2018/10/13

Dejad que los peluches se acerquen a mí
Mikel INSAUSTI
1013_robin

Ya sabemos que el cine es algo muy subjetivo, pero mucho más cuando una película apela a nuestros sentimientos pueriles, y ahí cada persona es un mundo diferente. “Christopher Robin” gustará a quienes se sientan identificados con su mensaje nostálgico destinado a recuperar la infancia perdida y al niño que llevamos dentro, y por el contrario decepcionará a cuantos no necesiten pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, o que el paso a la edad adulta echó a perder sus ilusiones y sueños nunca cumplidos. Al pertenecer al segundo grupo y no conectar con lo que cuenta la película me sobreviene cierto sopor durante la proyección, sin dejarme atrapar por los diálogos de los peluches parlantes, que son como poemas de Gloria Fuertes para eternos infantes.

Tampoco me seduce la aparente sencillez de “Christopher Robin” y ese aire engañoso de teatrillo de marionetas, cuando se trata de una señora producción que ha costado 75 millones de dólares, ya recuperados gracias a la maquinaria promocional de Disney. Si la idea autoral de Marc Forster era hacer una reflexión metalingüística sobre la literatura infantil en el cine como la plasmada en su más imaginativa “Descubriendo Nunca Jamás” (2004) a cuenta del “Peter Pan” de James Barrie, aquí la referencia al escritor que hay detrás de los cuentos de “Winnie The Pooh” no puede ser tan directa, porque se basa en la relación de Alan Alexander Milne con su hijo en cuanto prolongación de sí mismo.

Al ver a Ewan McGregor como el crío que ya ha crecido y se ha convertido en alguien maduro comprendemos que el personaje se ha alejado de la tutela paterna y de sus fantasías. Para recuperarlo el equipo de guionistas recurren al oso loco por la miel y a sus amigos del Bosque de los 100 Acres, que ablandarán su corazón hasta que reniegue de su gris y monótona existencia consagrada al trabajo por encima de sus seres queridos.