La literatura catalana, de luto por la muerte de Joan Margarit
Joan Margarit, uno de los poetas en lengua catalana más leídos de los últimos tiempos, fue un poeta marcado por la Guerra del 36. Escribió sobre amor, deseo y dolor, la lengua o el paso del tiempo.

Definido como «el arquitecto de las palabras», por su formación arquitectónica, Joan Margarit nació en Sanaüja (Lleida) el 11 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil. Era hijo del arquitecto Joan Margarit y Serradell y de la maestra Trinidad Consarnau y Sabaté. Durante su niñez, las profesiones de los padres obligaron a la familia a varios cambios de domicilio (Barcelona, Rubí, Figueres y Girona), y a una larga estancia en las islas Canarias, hasta que volvió para estudiar arquitectura en Barcelona en 1956.
Todos estos recuerdos infantiles los escribiría en su libro de memorias, “Per tenir casa cal guanyar la guerra”, en el que escribía que «mi infancia transcurrirá bajo un gran paraguas negro de violencia y muerte. Ahora, cuando ya me queda poco para escribir, tengo el convencimiento de haberlo hecho condicionado sobre todo por la Guerra Civil y la tétrica quietud de los años de la represión». Comenzó a escribir poesía primero en castellano, a raíz del descubrimiento durante su adolescencia en Tenerife de la poesía de Antonio Machado. No fue hasta 1980 que lo hizo en catalán, influido por su amistad con el poeta Miquel Martí i Pol.
Escribió una treintena de libros de poesía –en euskara, tiene publicado “Miserikordia etxea”, editado por la editorial Meettok y traducido por Juan Ramon Makuso– y fue galardonado con los sendos premios literarios. Cuando se anunció que se le había concedido el Premio Cervantes en 2019 –el principal galardón de las letras españolas–, Margarit aseguró que «la poesía solo se puede escribir en la lengua materna». El poeta se remitió justamente a la historia para explicar por qué escribía en dos lenguas, asegurando irónico que se lo debía al dictador Franco «que me colocó el castellano a patadas». Sin embargo, el arquitecto y poeta aseguraba, respecto al idioma de Cervantes, que «la lengua es inocente. No la pienso devolver, y me la he quedado».

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