Fermin MUNARRIZ
OBITUARIO

Caballero marxista y cristiano del periodismo y las letras libres

gara-2020-03-30-Noticia

Marx me enseñó a hacer los números y Cristo me empujó a aplicarlos expulsando a la banca de mi templo vital». De esta manera breve y metafórica, tan en línea con su estilo literario, explicaba Antonio Álvarez Solís las fuentes de las que bebía. Y por las que vivió, pues a espaldas de este viejo maestro del periodismo se sucedían décadas de una vida ajetreada y fecunda.

Era complicado caminar con él por las calles vascas sin que alguien se le acercara para felicitarle por el último artículo en este diario o por algún debate radiofónico. Para todos y todas tenía la misma amabilidad, cercanía y encanto que mostraba también en la televisión. Era su «Antonio», el caballero de indumentaria impecable y gestos elegantes, asistido aristocráticamente por el bastón y esos minutos extras de vida para compartir con los paisanos de una tierra que amaba –y admiraba– con la sinceridad del camarada.

Tal vez aquel porte noble le acompañara desde una infancia marcada por los códigos estrictos y flemáticos de una familia acomodada y el colegio inglés en que se instruyó. Aunque nació en Madrid siempre se sintió asturiano, gracias a la temporada que pasó en la casona familiar de Mieres, en la Asturias republicana de la guerra del 36. El Derecho no fue con él y abandonó la carrera a falta de tres asignaturas. Y cambió de aires.

Hijo de director de periódico, optó por tentar suerte en la profesión, después de trasladarse a Barcelona, donde comenzó su trayectoria como periodista en “La Vanguardia” y llegó a ser redactor-jefe sin alcanzar los 30. Fueron tiempos entrañables: años de privaciones pero también de la liberalidad de una buhardilla en el célebre Barrio Chino Perfumado.

En los últimos años del franquismo compaginó su tarea periodística con la política como enlace entre las Comisiones Obreras y la izquierda comunista de Alfonso Comín, cristiano como él, o los contactos en la clandestinidad con la dirigencia del PSUC.

Muerto el dictador, Álvarez Solís fundó, junto al empresario Antonio Asensio, el que sería buque insignia del Grupo Zeta: la revista “Interviú”, un referente en la llamada Transición, además de por sus semidesnudos, por los trabajos de investigación, que le costaron diversos procesos judiciales a quien ya era reconocido como uno de los más preclaros periodistas españoles. Su firma fue también un clásico de la revista satírica “Por favor”.

Los cuarenta años de vida en Catalunya y la vuelta a Madrid le trajeron nuevas experiencias en los medios de comunicación, hasta convertirse en un periodista y opinador «por libre» para realizar colaboraciones en medios dispares y soportes diferentes. Sus afiladas columnas de opinión en prensa y radio y su participación en debates políticos aumentaron la cotización de uno de los escritores más honestos y valientes del panorama estatal. Fueron los años en que, para perplejidad de muchos colegas de profesión, brindó generosamente la maestría de su aguda pluma a “Egin”, siguiendo la estela de otros intelectuales españoles como José Bergamín, Eva Forest o Alfonso Sastre.

Tampoco escatimó el hombro cuando se lo pidieron. En 1986 encabezó la lista del Partit dels Comunistes de Catalunya al Senado por Barcelona, y en 2011 cerró la candidatura de Bildu para Bilbo en las elecciones municipales.

Llegaron nuevas colaboraciones con otros medios vascos, pero fue en GARA donde encontró su hogar, su refugio definitivo, hasta sus últimos días. “Fe y engaño”, publicado el martes pasado en estas páginas, fue su último artículo de prensa de un enorme hilo de acerados comentarios de la actualidad política española y vasca, con una personal maestría en el lenguaje cervantino y la erudición de los sabios veteranos. No escaparon reyes, príncipes, presidentes, generales ni jueces del teclado de su ordenador. No le iban los demonios pequeños. Pero bajo la elegancia de su lenguaje y la destreza de su pensamiento se escondía uno de los analistas más severos y también más delicadamente humanos. Era marxista, pero también cristiano.

«Quiero morir democráticamente y dejarlo en herencia», se despidió en su último artículo.