La entrevista como problema
Primero y por sincerarme: ningún otro género periodístico me ha hecho tan feliz como hacer entrevistas. Tampoco creo que haya muchos tan maltratados por la televisión que nos ha tocado –la española–, y la que nos hemos dado –la vasca, que se planteó, tristemente, según su modelo–.
En el periodismo, las entrevistas deberían ser como las verduras en la alimentación: irreprochables. Han demostrado poder mover grandes audiencias, darles algo que les haga sentir bien –milagro– y hacerlo con mucha economía de medios. Un regalo que los periodistas ninguneamos o despreciamos. Programas como Lo + Plus en su día, El Hormiguero continuamente o esa soga llamada La resistencia, en la que David Broncano consigue ahorcarse cada noche, han maltratado y patologizado tanto a la pobre entrevista que han conseguido mandarla a la deshonrosa lista de los males endémicos de España.
No sé qué ha dado peores resultados, si la entrevista política, que trata al invitado como adversario y se pone como objetivo hacerle decir lo que no quiere decir, o la entrevista-espectáculo que le obliga a formar parte de situaciones entre incómodas e inquietantes pensadas para hacer las delicias de una audiencia que –si es parecida a mí– estará gozando de la fortuna de haber encontrado exactamente lo que buscaba al apretar el mando a distancia: una vigorizante sacudida de vergüenza ajena. El segundo formato me hace sentir mal, pero el primero me parece mal ideológicamente, profesionalmente, política, estética y espiritualmente.
Merecemos un periodismo que no sea criminal. En el que haya conversaciones. Interesantes, gratas, humanas. Donde se pregunte para ayudar a revelar algo, no para sonsacarlo, en las que nos acerquemos con curiosidad –es como más se acierta– y escuchemos creativamente, de verdad. En las que no se cambien cosas como escuchar, callar o preguntar –tan elegantes, potentes y bonitas– por abominaciones como «interrogar» que pertenecen, por derecho propio, al espanto de las comisarías.

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