislamiento; los tres últimos, en la de Rossano (Calabria), «en una sección especial para terrorismo internacional. Y allí estaba yo, solo con presos musulmanes. ¡Más surrealista todavía! [ríe de nuevo]».

Por otro lado, con toda la familia instalada en Roma, ¿cómo se afronta una extradición al Estado español que ya se veía cerca? «Es extraño cómo funciona la cabeza: en el mes y medio que hice en Carabanchel en el 97 sí le estuve dando vueltas a eso, al tema de la dispersión, la lejanía y el aislamiento. Pero ahora no». Y confiesa acto seguido: «Cuando me detuvieron y encarcelaron hace casi un año, fue como una especie de liberación. Me dije: ya está, acabó todo esto. De hecho, había empezado a moverme para entregarme. Ya no daba para más, debía solucionarlo de alguna manera, que fuera lo que fuese y a tomar por culo. Tenía la decisión tomada y había dado unos pasos».

«Después, en la cárcel, y con la experiencia que tenía del 97, he aprendido a esperar. Me he casado y me he ido preparando para lo que podía llegar. Me dije: estoy en la cárcel, mi familia fuera, los puedo ver a veces, mantengo la correspondencia... O sea, acepto la situación. Y mientras tanto, espero a lo que diga el Supremo de cara a la pena definitiva: no sé si tres, cinco, ocho o dieciséis años. Y al final mira, llega el sorpresón de la absolución».

Asume con cierta deportividad que le hayan robado más de 15 años de su vida. «Pero más que robar, diría que me los han condicionado», corrige. Y añade que «dentro de esa vida totalmente condicionada, he podido hacer cosas bonitas: he creado una familia con una mujer italiana, tengo un hijo italiano... ¡Cualquiera me lo dice en el 97! Prefiero quedarme con lo bueno de estos años. Y a la mala hostia, a sacarle provecho de alguna forma» [más risas].

Sigue pensando solo en el presente, eso no cambia, y su único proyecto de futuro es «lograr el pasaporte e irme para Andoain. Quiero ir ya y ver en persona el paso del tiempo: lo que ha cambiado el pueblo, la gente... todo. Es lo único que tengo en mente, te lo puedes imaginar. Verlo todo, hablar con todos, tengo muchos agradecimientos pendientes... Tengo muchas cosas que hacer allí». Espera poder hacerlo para finales de mes.