Jaime IGLESIAS
MADRID

Vincent Lindon: «Todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad política»

Nacido en 1959 en Boulogne-Billancourt, lleva más de dos décadas siendo uno de los intérpretes más destacados del cine francés. Adorado por el gran público, durante el pasado Festival de Cannes se hizo acreedor del premio al Mejor Actor por su interpretación en «La ley del mercado» de Stéphane Brizé, película que acaba de estrenarse entre nosotros.

El mejor cine social es aquél que explora los dilemas morales que se libran en el interior del individuo en relación con una coyuntura que, resultando de una experiencia particular, deviene sin embargo reflejo del estado de degradación que padece la comunidad de la que formamos parte. En “La ley del mercado”, Stéphane Brizé presenta el drama de un obrero que, a sus 51 años y tras un pasado de lucha sindical, se ve obligado a renunciar a cuotas de dignidad cada vez mayores tras veinte meses en el paro, hasta acabar aceptando un trabajo de guardia de seguridad en un centro comercial que le pone en una situación de incomodidad máxima cuando descubre que, entre sus funciones, está la de delatar pequeñas acciones fraudulentas llevadas a cabo por compañeros ante unos directivos que han decidido aligerar la plantilla: «Algunos han dicho que esta es una historia muy cruda sobre la pérdida de la dignidad, yo creo que es más bien al contrario, se trata de una película esperanzadora sobre un hombre al que colocan en una situación extrema y que, pese a todo, no claudica, no le consiguen doblegar. Cuando acabé de rodarla me sentí en un estado de plenitud total, no solo como actor, también como persona», dice Vincent Lindon, al que su papel en esta película le valió el reconocimiento de Mejor Actor en el pasado Festival de Cannes y le ha convertido en máximo favorito para hacerse con el premio César, máximo galardón de la cinematografía francesa.

Preguntado sobre si se reconoce en su personaje y sobre si él también nota, habiendo llegado a una cierta edad, la exclusión que el mercado laboral brinda a los profesionales de más de 50 años, el actor resulta contundente: «Yo siempre he sido un privilegiado. Nunca, y cuando digo nunca, es ¡nunca!, he aceptado un trabajo únicamente por dinero, no me he visto expuesto a situaciones de precariedad económica tan acuciantes como para traicionarme. En ese sentido, me he sentido siempre libre. Si no me convence ninguno de los guiones que me mandan no los hago, de hecho ahora mismo llevo un año y medio sin trabajar aunque ahora encadenaré dos rodajes consecutivos».

Dicho lo cual, el actor sí reconoce que la ley del mercado resulta implacable para muchos colectivos que corren el riesgo de exclusión social: «Es una tragedia de la que todos, sin excepción, somos responsables y que, como tal, deberíamos combatir individualmente en la medida de nuestras posibilidades. No vale decir que son los políticos los que deben de ocuparse de ello mientras nos dedicamos a mirar para otro lado porque todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestra cuota de responsabilidad política. Si yo tengo un bar y escucho en mi local, pongamos por caso, cualquier tipo de comentario xenófobo, tengo potestad para expulsar de él a quien lo emite». A su lado, Stéphane Brizé, director de la película, asiente y comenta: «El problema es que el cine no está para aportar soluciones. Como mucho puede plantear preguntas pertinentes. Eso no le resta valor, al contrario. Una película como la nuestra puede llegar a ser útil para confrontar al espectador con la naturaleza de un conflicto que está latente y como tal puede ser el inicio de una toma de conciencia al respecto que, a posteriori, genere una acción política».

