«Beethoven sintió una gran pasión por la música celta al final de su vida»
Carlos Núñez es internacionalmente reconocido como gaitero y como figura en el ámbito de la música celta. Cuando era un adolescente fue descubierto por la banda irlandesa The Chieftains, con la que grabó el CD ganador de un Grammy «Santiago». Tiene también una sólida formación clásica en flauta de pico y toca regularmente con importantes orquestas.

En los últimos años de su vida, Ludwig van Beethoven (1770-1827) compuso alrededor de 200 obras basadas en el folclore galés, escocés e irlandés. Con motivo del 250 aniversario de su nacimiento en 2020, Carlos Núñez comenzó a forjar un proyecto que consistiría en interpretar este repertorio poco conocido, pero no desde la tradición clásica sino desde el folk. El resultado, llamado “Celtic Beethoven”, se presentará esta tarde en el Santuario de Arantzazu, dentro de la programación de la Quincena Musical.
¿Cómo descubrió este capítulo poco conocido de la obra de Beethoven, el de sus obras escritas sobre material folclórico?
Conocí la existencia de estas piezas de Beethoven hace 15 años, estando de gira por Alemania. Fuimos a visitar su casa-museo en Bonn y allí descubrí las partituras. Más tarde, hace unos cinco años, tocamos en la Musikverein, la famosa sala donde se celebra el Concierto de Año Nuevo, y aprovechamos la ocasión para visitar la otra casa de Beethoven, la que tuvo en Viena, donde también encontré vestigios de estas piezas. Me pareció muy relevante que Beethoven, en los últimos 15 años de su vida, y mientras estaba inmerso en sus grandes obras finales, se apasionase por la música celta y creara casi 200 piezas sobre ella.
Existe la versión de que las escribió, simplemente, porque le pagaban muy bien por ellas.
Es verdad que hay gente que defiende que las compuso solo por dinero, pero eso también fue el caso de otras muchas obras de su catálogo. Beethoven, al fin y al cabo, era un compositor profesional. Pero más allá de esa visión simple sobre sus motivaciones, es innegable que Beethoven se tomó el trabajo muy en serio y que se dedicó con pasión a estudiar la música celta. Y no se quedó solo ahí, sino que luego aplicó lo aprendido a otras obras, como la “Sinfonía nº 7”, que contiene ritmos y melodías irlandesas. En cierto modo, supuso el reconocimiento por parte del ‘jefe’ de la música clásica de que la música tradicional tenía valor, y un encuentro de civilizaciones entre la mejor música centroeuropea, con toda su ingeniería armónica, y los misterios de las melodías y las armonías celtas.
¿Por qué cree que Beethoven se sintió tan atraído por las músicas celtas?
Porque se salían del sistema de la música clásica. Los modos que manejan estas músicas tradicionales son modos muy antiguos, anteriores a la música del Barroco, del Clasicismo y al desarrollo de los sistemas tonales en sí mismos. Son músicas que emplean unos recursos que llevan miles de años en funcionamiento, pero Beethoven vio en ello una modernidad y un desafío intelectual. Él era el rey de la armonía y puso toda su inteligencia a trabajar para buscar soluciones a las preguntas que le planteaban estas músicas llenas de ritmos y melodías que se salían de lo que él conocía en la música centroeuropea.
¿Llegó a dominar bien ese lenguaje tradicional?
La verdad es que Beethoven buceó a mucha profundidad. Tuvo que trabajar, por ejemplo, con un aspecto de la música celta que los musicólogos de hoy ya conocen bien, que es conocido como la ‘doble tónica’. Se trata de un sistema armónico muy antiguo que establece una especie de ying-yang en las relaciones armónicas. Si la armonía que usamos habitualmente en nuestra música se puede describir como toda una paleta de colores, la ‘doble tónica’ es una constante fluctuación entre dos polos, tensión y distensión, a la manera de un blanco y negro. Imagínate hasta qué punto es así que los antiguos bardos, en sus partituras rudimentarias, ya la escribían con unos y ceros. Pero Beethoven intentó entender este sistema y trabajarlo desde el piano, y no lo hizo solo para realizar estas obras, sino que aplicó a sus sinfonías estos y otros recursos de la música celta, como los bordones.
¿Por qué cree que estas obras folclóricas de Beethoven no se tocan más a menudo?
Quizá sea debido a que, para hacerlo bien, hay que conocer la música clásica, pero también las claves de la música tradicional. Si se abordan desde un punto de vista cien por cien clásico, probablemente quedarán aburridas o no funcionarán tan bien. El punto correcto para su interpretación se encuentra en el cruce entre ambos mundos.
Si no me equivoco, hay algunos aspectos de estas obras que son controvertidos, como la velocidad a la que deben tocarse.
