La urraca que parecía un pingüino por su plumaje

Una película que ofrece exactamente lo que promete, ni más ni menos. “Penguin Bloom” (2021) es un melodrama familiar de superación tal cual, cuyo principal acierto es su sencillez narrativa y total falta de pretensiones, sin efectismos melodramáticos ni chantajes emocionales o sensacionalistas. El realizador televisivo Glendyn Ivin, conocido por la serie “Gallipoli” (2015,) que ampliaba los hechos bélicos e históricos narrados más sucintamente por Peter Weir en su película homónima, se limita a confiar en el potencial de la anécdota real en que se basa, concretamente la contenida en el libro autobiográfico de Cameron Bloom, marido de la protagonista, y a quien en la ficción encarna el también televisivo Andrew Lincoln, emparejado nada menos que con la actriz Naomi Watts, sin duda la más importante dentro de este reparto australiano que representa una odisea vital de alcance universal.
Afortunadamente, Naomi Watts en su caracterización de la verdadera Sam Bloom no juega a las vidas ejemplares o a las heroínas aleccionadoras, sino que esa función inspiradora se la cede con gusto a su compañero de reparto animal. Esta mujer deportista, apasionada de la práctica del surf, cayó en depresión al quedar inmovilizada a causa de un accidente en un hotel tailandés durante unas vacaciones familiares. Postrada en una silla de ruedas, y sin ánimo para salir de casa, encontró su apoyo en una cría de urraca a la que sus hijos llamaran Penguin por su plumaje blanco y negro, la cual se fue curando de sus heridas y aprendiendo a volar de nuevo en paralelo a una Sam que a su vez recobraba la ilusión y volvía a las actividades al aire libre, ahora como renacida medallista en la disciplina de kayak.
La fuerza visual de la metáfora del pájaro que resurge de sus cenizas cual el ave fénix reside en que no se trata de un recurso poético, sino que pasa por ser un auténtico caso terapéutico.

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