Santiago ECHEVARRÍA
ELECCIONES PRESIDENCIALES EN COLOMBIA

Cali acude a las urnas entre las brasas del estallido social

Colombia decide hoy su futuro tras el histórico estallido social de 2021. Las elecciones presidenciales llegan precedidas de una huelga general reprimida con especial dureza en la tercera mayor ciudad del país. Gustavo Petro o Rodolfo Hernández deberán afrontar el descontento generalizado de los caleños y las cicatrices abiertas por la brutalidad policial.

En la página anterior, Ángela Jiménez, ante el mural que recuerda a su hijo Kevin Anthony Agudelo. Sobre estas líneas, Jenny Mellizo muestra la documentación de su hijo Harold Antonio Rodríguez.
En la página anterior, Ángela Jiménez, ante el mural que recuerda a su hijo Kevin Anthony Agudelo. Sobre estas líneas, Jenny Mellizo muestra la documentación de su hijo Harold Antonio Rodríguez. (Santiago ECHEVARRÍA)

Mi hijo arriesgó su vida por su país y el mismo Estado me lo mató», lamenta Jenny Mellizo, madre de Harold Antonio Rodríguez, muerto por un disparo de la policía. Harold cayó fulminado de un balazo en el rostro a pocos metros de donde Jenny atiende su negocio de venta de repuestos de motocicleta: un puesto informal sobre la acera de la rotonda de Siloé, uno de los barrios más populares de Cali.

-¿Estaba Harold participando en las protestas?

-No. Solo fue a comprar una salchipapa.

Rodríguez bajó a por algo rápido para cenar sobre las 20.00 horas del 3 de mayo de 2021, cuando Colombia permanecía paralizada por la huelga general convocada cinco días atrás. Las manifestaciones se extendían por todo el país. El estallido social del año pasado explotó con mayor intensidad entre la ciudadanía caleña, que tomó las calles de la tercera mayor ciudad del país. La respuesta de la Policía también fue aquí mucho más dura.

«A mi hijo lo mataron el día anterior a que firmase su primer contrato de trabajo», recuerda Ángela Jiménez, madre de Kevin Anthony Agudelo. La bala le entró por el costado del tórax y le alcanzó los dos pulmones, la vena cava y la arteria aorta. Fue herido de muerte frente al puesto de Jenny Mellizo, solo unos minutos antes del fallecimiento de su hijo. El proyectil provenía del fusil de un agente.

-¿Por qué a Kevin le apodaban El Polaco?

-Porque a mí de pequeña me decían La Polaca. Pero yo a él le llamaba flacuchento.

Medía un metro ochenta y siete y era muy delgado.

Agudelo dormía con su madre en uno de los dos cuartos de la vivienda familiar de Siloé. La otra habitación la ocupaba la abuela Esther. Ángela Jiménez crió a su hijo en este barrio humilde que trepa por la ladera occidental de Cali. Frente a la puerta del hogar familiar un grafiti conmemora a El Polaco, pero ella confiesa que intenta no mirarlo demasiado y desliza que su hijo aparenta más edad en el mural.

La víspera del día en que lo mataran, Kevin Anthony Agudelo había terminado las prácticas tras estudiar Tecnología en Electricidad Industrial durante dos años y medio en instituto público. «El día de su muerte se despertó ilusionado porque con su sueldo podría tener una moto y comprar una lavadora para nuestra casa”.

Tenía 22 años. Harold Antonio Rodríguez acababa de cumplir 20.

Entre lo que más les duele a Ángela y a Jenny es que las autoridades hayan pintado a sus hijos como delincuentes.

Tres meses antes de morir, Harold había concluido un servicio militar de casi dos años en el Ejército de Colombia. Llegó a ser ascendido a dragoneante, rango de un soldado que destaca en su adiestramiento y comanda una pequeña escuadra de su mismo escalafón.

«Harold ingresó en el Ejército porque quería ser policía». Jenny señala entre lágrimas esta macabra paradoja.

«BOMBA SOCIAL»

El 15 de abril de 2021, el entonces ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, presentó en el Congreso una reforma fiscal que contemplaba gravar el consumo de productos básicos y bajar el umbral de ingresos a partir del cual se aplica el impuesto sobre la renta: una losa sobre las clases medias y bajas.

Era, además, un momento inoportuno para la economía de Colombia. El país estaba sufriendo la peor oleada de contagios de covid-19, que impedía la recuperación tras haber cerrado 2020 con un desplome del 7% en el PIB. La tasa de desempleo se disparó a principios del año pasado hasta el 17%. Ante el anuncio de reforma tributaria, los sindicatos convocaron huelga general el 28 de abril.

«Cali era ya una bomba social», advierte el politólogo caleño Sebastián Gutiérrez.

