El tren tóxico de Ohio
Es un magnífico título para una película de terror. Pero ahora mismo, internacionalmente, es una mala película de suspense, tramas ocultas, secretos groseros, inflación de sus consecuencias y omisión de transparencia. Lo que está claro es que los materiales tóxicos utilizados en diferentes industrias atraviesan los territorios de todo el mundo por carreteras o vías ferroviarias y cada cierto tiempo sucede lo que entra dentro de las probabilidades estadísticas y se produce un accidente que en demasiadas ocasiones produce unos daños más allá de lo evidente.
Y en Ohio ha sucedido algo gravísimo, cuyas imágenes son estremecedoras, y desde entonces se ha entrado en una guerra de cifras, de fuentes informativas contradictorias que provocan un daño añadido a los daños reales. Un convoy formado por ciento cincuenta vagones, de los que treinta y ocho descarrilaron y doce se incendiaron creando una nube negra y vertiendo a los caudales de diversos ríos material altamente contaminante, en algún caso productos cancerígenos de alta gama. Los residentes en un círculo de cincuenta kilómetros notan problemas respiratorios, vómitos, no se atreven a beber agua del grifo, se ven miles de peces muertos en esos afluentes y todo el panorama es demoledor. Pero las autoridades niegan y dicen que no hay problemas, que todo está controlado, pero otras instituciones reclaman y piden de manera alarmante más prudencia y tomar medidas preventivas para no convertir lo que ya hay en una catástrofe mayor. Cuando se quite la capa de oscurantismo, el tren tóxico de Ohio va a ser emblemático.

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