El plagio
Por mis labores de editor, he vivido en fechas recientes un doloroso caso de un supuesto plagio de un texto teatral. Ambos estrenados, el original y el otro. Al comprobar las evidencias, pese a todos los camuflajes empleados, confieso que quedé muy sorprendido. Me costaba aceptarlo, creía estar viviendo algo imposible de ser verdad dadas todas las circunstancias concurrentes. En manos de un equipo de peritaje que aportaba pruebas irrefutables, abogados e instituciones se hizo un careo. Y el plagiador confesó, pidió clemencia, prometió reparación, reescritura del texto plagiado y debo alegrarme de que el plagiado fue magnánimo, buen compañero, comprendió la situación emocional, depresiva, de mala racha en la que se produjo la copia y no se llevó el caso a los tribunales al alcanzarse un acuerdo.
Al no haber denuncia, ni fallo judicial, es uno de los tantos plagios que nunca existieron, porque debe ser bastante habitual esta actitud delictiva, de tal manera que existen peritos especializados en comprobar el grado de plagio en un texto dramático, novela, poesía, canción o sinfonía. En el caso que he narrado, desconozco cómo fue el conocimiento de la sospecha. Vivo rodeado de creadores y creadoras que se consideran plagiados. Nunca en el grado avanzado de lo que he narrado, pero es cierto que existe más de una huella en algunos montajes que recuerdan a otros. Los originales y las copias son parte del mismo relato.

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