Meloni no ha ganado gracias a la izquierda
La contundente victoria de la extrema derecha en Italia ha generado muchas preguntas. ¿Cómo ha sido posible? ¿Por qué no se evitó? ¿Qué ocurrirá ahora? ¿Es una victoria aislada o marcará tendencia? Cuando las preguntas se acumulan en un contexto de incertidumbre, se corre el riesgo de dar por buenas las primeras respuestas que se encuentren a mano. Hay que tener cuidado con esta tentación.
Por ejemplo, el perverso sistema electoral italiano ha recibido una atención probablemente desmedida. Se destaca que, con el 44% de los votos, la coalición de la derecha y la extrema derecha ha logrado el 57% de los asientos del Senado. En efecto, es un sistema democráticamente descompensado que ha premiado el acuerdo de conveniencia entre Meloni, Berlusconi y Salvini. Pero quizá no está de más recordar que el PP también obtuvo sus dos mayorías absolutas -la de Aznar y la de Rajoy- con un 44% de los votos. No calcular los sesgos de un sistema electoral no es una opción política seria.
Otra derivada con bastante recorrido ha sido responsabilizar a la izquierda de la victoria de la extrema derecha. En una versión, la izquierda y el centro fallaron por no concurrir en coalición; en otra, más atemporal, la izquierda ha abandonado a sus votantes tradicionales de la clase trabajadora, que se han entregado a la extrema derecha. La evidencia, sin embargo, muestra que el trasvase de votantes de izquierda a partidos de extrema derecha es mínimo. Es en la abstención donde hay que hurgar, ahí sí merece la pena analizar tendencias, sesgos y vacíos. Todos esos diagnósticos coinciden, además, en minusvalorar elementos como el papel de los diferentes gobiernos tecnocráticos en Italia, o la responsabilidad de la derecha tradicional y los grandes medios en el blanqueamiento de la extrema derecha, condición indispensable para su normalización y posterior victoria. La izquierda europea tiene muchas taras y tareas, la principal quizá sea articular y, sobre todo, proyectar la posibilidad de alternativa tras sucesivas derrotas y traiciones. Bastante trabajo supone centrarse en ello, como para tener que cargar además con la culpa -verbo políticamente inútil- de la victoria de la extrema derecha.

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