2018/07/01

F.L. Chivite
escritor

Acaba de publicar «Sebas Yerri. Retrato de un suicida», una novela que, en un sentido amplio, cierra una trilogía que completan sus anteriores obras. Con ella compone un puzle, un artefacto literario con piezas narrativas, que se convierte en un magnífico retrato generacional de aquellos que en la década de los 80 tenían 25 años, y en una atinada reflexión sobre nuestras maneras de vivir y morir.

«Creo que sería incapaz de escribir una novela convencional»
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Patxi IRURZUN | IRUÑEA

Hace algunas semanas F.L.Chivite escribió en una de sus columnas: «Por supuesto, hay montones de libros malos. Pero si pillas uno bueno, ten cuidado. Es probable que no salgas indemne». Y el periodista Ivan Giménez, el autor de “El corralito foral”, replicó su cita en un tuit en el que añadía: «He leído Sebas Yerri. Y no he salido indemne». Es un resumen perfecto para la última obra del escritor navarro, publicada por Pamiela, en la que su estilo fragmentario y el tono personal de su escritura, luminoso y desesperanzado a un tiempo, envuelven una lectura que aborda literariamente temas como el paso del tiempo, la identidad, o el suicidio.

Sebas Yerri lleva por subtítulo «Retrato de un suicida». ¿Por qué decidió escribir sobre un tema del que no se habla mucho, aunque es más frecuente de lo que pensamos, y que además en su caso partió de una experiencia personal, el suicidio de dos conocidos?

Yo creo que efectivamente ha habido una especie de tabú a la hora de hablar del suicidio. Es un tema que siempre ha estado estigmatizado, que se ha hecho maldito en nuestra cultura occidental, tal vez por influencia de la religión. Pero creo que eso está empezando a cambiar, porque se empieza a hablar con más claridad, se están publicando bastantes libros; o quizás sucede que cuando tú empiezas a escribir un libro sobre un tema empiezas a ver otros libros relacionados con él. En mi caso, sí, fue a raíz del suicidio de dos personas cercanas, lo cual te hace plantearte la vida, mirar hacia atrás.

En ese sentido es una novela generacional, en la que, además del suicidio, también se habla de otras muertes de gente próxima, de la misma edad.

Efectivamente, porque a la vez que hay sobre una reflexión sobre por qué alguien relativamente joven, con quien tienes una relación íntima, decide quitarse la vida (ese es el planteamiento de la novela, el protagonista recibe la noticia de que un amigo al que no ve hace años acaba de suicidarse, y eso es lo que le provoca esa reflexión) está también otra reflexión paralela sobre los muertos de tu generación, gente cercana que ha ido muriendo, a lo largo de cualquier momento de esa vida, porque esa es una experiencia con la que empiezas a relacionarte muy tempranamente. En el caso de la gente de mi generación, además, hubo muchos factores por los que gente cercana fue cayendo ya desde muy joven: la droga, los accidentes de tráfico, suicidios… Y en los últimos años, el cáncer, que es brutal.

Estamos hablando de los años 80, que es la década en la que Sebas Yerri y el narrador (y usted mismo) tenían 25 años. ¿Mira hacia esa década porque efectivamente fueron años duros, porque todo era muy diferente a ahora, por nostalgia de la juventud…?

Creo que es un automatismo de la edad. Cuando llegas a la cincuentena te acuerdas de cuando tenías veinte años. Son rebrotes. Hace poco leí algo que decía que a los 35 te acuerdas de tu infancia, y que a partir de los cincuenta se vuelve la mirada sobre los 25, y eso es lo que me pasó a mí con esta novela, que tiene ya cinco o seis años: cuando cumplí 51 años, a la vez que tuve esa experiencia del suicidio de dos personas cercanas, que fue lo que me provocó para escribir esta novela, comencé a echar la mirada atrás. Esta novela, que efectivamente es generacional, tuvo sus propias claves, las claves de aquella época, como el aspecto político, que fue tan potente y parecía eclipsar todo lo demás. La política estaba muy presente en nuestras vidas, por una parte por una efervescencia de expectativas colectivas, la lucha por las libertades, las esperanzas y la necesidad de cambios, la ilusión en que las cosas podían comenzar a cambiar; y por otra parte, fueron años muy marcados por la kale borroka, el terrorismo, las cargas policiales… Esos dos factores ambientales tan potentes eclipsaban ese otro aspecto más personal que eran los sueños de una generación de jóvenes que acabábamos de salir de una educación franquista, muy estructurada, muy autoritaria, muy pobre, en los artístico y literario, casi hasta mezquina… De repente, empezamos a descubrir muchos escritores, grupos, directores de cine… Florecieron los videoclubs, las editoriales… Hasta entonces no solo no se había traducido nada, es que ni siquiera se había editado a Lorca o a Miguel Hernández. Y de repente empezamos a descubrir a autores de primera categoría, en editoriales como Anagrama, Seix Barral… y a filósofos como Marcuse, a Simone de Beauvoir, a Lacan. Es decir, nuestros veinte años sucedieron en una Pamplona pequeña, amurallada, conservadora, pero a la vez estaba esa esperanza y esa fuerza interior para sacar la cabeza de aquella mugre cultural en la que nos habían educado, y por eso yo recuerdo aquellos años, a pesar de todo, como una época luminosa.