La capital del Valle del Cauca sufría un paro aún más elevado que las otras dos grandes urbes colombianas, Bogotá y Medellín. El empleo informal en Cali, castigado en mayor medida por la pandemia, superaba el 45%. «Hay un alto nivel de pobreza en la ciudad y si las necesidades más elementales no están resueltas, cualquier cosa puede pasar», resume.

Cualquier cosa bien podría ser el estallido social. La huelga tuvo un seguimiento masivo y las manifestaciones continuaron durante los días siguientes a la jornada del paro nacional. Se desataron altercados y el Gobierno de Iván Duque respondió con mano dura: cargas policiales, gases lacrimógenos, bombas aturdidoras, munición real. Tal reacción avivó aún más el fuego. Sobre todo en Cali.

Cali, nocturna y festiva, capital mundial de la salsa, hija predilecta de la rumba, célebre por su espíritu ardiente, conocida como la sucursal del cielo, nunca estuvo más lejos de ese paraíso. De las 80 personas que murieron en Colombia durante el estallido social, según la ONG Indepaz, 45 perdieron la vida en las calles caleñas. Entre ellos, Nicolás García Guerrero, de 21 años, tras recibir un disparo de la Policía el 3 de mayo.

Guerrero falleció mientras participaba en un homenaje a otros manifestantes que ya habían muerto durante el paro nacional. Precisamente en protesta por el homicidio de este joven se organizó un acto público de recuerdo, una velatón, en la rotonda de Siloé. El barrio se convirtió aquella noche en sucursal del infierno, escenario de uno de los episodios más brutales de la represión policial contra las movilizaciones.

«Yo viví mi niñez en el campo y eso se veía solamente en las zonas rojas, en el monte, cuando el Ejército combatía con la guerrilla», asegura Jenny Mellizo, quien se crió en un entorno rural vallecaucano. De todas las balas que dispararon los agentes durante horas aquella noche tras disolver la concentración por Nicolás, dos mataron a Kevin y a Harold. Un velatorio condujo a otro, y este último a otro más.

LA PROTESTA SE MANTUV0

Los manifestantes bloquearon 26 puntos estratégicos de Cali y paralizaron por completo la ciudad durante más de dos meses. No les apaciguó la retirada de la reforma fiscal ni la dimisión del ministro Carrasquilla, cinco días después de la primera jornada de huelga. Hogares y empresas quedaron desabastecidos de alimentos y suministros. El paro concluyó en julio pero persiste el riesgo de que se reactive mientras el malestar continúe latente.

«Hay grupos que están preparados para retomar la movilización, pero no sé si la gente está dispuesta a asumir el coste de un nuevo paro», sostiene Gutiérrez. Él considera justificada la motivación de las manifestaciones, pero desaprueba los destrozos de infraestructuras o los enfrentamientos con la Policía. «Las protestas quedan en la historia reciente de nuestro país como el retrato de una sociedad tensionada que finalmente revienta».

POBREZA EXTREMA

«En Cali es donde más ha aumentado la pobreza extrema durante la pandemia», apunta María Isabel Ulloa, directora ejecutiva de la fundación empresarial Propacífico.

Según Ulloa, entre las causas que provocaron el paro nacional destaca la vulnerabilidad que sufren los jóvenes desempleados, defraudados por la falta de expectativas vitales a pesar de su formación. «De nuestro diálogo con los manifestantes ha nacido la iniciativa “Compromiso Valle” que ya está favoreciendo la integración social y laboral de 28.000 personas», defiende como aporte de su organización para sofocar el incendio caleño.

Iván Duque, heredero del uribismo conservador, deja la Presidencia con un índice de reprobación superior al 70%. Los colombianos escogerán hoy a su sucesor entre dos candidatos antagónicos: Gustavo Petro, quien aspira a ser el primer presidente de izquierdas, y Rodolfo Hernández, líder populista que trata de aglutinar el apoyo del espectro ideológico restante. Las encuestas de intención de voto prevén un tenso recuento que podría decantarse por un puñado de votos.

Tras la última vista judicial, el pasado 6 de junio, Ángela Jiménez y Jenny Mellizo tienen perspectivas muy diferentes acerca de la investigación sobre la muerte de sus hijos Kevin y Harold. La madre del primero opina que la Fiscalía ha reunido pruebas suficientes para probar que su hijo fue víctima de un homicidio agravado. La madre del segundo piensa lo contrario y concluye: «Lastimosamente, en Colombia solo hay justicia para los de cuello blanco».

Entre los muchos traumas que el país digiere antes de las elecciones presidenciales, el estallido social es el más reciente, aún humeante. Las urnas abrirán hoy entre las brasas de las protestas. Un leve soplo de viento podría reavivarlas en Cali.