La Nakba palestina, llaves para abrir nuevos futuros
Ayer Palestina conmemoró el 68 aniversario de la Nakba, la catástrofe que supuso la expulsión de cerca de 800.000 palestinos de sus casas, hostigados por las milicias israelíes. Un aniversario que el sionismo celebra conmemorando el nacimiento del Estado de Israel. Que casi siete décadas después, un pueblo recuerde su principal tragedia nacional el mismo día en que el Estado de al lado celebra su creación es el perfecto resumen de la naturaleza del conflicto entre palestinos e israelíes.
Las llaves que volvieron a relucir durante el fin de semana –símbolo de las casas abandonadas en 1948– son un recordatorio cotidiano de los cimientos sobre los que se construye Israel. Un Estado que mantiene a Gaza convertida en la mayor cárcel a cielo abierto del mundo –1,5 millones de personas hacinadas– y que sigue colonizando metro a metro nuevos territorios en Cisjordania, haciendo inviable la construcción de un Estado palestino; el eje sobre el que han tratado de avanzar, de forma estéril, las negociaciones de los últimos años.
Pero la Nakba apela también a un futuro incierto, en el que la comunidad palestina exige el derecho al retorno, reconocido por la ONU. Algo de lo que Israel no quiere ni oir hablar, ya que los 800.000 refugiados de 1948 son en la actualidad unos cinco millones de palestinos que pondrían patas arriba la naturaleza judía de Israel –formada en la actualidad por 6,2 millones de judíos y 1,7 millones de árabes–. Dado que, dejando al margen las colonias, la expulsión de la comunidad judía no es una opción –no parece una gran idea, a día de hoy, substituir una Nakba palestina por una judía–, la conmemoración de la catástrofe brinda la oportunidad de retomar desde la exigencia práctica el ideal de un futuro justo y en paz –ya sea con dos Estados o con un único Estado plurinacional–, en el que los palestinos que quieran puedan regresar sin que la comunidad judía tenga que huir.
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