La novela es una aproximación a la figura del protagonista Sebas Yerri por parte de un narrador que tiene el mismo peso o más que el propio Sebas Yerri. ¿Son dos caras de la misma manera?

En la novela hay un narrador que cuenta la vida de su amigo, pero cuenta hechos que vivieron en común, y está tratando a la vez de indagar en su psicología, tratando de conocer cómo funcionaba su cerebro, las cosas que emocionaban a Sebas Yerri. Pero a la vez que hace ese análisis, se está viendo a sí mismo en aquella época, y a veces las figuras de ambos se confunden, incluso el narrador roba protagonismo al protagonista. Es mi manera de narrar, siempre lo he hecho así en mis novelas.

También hay algo que se repite en su forma de narrar, y es que la novela es fragmentaria, un puzle. ¿Diría que eso le da más libertad a la hora de contar, de poder introducir reflexiones, recuerdos?

Podríamos llamarlo una novela Frankenstein, ahora que se usa tanto el término. Es un puzle, sí, hecho con piezas de diferentes características, narrativos, reflexivos, otros más poéticos. Son fragmentos muy pequeños, de hecho hay más fragmentos que páginas. Yo creo que sería incapaz de escribir una novela convencional, porque no puedo escribir durante mucho tiempo seguido, y una explicación que yo trato de darme a mí mismo es que se debe a mi trastorno de atención. Escribo textos cortos, porque en seguida me despisto, miro el ordenador, me pongo a vagabundear. No puedo estar mucho rato escribiendo, no lo he hecho nunca.

Sebas Yerri es un puzle, pero a la vez deja huecos, algo que en la propia novela usted apunta, la importancia de los silencios a la hora de narrar.

Los huecos es importante dejarlos porque el lector, inconscientemente, los rellena, hace una integración y muchas veces la información que omites el lector la hace suya, de tal modo que cada lector hace un libro distinto, porque ha llenado los huecos con su propia materia. Es algo a lo que podríamos llamar integración argumental.

Algunas de esas piezas son también reflexiones sobre la propia literatura.

Sí, siempre no estamos cuestionando nuestra manera de escribir. Yo, lo que busco en la literatura, más que las palabras e incluso que la historia, es el tono, conseguir que sea verosímil. Esta no es una novela de subgénero, de aventuras, policiaca, histórica, es una novela sobre mí y sobre mi mundo, sobre la actualidad, como mucho se podría decir por tanto que es una novela contemporánea.

Hay también a lo largo del libro un pequeño catálogo de suicidios, la mayoría de ellos de escritores. ¿Hay mayor propensión entre ellos?

Yo creo que no. La tasa de suicidios en Europa, y según qué países, es muy elevada. En el libro hay ocho pequeños fragmentos, llamados “Maneras de morir” en los que se describe de manera escueta suicidios de escritores. Quizás quería, no estoy seguro, poner en evidencia los modos de morir, que no son tantos. Así como todos hemos pensado en algún momento que cada suicidio, lo que pasa en la cabeza de cada persona que decide suicidarse es distinto y complejo, a la hora de realizarlo, todos se parecen bastante, no hay muchas posibilidades, e incluso la actitud que los suicidas adoptan en ese último momento frente al mundo, cuando están completamente solos ante él y no hay necesidad de fingir o aparentar: todos, o al menos los que han dejado alguna nota, tienen un mismo tono de voz en lo que dicen, una voz adolorida, distanciada de la vida, algo que me llamaba la atención.

Para acabar, Sebas Yerri viene a cerrar una trilogía junto con sus novelas anteriores «Insomnio» y «El invernadero». ¿Qué vendrá tras estas novelas?

Es una trilogía en sentido amplio, son novelas que se pueden leer por separado, historias diferentes, pero mantienen un tono o una estructura semejante, y comparten ese trasfondo de esta nueva estética del siglo XXI, iba a decir ética, pero creo que es casi más una antiética, la manera en cómo establecemos las relaciones en la actualidad. Eso puede ser el nexo de unión entre estos tres libros. Ahora creo que voy a cambiar ese tono. Pero no me atrevo a decir que tengo proyectos, yo no lo llamaría así, nunca he hecho proyectos literarios, como he dicho antes mi manera de escribir es discontinua, y he escrito lo menos que he podido, siempre he dejado la escritura por cualquier otra actividad más agradable y más real. Ante la posibilidad de ir a ver una peli o de potes, no lo dudo, pero como por otra parte hay tantos tiempos muertos y tengo además esta propensión natural a la escritura, casi me siento obligado a hacerlo, no sé cuándo acabará esto, pero de momento creo que voy a seguir haciéndolo.

Ha habido una especie de tabú a la hora de hablar del suicidio. Es un tema que siempre ha estado estigmatizado, que se ha hecho maldito en nuestra cultura occidental, tal vez por influencia de la religión. Pero eso está empezando a cambiar.
Nuestros veinte años sucedieron en una Pamplona pequeña, amurallada, conservadora, pero a la vez estaba esa esperanza y esa fuerza interior para sacar la cabeza de aquella mugre cultural en la que nos habían educado.