Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «Reina de corazones»

Ese oscuro objeto de deseo llamado «Poder»

Sorprende en “Reina de corazones” la gran agilidad que ha demostrado el director May el-Toukhy a la hora de sortear los diferentes obstáculos que asoman dentro de una historia que en manos menos hábiles hubiera desembocado hacia territorios muy enfangados y lindantes con lo que podría ser tildado como una película porno de autor. El morbo se revela en buena parte de las situaciones de manera abierta y logra su objetivo de provocar la incomodidad en el espectador.

En su engranaje argumental topamos con las visicitudes de una mujer que hace gala tanto en su profesión como en su rutina familiar de un gran carácter. Implacable en su labor de exitosa abogada especializada en casos relacionados con abusos a menores, nuestra protagonista deja entrever un abuso que ella misma padeció. No obstante, la mecánica cotidiana y profesional de esta abogada salta por los aires cuando irrumpe en su hogar el hijo adolescente de su marido, lo que provocará que entre ambos comience una tórrida y peligrosa relación sexual.

Trine Dyrholm ejecuta una sobresaliente interpretación de este rol cargado de matices dentro de una crónica social que torpedea la línea de flotación de lo que se denomina «la buena moral» y, de paso, deja entrever a esos demonios que intuímos en las modélicas sociedades escandinavas. Lejos de revelarse como una tragedia tremebunda en torno al incesto, el largometraje que firma el-Toukhy coquetea con el cine negro –la esencia del poder– para perfilar las entrañas de unos personajes marcados por el deseo físico. Poco o nulo romanticismo topamos dentro de esta historia de tono calmado y que sabe exprimir al máximo esas corrientes telúricas que nacen de ese primer y feroz encuentro entre la abogada madura y el problemático adolescente.