Aitor AURREKOETXEA
Profesor de Filosofía de la EHU-UPV y crítico de arte
LA RELACIÓN ENTRE EL ARTE Y POLÍTICA

Gernika y el «Guernica». Arte y política en el siglo XX

Se han cumplido 80 años del bombardeo por parte de la Legión Cóndor alemana de Gernika, cuya brutal destrucción impelió a Picasso a pintar una obra de arte que denunciara lo allí acaecido y que a la postre acabó convirtiéndose en el símbolo universal contra los horrores de la guerra. El «Guernica» es la obra más importante del siglo XX y su resemantización y utilización política por actores de diferente índole ha sido constante.

El 26 de abril de 1937 Gernika fue arrasada por orden del general Franco. La fortuna tuvo a bien que cerca del lugar se encontrara el fotógrafo George Steer para inmortalizar en blanco y negro lo que allí se había producido. Este hecho fue vital, porque sin su testimonio gráfico el mundo jamás hubiese tenido noticia de lo sucedido. Meses antes, el Gobierno de la República había solicitado a Pablo Picasso, que se encontraba residiendo en París, una obra para la exposición universal que tendría lugar en la ciudad de la luz ese mismo verano. Picasso, que por aquel entonces se encontraba atravesando una crisis de creatividad, al parecer debido a su singular relación con varias mujeres a la vez, trabajaba en una suerte de bocetos inspirados en Goya que tituló «Sueños y mentiras de Franco». Al enterarse de lo ocurrido en la villa vasca, decide ir a la manifestación del 1º de Mayo y allí entre los estudiantes, obreros e intelectuales que denunciaban la bestialidad del fascismo, se convence a sí mismo de que hará algo colosal que marcará un antes y un después, y que definitivamente se llamará «Guernica».

Cuando regresa a su estudio le pide a su compañera Dora Maar que registre con su cámara todas y cada una de las secuencias del vertiginoso proceso creativo que estaba a punto de comenzar. Picasso entra en un trance febril absolutamente extraordinario y culmina el lienzo en menos de un mes.

Maar fotografía día tras día los progresos del artista, para finalmente dar por recogido todo lo que fueron los intensos momentos poéticos del autor. Ambos disponen que tanto las instantáneas como el cuadro sean una sola obra indivisible.

En julio de 1937 se inaugura la exposición de París con pabellones que recogen lo mejor de la tradición de cada país. Sobresaliendo entre todos los demás se encuentran frente a frente, por un lado, el pabellón de la Alemania nacionalsocialista con la fastuosa águila prusiana presidiendo la fachada; y por otro lado, el pabellón de la Unión Soviética, con la campesina blandiendo una hoz y el metalúrgico portando el martillo gremial, a la sazón símbolos de la lucha victoriosa de la clase obrera. Parecía que ambos revival neoclasicistas jugaban a una siniestra simetría que tiempo atrás había desestimado la rica vanguardia artística existente en sus respectivos dominios.

Los unos porque a Hitler lo moderno siempre le pareció arte degenerado, y los otros porque habían hecho prácticamente desaparecer la fecunda muestra de vanguardia rusa habida desde comienzos de siglo hasta 1924; puesto que Stalin había ordenado que el proletariado sólo debía mirar lo que entendiera (nada evocativo o abstracto), y para eso se «reeducó» a los artistas creándose por decreto el pacato e insulso realismo socialista.

Contra todo pronóstico, la República española presentó un pequeño pabellón rabiosamente moderno diseñado por el arquitecto Josep Lluis Sert. Entre las obras que cobijaba aquel receptáculo racionalista estaban algunas de Calder, un fabuloso mural de Miró y, como no, el «Guernica» de Picasso. El cuadro deslumbró al entendido público parisino desde el primer momento; sin embargo, no fue del gusto de todos. Así, los enviados del Gobierno español esperaban una obra que sin concesiones especulativas reflejara la feroz lucha de la República frente a los facinerosos.

El Gobierno vasco que tras la caída de Bilbo y con el lehendakari Agirre al frente se había trasladado a París, tampoco comprendió la obra, ya que no veía en aquel lienzo representada Gernika, la ciudad sagrada, símbolo de las libertades vascas recientemente arrasada por los franquistas. Ni unos ni otros comprendieron el alcance de la obra de Picasso.

Para empezar se les escapaban todas las evoluciones de carácter pictórico del autor, que después de haber abandonado su etapa cubista se encontraba inmerso en su aproximación a la vanguardia surrealista. Picasso no había hecho una obra de consumo rápido, el siempre supo que aquello estaba destinado a permanecer.