Pero la utilidad de una película como “La ley del mercado” de cara a generar debate no radica únicamente en las derivas morales y éticas que plantea, sino en su pulcritud formal a la hora de mostrarlas, en su renuncia a caer en las trampas habituales de este tipo de representaciones, alentadas por un inaplazable espíritu de denuncia, algo de lo que esta película no participa. Según su director, «me interesa mucho filmar a individuos que están viviendo situaciones límite, pero prefiero hacerlo en su cotidianidad, en sus pequeños gestos de normalidad y no en aquellos momentos en que son sorprendidos por la tragedia». Stéphane Brizé admite que su manera de filmar aproxima “La ley del mercado” a los rigores del cine documental: «Sí, pero no tanto porque esté rodada cámara en mano ni por el modo en que me aproximo a los personajes, sino por la propia dramaturgia que sostiene el relato donde la narración no se lleva a cabo en continuidad sino por acumulación». Se trata pues de una opción no solo estética sino también ideológica que es compartida por Vincent Lindon: «Yo no puedo determinar a priori cómo es el personaje que tengo que interpretar o qué rasgos de su personalidad me interesa más destacar como actor, lo mejor es dejarse llevar por él, irlo descubriendo poco a poco, es más interesante y el público lo agradece. Si en esta película, por ejemplo, hubiera explotado la melancolía, el dolor interno de Thierry, con la intención de conmover al espectador, éste seguramente habría pensado ‘¡anda ya! ¿de qué palo va este tío?’ y no le hubiera faltado razón».

Llegados a este punto, el actor se entrega a una profusa disertación sobre los rudimentos de su oficio a fin de dejar claro que esa sobriedad marca de la casa que algunos críticos, durante tantos años, han puesto en cuestión como la propia de un intérprete de pocos recursos, no responde tanto a una incapacidad técnica por su parte como a un rechazo por la sobreactuación: «Mírame a la cara –espeta al periodista– fíjate en que puedo ser capaz de transmitir dos ideas antagónicas sin variar apenas el gesto, en este sentido tiene más peso tu percepción hacia lo que estás viendo que mi expresividad. Yo puedo decirte la cosa más terrible con una sonrisa y contarte el chiste más gracioso con gesto compungido. La gestualidad es una herramienta, no es importante por sí misma sino que lo interesante es cómo la uses. En este sentido pienso que el actor debe de utilizarla para conducir al espectador hacia el personaje, para invitarle a que lo conozca pero sin forzarle a entrar dentro de él, sin pretender mostrárselo, lo cual siempre me ha parecido de mal gusto porque eso limita la libertad del espectador para descubrir, para dejarse sorprender».

Quizá por eso a Vincent Lindon le ha tardado en llegar tanto el reconocimiento por parte de la crítica. No así del público, pues en el Estado francés lleva dos décadas siendo un auténtico ídolo de masas, más personaje que personalidad, el intérprete, sin embargo, asume llevar la fama con naturalidad: «Lo peor que puedes hacer si quieres pasar desapercibido es esconderte, el hecho de salir a la calle con gafas oscuras, gabardina y de ir a tomar un café y ocultarte en la mesa del rincón más alejado con la intención de rehuir a la gente lo que hace es ponerte en evidencia». Con esa misma naturalidad asume que el premio recibido en Cannes por “La ley del mercado” fue más importante para la película («impulsó su recorrido de una manera decisiva y atrajo a espectadores que de otro modo no habrían ido a ver una película de estas características») que para él mismo: «Yo ya tengo una edad en la que lo que menos me preocupa es esforzarme por lograr la aprobación de los demás. Además, con eso pasa como con lo de la fama que te acabo de comentar: nada resulta menos seductor que ver a alguien ejerciendo la seducción».

«Me da bastante igual ganar, o no, el César»

El próximo 26 de febrero tendrá lugar la ceremonia de entrega de los César, los máximos galardones del cine francés, y “La ley del mercado” (que a lo largo del año pasado constituyó un triunfo en las taquillas galas) aspira a tres premios: Mejor Película, Director y Actor. “Dheepan”, “Mon roi” y “Mustang” son los rivales más destacados para el filme de Stéphane Brizé. Su opción más clara de victoria es la del propio Vincent Lindon. Para el intérprete esta ha sido su sexta nominación a un premio que continúa resistiéndosele: «A mí personalmente me da bastante igual conseguir, o no, el César –afirma el actor con una mueca de desdén donde asoma cierta sorna–, creo que ahora mismo estoy empatado con otro actor en el ranking de intérpretes que más veces hemos sido nominados sin obtener finalmente el galardón. Si esta vez tampoco me lo dan pasaré a liderar ese ranking en solitario y si me lo dan pues estaré feliz, sobre todo por mi padre».J.I.