PONER COTO A LA ENFERMEDAD ¿Y EN CUARENTENA LA PRIVACIDAD?
La apertura del confinamiento que padecemos desde hace justo un mes debe conllevar una garantía de que existirá un control inmediato de los nuevos focos de infección, y para lograrlo ya se están desarrollando aplicaciones que no están exentas de polémica.

En este mar de incertidumbre por el que navegamos sin salir de casa, una de las pocas certezas que manejamos en este momento es que el objetivo prioritario es limitar al máximo los contagios de coronavirus y dar un respiro al sistema sanitario. O como se ha insistido, aplanar la curva. Eso permitirá llevar la pandemia a parámetros menos desbordantes y, desde ahí, empezar a desatar el nudo que nos tiene atrapados desde hace un mes. Eso es lo que toca a corto plazo, quedarse en casa. Pero a nadie se le escapa tampoco que una situación de confinamiento no es soportable indefinidamente.
Algún día habrá que salir, ya veremos en qué condiciones. Pero cuando ocurra debemos tener claro que el SARS-COV-2 no habrá desaparecido y que sin vacuna ni tratamiento existe el peligro de volver a las andadas. ¿Qué hacemos entonces? Encerrarnos otro mes y medio –o lo que toque– no es una opción fácil de digerir para una población hastiada, y permitir una expansión descontrolada de la enfermedad, menos. Podría ser que para entonces una parte sustancial de la ciudadanía ya hubiera contraído el virus –el Gobierno español va a hacer test a 30.000 familias para conocer su expansión real–, lo que facilitaría todo, por la inmunidad de grupo. Pero ahora eso es un clavo ardiendo.
En principio la estrategia debería pasar por tener un control exhaustivo de los infectados y por introducir un sistema que permita rastrear de inmediato a quienes hayan podido tener contacto con cada nuevo caso.
Sobre el primer punto, parece que los test no van a llegar ni tan rápido ni de forma tan masiva, aunque cada día se dice algo nuevo. Habrá que ver. Mientras tanto, han proliferado las app destinadas al autodiagnóstico, cuyo uso debería zanjarse si aplicara una política de test masivos. Si eso no ocurre, habrá que seguir tirando del diagnóstico online, con la fiabilidad que este pueda tener; importante en términos estadísticos, pero no tanto si se busca evitar una nueva propagación. Las app lanzadas por Osakidetza y Osasunbidea permiten esa autoevaluación.
También hay aplicaciones que hacen posible la geolocalización de las personas infectadas, que tienen la doble utilidad de poner sobre aviso respecto a zonas de riesgo y controlar el cumplimiento de la cuarentena.
El rastreo «analógico» no sirve
Con todo, la aplicación más eficaz para atajar la expansión del Covid-19 es aquella que describe el trayecto del usuario los días anteriores a tener un diagnóstico positivo, pues a través de ella se acortan al máximo los plazos necesarios para avisar a quienes han tenido contacto e instarles a confinarse. Y es que la propagación es demasiado rápida para ser contenida por el rastreo manual.
Es una constatación que han hecho los expertos y que corrobora Science en un reportaje donde se añade que, sin embargo, sí podría controlarse si este proceso fuera «más rápido, más eficiente y sucediera a escala». «Una aplicación de rastreo que crea una memoria de contactos de proximidad y notifica inmediatamente a los contactos de casos positivos puede lograr el control de la epidemia si es usada por suficientes personas», sostienen los diez profesores de la Universidad de Oxford, expecializados en investigación médica y bioética, que han elaborado el trabajo publicado en la citada revista, que es además órgano de expresión de la American Association for the Advancement of Science.
Recuerdan que hoy por hoy los únicos mecanismos disponibles para detener la epidemia «son los del control clásico, como el aislamiento, el rastreo de contactos y la cuarentena, el distanciamiento físico y las medidas de higiene», y partiendo de esa constatación han elaborado un modelo matemático que mide los efectos de dos intervenciones dirigidas a detener la propagación del virus: el aislamiento de individuos sintomáticos y el rastreo de contactos de casos sintomáticos y su puesta en cuarentena.
Ambas actuaciones buscan reducir la cantidad de transmisiones tanto de individuos sintomáticos como de sus contactos (que pueden no ser sintomáticos), y minimizar el impacto en la población. Al respecto, advierten de que «en la práctica ninguna intervención será exitosa o posible para el 100% de los individuos», pero añaden que, aun sin llegar a ese 100%, el éxito de estas intervenciones «determina la evolución a largo plazo de la epidemia». Si las tasas de éxito son lo suficientemente altas, la combinación de aislamiento y rastreo/cuarentena de contactos podría llevar a controlarla eficazmente.
Por contra, señalan que «las demoras en estas intervenciones las hacen ineficaces».
