No soñéis, no desaparecerá
No tuvimos siempre de todo. Mi memoria me cuenta que, cuando era niña, tenía unos zapatos de verano y unos de invierno y que en mi armario había sitio para otra niña más. Cuando acudía a la tienda de ultramarinos, me sentía como en “Charlie y la fábrica de chocolate” y las señoras pedían 100 gramos de jamón una vez por semana si las cosas iban bien. No había comida japonesa, pizzas o hamburguesas. No en mi entorno. Teníamos bicicletas, juguetes, libros, y la calle era nuestra para mancharnos de barro. La vida era sencilla, el teléfono rara vez sonaba y a nuestros buzones llegaban cartas y postales. Cuando era niña la vida que a mí me parecía sencilla probablemente era muy complicada para las personas adultas. Aún así, los pequeños placeres eran intensos y valorados. Menos y soñar siempre me parecieron más, a pesar de que Gilles Lipovetsky diga que «el consumismo no desaparecerá, no sueñen que ocurrirá».

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