Y por eso, más allá de querer denunciar a los verdugos y vindicar a las victimas, se propuso jugar en un terreno, el del arte experimental de vanguardia, donde todavía casi nadie podía lidiar. Tras el verano se procedió a desmontar la exposición y como nadie se hacía cargo del cuadro (el Gobierno de la República estaba pasando por serios apuros que le impedían ocuparse de cuestiones de otro tenor que no fueran el mantenimiento de los frentes de guerra), fue el propio artista malagueño el que se hizo cargo de la obra, iniciando con ella un periplo de exhibiciones con carácter recaudatorio (ayuda a la República) por Gran Bretaña

En el año 1938, con el anuncio cercano de tambores de guerra en Europa, y pese a que él decidirá quedarse en París, Picasso envía el cuadro al MOMA de Nueva York, donde permanecerá durante más de 40 años.

Allí el «Guernica» se convertirá en la pieza estrella del museo y en un símbolo contra la barbarie de la guerra en los términos en los que todos conocemos, por ejemplo, a la hora de denunciar la intervención norteamericana en Corea y después en Vietnam.

Mientras tanto, el régimen de Franco, a través de Arias Navarro, hará tímidas gestiones diplomáticas para que el «Guernica» vaya a España. No obstante, no será hasta la muerte del dictador en 1975 (Picasso murió dos años antes), cuando el Gobierno de Adolfo Suárez hará los movimientos pertinentes para que el cuadro recale en Madrid.

Para ello se alegará que «el pueblo español era el legítimo dueño de la obra», puesto que finalmente aparecerá un pagaré de la República de junio de 1937, abonando a Picasso 150.000 francos por la ejecución del «Guernica».

Finalmente, en el año 1981, y pese al intento de golpe de Estado de febrero que estuvo a punto de malograr la operación, el «Guernica» llega al Estado español y bajo impresionantes medidas de seguridad es instalado en la casona del buen retiro habilitada a dichos efectos.

El «Guernica» sigue conservando la carga política que siempre tuvo y la presencia de la guardia civil metralleta en mano custodiando un lienzo, que es protegido con un cristal blindado cuya eficacia de seguridad había sido probada por el Ejército español, incluso con bazocas, contribuye sobremanera a resaltar su relevancia.

Para la transición española el cuadro significaba «la reconciliación entre las dos Españas». A tales efectos, a su presentación ante la prensa acudieron entre otros Calvo Sotelo, el Rey y la Pasionaria, queriéndose sellar así, a través del papel resignificador de la obra de arte, la paz genuina entre los dos bandos contendientes en la guerra de 1936.

Al año siguiente, con la victoria de los socialistas, el PSOE considera que será él quien verdaderamente cierre la transición y decide, para restar valor a lo hecho por la UCD, llevar el «Guernica» al museo Reina Sofía con la excusa de que a partir de ese momento el arte contemporáneo español se exhibirá allí.

En Euskal Herria se demandó la presencia de la obra en Gernika, pero para ser honestos el «Gernika Gernikara» nunca se planteó con la seriedad y el rigor que hubiera sido deseable. Quizá el intento más plausible fue la petición de préstamo para la inauguración del museo Guggenheim en el año 1997 y por motivos obviamente políticos, aunque se alegaran informes técnicos que desaconsejaban su traslado, la iniciativa del Gobierno de Lakua no prosperó.

Entrados ya en este siglo XXI, la obra sigue poseyendo toda la fuerza semiótica del ayer, y más que un símbolo es ya un icono no sólo del arte, sino de la cultura del siglo anterior.

En febrero de 2003, en la sede de la ONU, el secretario de Estado de Estados Unidos Colin Powell, mientras anunciaba la invasión de Irak bajo el pretexto de la presencia en el país de armas de destrucción masiva, mandó cubrir con una inmensa tela azul el enorme panel del «Guernica» que presidía la sala de prensa.

El símbolo de la paz no podía presidir una infamante declaración de guerra como aquella. Una vez más se dieron explicaciones técnicas para el ocultamiento del lienzo.

Es más que probable que el «Guernica» nunca venga a tierra vasca, pero en un mundo globalizado debe destacarse que la gestación de una obra tan importante para la humanidad nació de un hecho criminal acaecido en Euskal Herria, que ha permitido que Gernika sea un símbolo mundialmente conocido del horror homicida de los hombres que indefectiblemente recordamos cuando miramos a otras ciudades también masacradas como Dresde, Hiroshima, Beirut, Grozni y, más recientemente, Ramallah o Mosul.