Cincuenta-y-pico sombras; más oscuras, más largas, más picantes, más...

Hace dos años, el festival de cine de Berlín registró una de las sesiones más épicas de su historia. En ella, aprendimos que ya bien entrados en el siglo XXI, Hollywood le seguía teniendo miedo (más bien pánico) al sexo. Menuda novedad, sí... Además, y esto sí que fue una verdadera revelación, descubrimos que el público alemán tenía sentido del humor. Tenía tanto, que en el tramo final de aquella proyección, la prensa germana se atrevió a discutirle a la prensa española su normalmente indiscutible título de público más escandaloso. Así, entre risas teutonas y comentarios en voz alta con marcado acento latino, se confirmó que aquella 65ª Berlinale iba a ser legendaria. Y así fue.
La razón de tanto alboroto (antes, durante y después del citado pase de prensa) la encontramos en “Cincuenta sombras de Grey”, esperadísima adaptación a la pantalla grande del best-seller homónimo de E.L. James. Aquel mismo día, en aquel mismo escenario, se proyectó lo nuevo de Terrence Malick y a nadie (a na-die) le importó. Ahí había demasiado sado-maso trucho para digerir. De modo que los críticos nos reímos a más no poder... mientras se batían récords en todo el mundo en lo que a venta anticipada de entradas se refiere (así de desconectados de la realidad estamos los profesionales del sector).
Moraleja: para bien o para mal, en el negocio del cine, no manda la crítica sino los números de la taquilla. La primera vendió, de modo que ahora hay segunda parte. Para esta nueva entrega de los tormentosos amoríos entre Anastasia Steele y Christian Grey, nos han prometido (ya a través de un título que sigue la lógica del “Aún sé lo que hicisteis el último verano”) que las cosas se van a poner más serias, y más picantes, y más tormentosas, claro... y que ahora no nos vamos a reir. Ni con la película ni mucho menos de la película. Veremos.

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