Efectivamente, cuando intentas tocar estas obras a los tempos que, por instinto, nos marca la música tradicional, la escritura para el piano de Beethoven se vuelve super virtuosa. De hecho, ya en su época, le escribieron desde Edimburgo pidiéndole que las hiciese más fáciles de tocar, pero la respuesta de Beethoven fue ‘no es mi problema si los pianistas del Reino Unido no están al nivel de los de Viena’. El problema es que los músicos de Irlanda, Escocia, etc… que intentaban tocar estas músicas de Beethoven lo hacían bajo el conocimiento que ellos tenían, de primera mano además, de esos ritmos y melodías en sus propios países, que Beethoven obviamente no poseía.
Los movimientos nacionalistas que empezaron a tomar el folclore como base de la composición musical surgieron en toda Europa unas décadas más tarde. ¿Fue Beethoven un pionero en este sentido?
Se podría considerar a Beethoven pionero de los nacionalismos musicales porque conoció el “Ossian” de James Macpherson, que fue un bombazo en Europa a finales del siglo XVIII y hasta Napoleón lo adoraba. Los textos de “Ossian” fueron una base fundamental en el surgimiento de los primeros nacionalismos y su popularidad llegó también hasta Viena. Probablemente fue a través de ellos que Beethoven se interesó por la cultura del Atlántico, que en realidad le quedaba bastante lejos.
Para mí, lo que Beethoven hizo en realidad fue lo mismo que ya hiciera Alfonso X el Sabio siglos antes. Con su equipo de trovadores, Alfonso X recopiló músicas anteriores y las modernizó, haciendo una relectura y adaptándolas a los intereses de su momento. Esas “Cantigas de Santa María” son únicas porque, al mismo tiempo, retoman la tradición y la renuevan. Esto lo hizo también Beethoven o, en otro ámbito, Bob Dylan, por ejemplo. Se trata de tomar aspectos de la tradición y darles una substancia nueva. La idea de que el genio creador genera algo desde cero, simplemente, no es cierta.
¿Qué quiere decir?
La música tradicional nos enseña que la música es una creación colectiva. Y el término ‘composición’, que viene de ‘compositio’ en latín, significa ‘poner en orden’, es decir, reordenar moléculas que ya existen. Lo increíble es que, en estas obras que mezcla la música celta con la música clásica, parece como si Beethoven se hubiera adelantado 100 años a su tiempo, al nacimiento del jazz o del rock and roll, del blues y del country. Recursos como el ‘up beat’ –un tipo de acentuación rítmica muy característica de las músicas populares–, ya los estaba empleando Beethoven con los violines en su música de inspiración celta. O ese cromatismo característico del blues, la ‘blue note’, que introduce en el piano. También el uso de los bordones. Esto te obliga a preguntarte si es cierto lo que te cuentan los americanos de que esa fusión nació en Estados Unidos. Cada país nos vende un imaginario, una idea de los orígenes de su propia música, pero resulta que un alemán que vivía en Viena, al que le interesaba mezclar su sabiduría clásica con la tradicional del Atlántico, ya estaba haciendo esas cosas 100 años antes.
Parece que aún tenemos ideas equivocadas sobre los grandes compositores del pasado.
Cuando yo estudiaba en el conservatorio, veía los bustos de Wagner, Beethoven y Liszt con el ceño fruncido, que parecía que te iban a reñir en cualquier momento... Y luego resulta que, según dejó escrito Liszt, cuando tocaba al piano la reducción de la “Sinfonía nº 7” de Beethoven, su yerno Wagner se ponía a bailar cuando llegaban los ritmos irlandeses, y por eso Wagner llamó a esta sinfonía la ‘apoteosis de la danza’. Creo que hay que recuperar ese espíritu, desencorsetar la música clásica, y esta será una ocasión perfecta.
En Arantzazu se va a rodear de un grupo de músicos muy destacado.
Vamos a tener al piano a Isabel Pérez Dobarro. En las voces, a la irlandesa Maria Ryan y, por el lado vasco, a María Berasarte. Tendremos también a Jon Pilatzke, que es el violinista y bailarín de The Chieftains, y del arpa se encargará Alicia Griffiths, cuyo padre es de Gales y su madre de Nafarroa. Al chelo estará Pello Ramires, que toca con el Alos Quartet, y al violín clásico un campeón muy joven, Martin Kortaberria, de solo 20 años. Además, tendremos a algunos invitados muy especiales, como Garikoitz Mendizabal con el txistu, y Jon Maya, que va a bailar una pieza galesa de Beethoven con un material rítmico parecido al de un aurresku. Esta- rán también los dantzaris de Oinkari y la trikitilari Itsaso Elizagoien. Queremos que el concierto sea un pronunciamiento sobre cómo funciona la tradición, que coge cosas del pasado, las actualiza y las lega al futuro.
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