En el reportaje, y teniendo como herramienta el modelo matemático, estos expertos insisten en que «los procedimientos tradicionales de localización manual de contactos no son lo suficientemente rápidos para el SARS-CoV-2», pero añaden que un retraso desde la confirmación de un caso hasta la búsqueda de sus contactos «no es inevitable». «Una aplicación de teléfono móvil puede hacer que el seguimiento de contactos y la notificación sean instantáneos tras la confirmación del caso», indican, explicando que «al mantener un registro temporal de eventos de proximidad entre individuos, se puede alertar inmediatamente a los contactos cercanos recientes de casos diagnosticados y hacer que se autoaislen».
La funcionalidad principal de esa aplicación sería, según exponen, «reemplazar el trabajo de una semana de rastreo manual de contactos con señales instantáneas transmitidas desde y hacia un servidor central». Los diagnósticos de coronavirus se comunicarían al servidor, lo que permitiría la recomendación de cuarentena, estratificada por nivel de riesgo, y medidas de distanciamiento físico en aquellas personas que se sabe que son posibles contactos, al tiempo que preserva el anonimato de la persona infectada.
Además, explican que el algoritmo utilizado en el sistema «se puede reorientar fácilmente para que sea más informativo». Por ejemplo, para poner en cuarentena áreas geográficas si los casos locales se descontrolan, para poner en cuarentena hogares enteros o para realizar un seguimiento de contactos de segundo o tercer grado si el número de casos aumenta, lo que resultaría en que más personas serían puestas en cuarentena.
Así, tras analizar cuatro escenarios, tres con trazabilidad manual y entre uno y tres días de espera hasta que los contactos entran en cuarentena, y un escenario con seguimiento a través de móvil y alerta inmediata a los contactos, los autores señalan que este último permite ser «optimistas», ya que «no hay demora entre la confirmación del caso y la notificación». Además, opinan que «el retraso entre el desarrollo de los síntomas y la confirmación del caso disminuirá con protocolos de prueba más rápidos, y de hecho podría volverse instantáneo si el diagnóstico presuntivo de Covid-19 basado en los síntomas fuera aceptado en áreas de alta prevalencia». Eso permitiría atajar la infección y cerrar el círculo con gran rapidez.
Intromisión en la intimidad
Desde un punto de vista técnico es díficil albergar alguna duda: una aplicación así sería de gran utilidad. Pero hay otros factores en la ecuación, y no son de menor rango. Y es que un sistema de este tipo puede acarrear una intromisión en la privacidad e intimidad de las personas, dos derechos fundamentales muy acostumbrados al ninguneo.
El debate está abierto, y los propios expertos de Oxford advierten de que «el uso exitoso y apropiado de la aplicación se basa en una confianza pública bien fundada». Para ello, proponen una serie de medidas, como la «supervisión por una junta asesora inclusiva y transparente», que incluya a representantes de la ciudadanía; el «acuerdo y publicación de los principios éticos que guiarán la intervención»; garantías de «equidad de acceso y tratamiento»; el uso de «un algoritmo transparente y auditable»; una «supervisión cuidadosa» y protecciones efectivas en torno al uso de los datos; y el intercambio de conocimientos con otros países, especialmente los de ingresos bajos y medianos.
«Las personas deberían tener derecho democrático a decidir si adoptan esta plataforma», consideran, apostillando que su intención «no es imponer esta tecnología de forma permanente, pero creemos que bajo estas circunstancias pandémicas es necesario y justificado proteger la salud pública».
Desde su blog Idlewords, Maciej Cegłowski, dueño del servicio de bookmarking Pinboard y conocido por su activismo contra el uso espurio de datos personales, lo tiene claro, y ha valorado recientemente que centrarse en eso ahora «es como preocuparse por el moho que crece en el sótano cuando la casa se incendia». «La casa está en llamas, necesitamos echarle agua», insiste, dando su opinión, favorable, al uso de esa tecnología.
Cree que «brindaría a las autoridades de salud pública una forma de identificar puntos críticos, realizar experimentos y encontrar intervenciones que ofrecieran el máximo beneficio al menor costo social», y aunque admite que «por supuesto, esto tendría un coste enorme para nuestra privacidad», señala que esa misma tecnología «ya existe y se mantiene en funcionamiento en manos de la industria privada, donde no está regulada y actualmente se está utilizando. ¿Por qué no usarlo para salvar vidas?», pregunta, valorando que todo esto podría servir a futuro para regular la actividad de las empresas privadas. Aunque asume lo «preocupante» que resulta «dar acceso a datos confidenciales a una agencia gubernamental».
Cegłowski expresa el miedo que le causa la administración Trump, pero ese temor no es mayor al que causa en la ciudadanía vasca cualquiera que resida en la Moncloa, sea quien sea. Por eso, habrá que mirar bien la letra pequeña. Los beneficios de este sistema son evidentes, pero si hay que ceder en usufructo el derecho a la privacidad y la intimidad, habrá que tener claro a quién y en qué condiciones. Y que sea de forma voluntaria y con cláusula de rescisión unilateral.

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